Veinticinco días en Bogotá (II)

[Segunda entrega de nuestro enviado especial en Colombia, Gonzalo Martín]

La cocaína, esa sombra permanente

Salgo de Colombia por el aeropuerto de Cali. Una policía con uniforme de campaña propio del ejército toma mi pasaporte. Tiene muchos más en la mano. Me pregunta firme y mirando a los ojos que cuántos días llevo, qué he hecho en Colombia y cuál es mi profesión. Se queda mi pasaporte, me dice que continúe la inspección del equipaje de mano y me indica que, tras ello, me dirija a un espacio a la izquierda donde debo esperar que me devuelvan el pasaporte.

Paso mi equipaje de mano por el escáner, atravieso el arco de seguridad y otro grupo de policías y personal de seguridad privada me pasa un detector de metales por el cuerpo. Recojo mis bolsas y debo pasar una inspección manual: otro policía uniformado con más aspecto de militar que de guardia me abre y extrae todo (todo) el contenido de las bolsas. A diferencia de lo corriente en Europa, ni lleva guantes de látex ni pide al viajero que abra él personalmente las bolsas.

Me dirijo a ese rincón de la izquierda donde debo esperar el pasaporte. Tras un rato de espera, otras personas y yo pasamos a una habitación cerrada. Allí se nos explica que se trata de un procedimiento aleatorio de la unidad antiestupefacientes. En la sala hay una máquina inmensa. La funcionaria nos explica lo que tenemos que hacer: subir, ponernos de pie con cuidado de no caernos (francamente, el riesgo me pareció inexistente), abrir un poco los brazos y aguantar en esa posición mientras el suelo se movía y tu cuerpo pasa por las grandes torres metálicas del dispositivo. Desciendo y me piden, sólo a mi, que pase una segunda vez: repaso mentalmente mi discurso a la funcionaria y mi aspecto (desaliñado, cansado y con ropa muy gastada pero confortable para diez horas de avión) y caigo en la cuenta de ser un tópico sospechoso: un hombre solo saliendo de Colombia y pareciendo no ser lo que dice. Salimos todos los presentes indemnes de lo que debía ser una búsqueda de droga oculta en los intestinos.

La sala de espera es antigua y no excesivamente grande. El proceso de embarque se inicia con llamadas directas a personas que, en un primer momento, parece que se trata de solucionar asignación de asientos. Pero lo que sucede es sus maletas han sido retiradas y han de pasar una inspección manual, intensa y completa. Se abren al completo, se hacen tests químicos de los líquidos que portan. El proceso es larguísimo. Sentado en el avión el retraso se acumula y el comandante pide disculpas ante lo que califica como un procedimiento de seguridad ajeno a la compañía. Es posible que lo de hoy haya sido una excepción, pero algunas personas explican que Avianca se está quedando con casi todos los vuelos que conectan con Europa ante la retirada de compañías europeas a las que el abuso del tráfico de cocaína les crea problemas en los países de destino. Alguna persona me llega a decir que algún avión de la compañía colombiana ha tenido que regresar porque el país receptor se negaba a que aterrizara ante la segura presencia de un tráfico despiadado. No he podido comprobar nada de esto. Pero lo cierto es que cuando he salido por la nueva y confortable terminal internacional del aeropuerto de Bogotá no me he enfrentado a este control exhaustivo.

Un español que lleva residiendo casi dos años en el país y que me asegura que se ha dedicado a leer y ver todo lo que ha podido sobre Colombia, me dice que en la droga todo el mundo se ha ensuciado las manos en algún momento. Con ello quiere decir que no hay grupo social, que por supuesto están en conflicto, que no haya utilizado el dinero de la droga para sus propios fines.

[Continuará]