Un análisis de urgencia sobre la prohibición de entrada a Estados Unidos para ciudadanos de siete países musulmanes

El pasado viernes día 27 de enero el presidente Donald J. Trump firmó una Orden Ejecutiva que prohíbe con carácter inmediato la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países musulmanes: Libia, Irán, Iraq, Siria, Yemen, Sudán y Somalia. La justificación de la medida es impedir la entrada en Estados Unidos de potenciales “terroristas musulmanes radicales”. Su aplicación no sólo es inmediata, sino que afecta aquellas personas que ya tuvieran asilo concedido o permiso de residencia en el país y se encontraban fuera de él en el momento de la entrada en efecto de la prohibición.

Tan pronto ha entrado en vigor la prohibición, han empezado a circular ejemplos de casos de personas normales y corrientes cuyas vidas han quedado afectadas. Véase por ejemplo el caso de la experta en genética Samira Asgari, ciudadana iraní, que tras pasar por la École Polytechnique Fédérale de Lausanne se iba a incorporar a la universidad de Harvard como investigadora post-doc. Otra iraní, Nazanín Zinouri, ya trabajaba en Estados Unidos. Un día, dejó su perro en casa, aparcó el coche en el aeropuerto y se fue de vacaciones a Irán. Ahora no puede volver a su casa. La medida afecta también a las personas con doble nacionalidad. Por ejemplo hay 35.000 ciudadanos canadienses que poseen adicionalmente la nacionalidad de algunos de esos siete países y en teoría no podrán entrar en Estados Unidos.

En los próximos días seguro que iremos conociendo casos iguales de absurdos. Google ha informado que 187 de su trabajadores proceden de los siete países incluidos en la Orden Ejecutiva y que 14 nuevos empleados contratados con pasporte de esos países estaban a punto de viajar al país.  Los casos más trágicos son los de traductores que trabajaron para las fuerzas armadas estadounidenses en Iraq o miembros de la minoría yazidí, víctima del Estado Islámico, que solicitaron asilo en Estados Unidos. En el caso de los traductores no puede decirse que su tratamiento en el pasado fuera ejemplar, como explicó John Oliver en su programa en 2014.

La medida, cómo no, ha generado rechazo en todo el espectro político estadounidense. Por ejemplo, el ex-vicepresidente Dick Cheney (sí, ese que en Internet llamaban malvado y siniestro) ha dicho que la medida “goes against everything we stand for and believe in”. Que además fuera firmada el día en el que todo el mundo se recuerda el Holocausto lo hace aún más significativo, como se han encargado de recordar muchos judíos que descendienden de quienes pudieron huir de Europa y no corrieron la suerte de los 900 pasajeros del Saint Louis, que fueron rechazados por Estados Unidos, Cuba y Canadá para finalmente perecer en los campos de exterminio de vuelta a Europa.

El aspecto que me llama la atención no es si la Orden Ejecutiva es inmoral o es, como dicen muchos contraria a los principios estadounidenses, sino preguntarse su eficacia. Mucho se ha escrito sobre los países de los que más voluntarios han partido para engrosar las filas del Estado Islámico en términos absolutos y en términos relativos a su población. Veamos estos datos de la Heritage Foundation.

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Vemos que países musulmanes que son origen de más de mil voluntarios al Estado Islámico, como Túnez, Arabia Saudita, Jordania, Turquía y Marruecos, no aparecen en la lista. Curiosamente son todos, con la duda de Turquía, aliados geopolíticos de Estados Unidos.

Tenemos esta otra gráfica de The Week  con datos del International Centre for the Study of Radicalisation que muestra los países desde los que más voluntarios han acudido a luchar en proporción a su población.

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Vemos que los países musulmanes con mayor “masa crítica” de voluntarios que se han unido al Estado Islámico son Túnez, Jordania y Líbano. Ninguno de esos países aparece entre los siete países musulmanes cuyos habitantes tiene prohíbido entrar en Estados Unidos. En cuarto lugar, tenemos a Libia, que sí está en la lista.  El resto de países musulmanes que aparece en la lista tampoco se ve afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump.

Hay una anécdota histórica de la que alguien llamó la atención en Internet: la nacionalidad de los terroristas del 11-S. He hecho un corta y pega de la página de la Wikipedia.

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Tenemos un egipcio (Mohammed Atta, el líder del grupo), tres emiratíes, un libanés y quince saudíes. Ninguno de esos países se ha visto afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump. Supongo que la característica principal de mayoría de los países de la lista es que viven una guerra civil: Libia, Siria, Iraq y Yemen. Y el razonamiento de la medida es que los ciudadanos de países en guerra son intrínsicamente más peligrosos que los países que no están en guerra, aunque sea de baja intensidad como Turquía o Túnez.

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Foto: Carlos Barria / Reuters vía Buzzfeed.

Hay otro último detalle que ha indignado e inquetado a muchos. Se trata de la esceneficación de la firma de la Orden Ejecutiva. La sala elegida es la Hall of Heroes del Pentágono, una estancia dedicada a los ganadores de la Medalla de Honor. Firmar la medida allí me parece un intento barato de darle respetabilidad como una medida valiente en la lucha contra el terrorismo, evocando el sacrificio y la heroicidad de quienes ganaron la condecoración. Pero lo que me parece preocupante es la presencia del secretario Mattis, al que considero una persona sensata. Ryan Evans, editor de War On the Rocks, se cuestiona si Mattis debe aceptar el aportar su prestigio e imagen a medidas como esta, que afectará, por ejemplo, a traductores iraquíes que trabajaron para los militares a sus órdenes de Mattis. Evans plantea que por mucho bien que pueda aportar con su experiencia a un gobierno que ha llegado al poder como un elefante en una cacharrería, Mattis tendrá que decidir si formar parte de cosa´s así.

Los canales de propaganda del Estado Islámico no han parado de comentar la medida, presentándola como una prueba de la guerra de Estados Unidos contra el Islam en general. Y el gobierno de Iraq ha anunciado que tomará represalias, prohibiendo la entrada en el país de ciudadanos estadounidenses. Basta pensar la cantidad de personal civil que tiene que estar implicado en el esfuerzo de guerra contra el Estado Islámico para imaginar los efectos perversos últimos.

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