“El sueño eurosiberiano” de Jorge Verstrynge

Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la ultraderecha europea renegó del nazismo y asumió que su futuro no pasaba por los partidos políticos sino por la influencia ideológica, la “metapolítica”. Aquellos movimientos europeos, en plena Guerra Fría, quisieron mantener una postura alejada tanto del capitalismo occidental como del comunismo soviético: la Tercera Posición. Por el camino, fueron desarrollando interés por movimientos políticos del Tercer Mundo como el peronismo argentino o el socialismo árabe. Así, llegamos hoy en día a la conexión siria de la ultraderecha española, que ve en el régimen de Bashar Al Assad un baluarte contra Israel y el yihadismo.

Jean Thiriart (izq.) y Aleksandr Dugin (centro). Foto vía El Gran Juego.

Uno de los personajes de esa renovada ultraderecha europea fue el belga Jean Thiriart, impulsor del movimiento paneuropeo Jeune Europe. Thiriart defendía, para enfrentarse al imperialismo estadounidense, la unión de una Europa que fuera de Galway, en la costa occidental de Irlanda, a Vladivostok, en la costa rusa del Pacífico. Tras la disolución de la Unión Soviética, Thiriart viajó a Moscú en 1992. Desembarcó en un país que vivía un vacío ideológico tras la caída del comunismo. Allí conoció a Aleksandr Dugin, que colaboraría poco después con Eduard Limonov para impulsar el Partido Nacional Bolchevique, los célebres “comunistas nazis” (nazbol). Thiriart murió en Bruselas poco tiempo después de su viaje, pero la semilla había sido plantada. Dugin terminaría por desarrollar la Cuarta Teoría Política, además de refundar el movimiento euroasianista.

Curiosamente el año en que Thiriart llegó a Moscú, Jorge Verstrynge publicaba El sueño eurosiberiano. El libro fue editado por el Instituto de Europa Oriental, que había contado con Raisa Gorbachova para su inaguración en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Jorge Verstyrnge es posiblemente el único personaje del panorama intelectual español en el que mi interés por sus ideas es equiparable al desprecio que recibe. Se trata de uno de los autores españoles más influidos por aquel eclecticismo intelectual de la renovada ultraderecha europea. Hizo un repaso a aquellas corrientes en 2002 en el libro Rebeldes, revolucionarios y refractarios, que cuenta hoy con una segunda edición revisada y ampliada.

El sueño eurosiberiano es un libro escrito al calor del momento y está lleno de predicciones equivocadas que hoy resultan divertidas. Pero la idea de fondo del libro tiene implicaciones importantes, como veremos al final. El libro se puede leer no sólo como un análisis del momento, sino como un programa de política internacional. Sostiene Jorge Verstrynge que la caída de la Unión Soviética proporcionaba una oportunidad para que Europa cortara amarras con Estados Unidos y asumiera un papel autónomo en el panorama internacional.  Para ello, Europa tenía que asumir que el concepto de Occidente (que engloba a Estados Unidos) es una falacia y que de la alianza de Europa con Rusia podía salir un superpotencia que ocupara el lugar de la Unión Soviética. Verstrynge propone el eje Madrid-París-Berlín-Moscú. Esa Gran Casa Común Europea, concepto de Gorbachov, aunaría la tecnología de Europa occidental y las materias primas siberianas para crear un gran mercado poco dependiente de recursos externos que podría además englobar a los países árabe-mediterráneos. Esa unión sería posible y viable porque, según Verstrynge, Rusia es un país plenamente europeo. Curiosamente es una idea cuyo rechazo es central en el euroasianismo de Dugin. Además, Verstrynge plantea que “sin riesgo real y fundado de desmembramiento, se diga lo que se diga” (pág. 69) veremos que “[l]a URSS, con éste u otro nombre, sobrevivirá” (pág. 70). Sus argumentos son que Bielorrusia y Ucrania buscarían refugio bajo el ala rusa para protegerse de Polonia, país preso del fanatismo católico. Así que bastaba entonces que a Rusia se sumaran esos dos países vecinos y Kazajistán para formar una unión que conservaría el 90% de la población y el 80% del territorio de la Unión Soviética. Además, se planteaba en aquel momentos la ampliación de la entonces llamada de Comunidad Económica Europea. Verstrynge anticipaba efectos beneficiosos. La incorporación de países como Austria, Suecia y Finlandia, junto a la de los antiguos países comunistas de Europa del Este, alejaría a Europa de la OTAN y la llevaría a una posición de neutralidad geopolítica.

