Sobre vigas y ojos: España en Iraq

Es cosa de hacerse viejo. Ves repetirse la Historia primero como tragedia, luego como farsa. He vivido ya dos alternancias políticas en el gobierno de España siendo mayor de edad, y a unos y otros vi tirarse los trastos con mismos argumentos sólo que cambiando de escaños. ¿Cuántas veces hemos oído que las acusaciones por corrupción contra el alcalde de Retruécanos del Páramo son una campaña orquestada por el partido contrario? ¿Cuántos presidentes locales de partido hemos visto golpearse el pecho defendiendo a su compañero, amigo y compadre de Zurruño de la Zarzamora que colocó a toda la familia y parte de la política en puestos de la Administración Pública? Los que aquí acusan, allá se defienden. Y al revés. ¿Qué novedad es entonces el caso De Juana Chaos? Lo que parece simple, y lo pareció a otros en su momento, ¿ya no?

Por ahí oí o leí a alguien criticar al gobierno de Rodríguez Zapatero a cuenta de la muerte de una soldado española en Afganistán. (Un día si me animo o me anima un lector entraré en el asunto del que podrían decirse tantas cosas como en el caso de José Couso). A propósito de esa muerte Jorge Aspizua decía hace poco (perdón, no recuerdo dónde) que aquellos dentro del PP que achacaban una mala previsión en la compra y modernización de materiales bien tuvieron tiempo de planificar programas en los ocho años que gobernaron. Me recuerda un debate que hace poco leí en Internet. Alguien se quejaba de que el gobierno de Felipe González había acabado con cierta institución militar. “Pues el gobierno de Aznar no hizo nada en ocho años por refundarla” dijo alguien. Fin de la discusión.

Y es que los nacionalistas españoles de derechas preocupados por las Fuerzas Armadas viven en una nebulosa de olvidos. Ofuscados con el Anticristo ZP en su memoria los ocho años de Aznar fueron Jauja en el mundo militar. ¿Quién recuerda los soldados que se mandaron a una “zona horto-frutícola” de Iraq? La zona en cuestión albergaba Najaf, donde está situada la tumba del imam Alí. Uno de los lugares más sagrados del Islam shiíta.

Entonces en el mediodía del 4 de abril de 2004 el contingente español de la base Al Andalus se encontró la guerra en su puerta. Nadie pareció prever el auge de las milicias de Muqtada Al Sadr, un clérigo dispuesto a ofrecerle un pulso al gobierno de ocupación estadounidense. ¿Qué hicieron los soldados españoles cuando empezaron a caer proyectiles de mortero y cientos de milicianos atacaban la base? Nada. Estaban allí en misión de paz. Y algún alto mando se encargó de que a Madrid llegaran noticias de que todo seguía con normalidad.

Los españoles eran vecinos de la Coalition Provisional Autority, cuyos funcionarios estaban escoltados por contratistas de la empresa estadounidense Blackwater. Todos ellos, veteranos de unidades de fuerzas especiales, asumieron el liderazgo del puñado de soldados y marines estadounidenses que allí se encontraban y combatieron contra las milicias shiíes. Los españoles, con instrucciones de permanecer pasivos como patos en una feria, se limitaron a abrirles sus polvorines para que se surtieran de munición. La prensa llamaría luego a ese puñado de contratistas, que salvaron el pellejo de los que ellos veían como una pandilla de inútiles y cobardes, sanguinarios mercenarios.

Mientras tanto, se sucedían las llamadas de auxilio de soldados salvadoreños. Aquellos mismos que formados para rendir honores a Trillo recibieron su grito de ánimo “¡Viva Honduras!”. Un grupo de salvadoreños, miembros de la brigada multinacional liderada por España, habían quedado aislados y acorralados en otra parte de la ciudad… Y abandonados por el mando español. Sólo cuando un grupo de salvadoreños salió a pecho descubierto un oficial español salió en su busca contraviniendo órdenes. El éxito de su acción le salvó de que su cabeza rodara.

La jornada del 4 de abril fue un cúmulo de despropósitos. Un contingente español, en teórica misión de paz, se vio envuelto en una jornada de combates sangrientos y tuvo que regirse por reglas de enfrentamiento diseñadas en suelos con moqueta y alfombras nobles a miles de kilómetros. Oficiales más preocupados por sus carreras que la dignidad del uniforme que vestían dejaron en la estacada tropas aliadas bajo su mando. Y muchos soldados cumplieron su deber interpretando a su manera las órdenes recibidas, cuando no mandando a sus superiores a tomar por el lugar que amargan los pepinos.

Lo que pasó aquel 4 de abril apenas transcendió a la prensa española. Sólo versiones descafeinadas y apuntes de protagonistas de los hechos que en España siempre se respondieron duramente.

Afortunadamente pronto sabremos mucho más. Y si en España nadie quiere saber, en EE.UU. están encantados de que quede constancia lo que para ellos es una jornada heroica.