Además de la OTAN y el atlantismo, Jorge Vestrynge sostenía entonces que el neoliberalismo de los años 70 y 80 tenía los días contados. “[L]a historia dará, sin duda, cuenta del mito según el cual la llegada del “post-comunismo” equivale al triunfo, o meramente a la victoria, del capitalismo” (pág. 122). El espacio económico eurosiberiano no tendría que ser necesariamente proteccionista, pero sí autosuficiente. Las exportaciones tendrían cada vez menos peso en las economías, según la idea de las exportaciones como motor del crecimiento pasase de moda. El proteccionismo sería una idea defendida por Jorge Verstrynge en un libro de 2009.

La idea de una gran potencia eurosiberiana que rivalizase con Estados Unidos en un renavado orden bipolar era factible en el mundo descrito por Jorge Verstrynge porque Estados Unidos aparece como un país decadente y aquejado de problemas estructurales. “Ya se reconoce que, en la actualidad, USA está en plena recesión y decadencia económica” (pág. 38). El desfile de estadísticas de pobreza y delincuencia en el libro es buena prueba de que si uno escoge los datos que quiere, puede demostrar que un país está a punto de irse al garete. “[S]e multiplican las peticiones norteamericanas de ayuda europea” (pág. 40). Igual sucede con la recopilación de datos sobre producción industrial. La comparación favorable de la tecnología europea, del Arianne al Airbus, da idea de que el autor no estaba familiarizado con la pujanza tecnológica estadounidense de entonces. Me llamó la atención que la revolución tecnológica de la Sociedad de la Información, que estaba a la vuelta de la esquina, no aparece en el libro. Se mencionan también las grandes compras japonesas en Estados Unidos. Precisamente la novela “Sol naciente” de Michael Crichton, que recogía el temor de la invasión económica japonesa, salió publicada en 1992.

La visión de Estados Unidos que demuestra tener Jorge Verstrynge en el libro parece un perfecto reflejo de aquella época, cuando en España hablábamos de ese país sin tener la más remota idea y repetíamos mitos de barra de bar. Por ejemplo: “El sistema educativo es una hecatombe y, de las universidades, no llegan una docena a las que tienen un nivel equivalente a nuestro… COU” (pág. 24).  Cuando habla de la cultura estadounidense, suena como un cascarrabias europeo que dice cosas como “la cultura norteamericana (la cultura es lo que vertebra un país) está en caída libre” (pág. 26). Según Verstrynge, un síntoma de la decadencia cultural estadounidense es la exaltación que hace el cine de Hollywood de los gangsters, cuando no presenta a héores de pacotilla “como Rambo, Schwartznegger (sic), Indiana Jones, Cocodrilo Dundee, Batman o Supermán” (pág. 25). Además, según él, Hollywood nos proporciona “basuras” como “E.T.” e “Indiana Jones” (pág. 118).

La lectura de El sueño eurosiberiano 25 años después es una mera curiosidad. Se trata de un libro, como todos los del autor, escrito con un estilo embrollado por la habitual falta de un buen trabajo de edición. Aparte de las puntuales erratas, se pueden leer cosas como “numero de ogivas”, a pesar de que mi ejemplar es de la segunda edición. Jorge Verstrynge no acertó en casi nada. Estados Unidos se convirtió en la potencia hegemónica en un mundo unipolar. La Unión Europa está en cambio llena de problemas y hay más signos de decadencia social en Europa que en Estados Unidos. Rusia siguió un camino aparte asumiendo una identidad ajena a Occidente. La Unión Soviética se fragmentó y los intentos rusos de mantener su primacía geopolítica con organizaciones multinacionales no ha dado ningún fruto (desde la Comunidad de Estados Independientes a la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva). Los países ex-comunistas de Europa del Este resultaron los más furibundamente atlantistas. La economía japonesa pinchó. El Mediterráneo ha sido más muro que puente entre Europa y el mundo árabe. Entonces, ¿por qué es relevante El sueño eurosiberiano? Porque las ideas que el autor tomó de la ultraderecha francobelga inspiraron a ese bloque de partidos de ultraderecha que en el Parlamento Europeo vota junto con la ultraizquierda a favor de los intereses de la Rusia de Putin.

Jorge Verstytnge siguió un periplo por los partidos políticos españoles peculiar: arrancó en Alianza Popular, entró en el PSOE, asesoró a Izquierda Unida y su entrada en Podemos fue rechazada por las bases. Fue vetado por su postura sobre la inmigración. Tema, que dice Verstrynge, constituye la única gran diferencia entre Podemos y el nuevo Front National francés de Marine Le Pen, con el que se siente identificado. Y es que si acudimos al punto 327 del programa electoral de Podemos de 2016 leemos:

Buscaremos dotar de una mayor autonomía estratégica tanto a Europa como a España en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para lo cual profundizaremos en la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y en la Europa de la Defensa para afrontar las relaciones con nuestro entorno y las problemáticas globales desde una perspectiva exclusivamente europea. En este sentido, defenderemos neutralizar el papel desestabilizador de la OTAN en Europa del Este, congelar las fronteras actuales de la alianza y detener la instalación del escudo antimisiles en el este de Europa y el mar Báltico.

A medio plazo, apoyaremos la compatibilidad de la alianza con una arquitectura de seguridad paneuropea en la que participe Rusia, sobre la base de una reactivación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

El sueño eurosiberiano duerme ahí.

 

 

 

“Tierras de sangre” de Timothy Snyder

Tierras de sangre de Timothy Snyder es un libro monumental (484 páginas de texto y 101 páginas de notas y bibliografía en su edición en rústica). Su propósito es contar los asesinatos en masa que llevaron a cabo la Unión Soviética, la Alemania nazi y sus aliados en un área de Europa Oriental que comprende Polonia, las Repúblicas Bálticas, Ucrania, Bielorrusia y Rusia occidental antes, durante y poco después de la Segunda Guerra Mundial. En el libro encontramos episodios históricos ya conocidos como el Gran Terror soviético, el Holodomor ucraniano y el Holocausto judío junto con otros menos conocidos pero no menos crueles, esta vez colocados en el contexto histórico de los dos grandes proyectos de transformación social, económica y demográfica impulsados por ambos regímenes totalitarios que chocaron en un mismo territorio. A esa región es la que él denomina “Tierras de Sangre” y convirtió en objeto de estudios por ser escenario de las matanzas más brutales e intensas de ese período histórico.

El libro aborda la muerte de más de 3 millones de campesinos ucranianos entre 1932-1933. Las casi 700.000 víctimas del Gran Terror soviético. 200.000 polacos víctimas de soviéticos y nazis entre 1939 y 1941. Los 3,1 millones de prisioneros de guerra soviéticos muertos en manos alemanas entre 1941 y 1944. El millón de habitantes de Leningrado muertos en la hambruna que sufrió durante el asedio la ciudad. Los 5,4 millones de judíos muertos en la Unión Soviética, Polonia y las República Bálticas muertos en el Holocausto. Y el medio milllón de civiles muertos en Polonia y Bielorrusia en campañas “antiguerrilla” y ejecuciones colectivas llevadas a cabo por los nazis para reprimir la resistencia.

Imagen: Haaretz vía University of St. Andrews.

La Unión Soviética estalinista pretendió modernizar la producción agrícola del país, haciéndola más intensiva de maquinaria y concentrando las explotaciones en granjas colectivas. Un proyecto que afectó principalmente a Ucrania, el gran granero de Europa. Por otro lado, la Alemania nazi aspiraba a ser autárquica económicamente pero carecía de un imperio colonial de ultramar. Por ello decidió apoderarse de Polonia y Ucrania junto a los hidrocarburos del Cáucaso. Los dos proyectos implicaron el exterminio de grandes masas de población cuando los planes chocaron con la realidad. La maquinaria estalinista se lanzó a la represión de enemigos imaginarios, tras los fracasos económicos de las colectivizaciones agrarias, en busca de un chivo expiatorio y utilizó el terror para sostener el régimen en medio de las penurias alimentarias.

El plan de la Alemania nazi era despoblar las tierras fértiles de las grandes llanuras de la Unión Soviética, reduciendo la población local mediante el hambre. El plan incluía deshacerse de los judíos europeos  también, por lo que se barajó mandarlos más allá de los Urales o incluso a Madagascar.

“a finales de 1941 el mayor grupo de víctimas mortales causadas por el dominio alemán no eran los polacos nativos ni los judíos nativos, sino los prisioneros de guerra soviéticos que habían sido trasladados al oeste de la Polonia ocupada y abandonados a su suerte para que se congelaran o murieran de hambre” pág. 222

Pero la invasión de la Unión Soviética quedó frenada a las puertas de Moscú. Sólo unos pocos militares alemanes pudieron vislumbrar la ciudad a lo lejos y a partir de entonces se batieron en retirada hasta la derrota final. La imposibilidad de llevar a cabo los planes de deportación masiva llevó a ejecutar el plan de exterminio total de la población judía.

En el libro queda patente el grado de locura de los grandilocuentes planes nazis y cómo los alemanes fueron pronto conscientes que el fracaso en obtener una victoria militar rápida en el Frente Oriental iba a desembocar en una derrota total. Ante ese destino inevitable trabajaron con obstinación por arrasar el mundo que dejaban atrás. Lo que refuerza la idea del Holocausto como proyecto inútil y delirante que consumió recursos y hombres que hubieran sido más valiosos para el esfuerzo de guerra nazi.

El resultado de ambas empresa fue el exterminio de 14 millones de personas que, lejos del arquetipo del Holocausto como inhumano proceso industrial obra de la refinada burocracia alemana, resultó despiadado, violento y muchas veces primitivo. Nazis y soviéticos fueron responsables de la muerte de millones de víctimas inocentes, fallecidas de las más diversas maneras en las que estuvieron implicados además el hambre, el frío, la enfermedad y el agotamiento. El catálogo de horrores de Tierras de sangre es inagotable. El Holodomor dio lugar a episodios de canibalismo. Y las tropas alemanas quemaron a sus víctimas dentro de graneros incendiados con lanzallamas y lanzaron niños a zanjas llenas de cadáveres para que murieran enterrados vivos.

La lectura del libro se hace bastante dura. Snyder va repasando en el libro cifras de las distintas fases de las matanzas con precisión de notario. Sean los 21.892 prisioneros polacos ejecutados por los soviéticos en 1940. Sean las 780.863 víctimas de los nazis en Treblinka. Y va recogiendo por el camino ejemplos personales o testimonios que reflejan la depravación de los verdugos y el horror de las víctimas. Por un lado tenemos la arbitrariedad de las matanzas estalinistas, dirigidas a enemigos internos imaginarios y regidas por cuotas superadas muchas veces por el afán de cargos medios del NKVD en impresionar a sus superiores. El libro recoge un tema totalmente desconocido para mí: la persecución y exterminio de la comunidad polaca dentro de las fronteras de la Unión Soviética antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Dice Snyder:

“La minoría étnica europea más perseguida en la segunda mitad de la década de 1930 no fueron los aproximadamente cuatrocientos mil judíos alemanes (cifra que iba menguando por la emigración) sin los seiscientos mil polacos soviéticos (cifra que iba menguando por las ejecuciones)” pág. 121.

“Si tomamos en consideración el número de muertos, el porcentaje de sentencias de muerte en relación con las detenciones y el peligro de arresto, la etnia polaca sufrió más que cualquier otro grupo de la Unión Soviética durante el Gran Terror” pág. 137.

El dato de la población judía es interesante. Porque hemos siempre escuchado sobre el ascenso del nazismo en Alemania y su locura racista que desemboca en el Holocausto, pero cuenta Snyder que entre 1933 y 1939 todos los judíos que pudieron huyeron de Alemania. Por lo que el Holocausto tuvo como víctimas fundamentalmente a la población judía que habitaba en las tierras que la Alemania nazi invadió y ocupó. Es decir, la víctima arquetípica del Holocausto fue un judío polaco o bielorruso, no alemán.

El estudio comparado de las acciones estalinistas y nazis se demuestra en el libro que tiene sentido porque por un mismo territorio sufrió la acción de unos y otros en un intervalo de pocos años, además de cómo las acciones de la Unión Soviética y la Alemania nazi se interrelacionan. Por ejemplo, la Unión Soviética alentó el levantamiento de la resistencia polaca en Varsovia en 1944 sólo para dejar que fuera aplastada por los alemanes. El objetivo soviético era que los alemanes hicieran el trabajo sucio de acabar con las fuerzas nacionalistas polacas y así no encontrar luego una oposición a su dominio. Todo aquel que tomó la iniciativa para luchar contra los nazis se convirtió en un futuro potencial enemigo del régimen estalinista. El fin de la guerra, no sopuso la paz para los supervivientes. La población polaca de los territorios anexionados por la Unión Soviética en 1945 fue expulsada, como lo fue la población alemana de los territorios que pasaron a Polonia a partir de 1945 también. Los supervivientes del Holocausto se encontraron con sus casas ocupadas por nuevos inquilinos o simplemente decidieron no retornar a sus lugares de origen, donde habían sido delatados por vecinos. El libro se cierra con la gran purga de judíos en la Unión Soviética y países satélites que fue interrumpida por la muerte de Stalin.

La gran pregunta es por qué recordamos más a una víctimas que otras. El libro ofrece varias explicaciones. Fueron los nazis los que encontraron las fosas de Katyn, pero el anuncio fue considerado una acción de propaganda contra la Unión Soviética, un país aliado. Los crímenes de Stalin dejaron de interesar por su papel de aliado de Estados Unidos y Reino Unido. Además, después de la Segunda Guerra Mundial, el relato oficial soviético se centró en elevar a la “Gran Nación Rusa” (en palabras de Stalin) a la categoría de gran mártir de la guerra y gran salvadora, aunque un porcentaje mayor de otros grupos nacionales dentro de la Unión Soviética sufrieron más por culpa de la guerra. Por ejemplo, la mitad de los bielorrusos murió o fue desplazado. Sin olvidar el papel de la izquierda occidental en blanquear los crímenes de Stalin, aunque es un tema en el que el libro no entra.

Me cuesta imaginar que encontremos en el resto del siglo XX crímenes tan horribles a tal escala. Y a pesar de todo, si miramos el presente vemos que Europa ha pasado en algunos casos página. Como es el caso de Alemania, Polonia y Ucrania. Los dos primeros actuaron coordinadamente en la crisis de Ucrania de 2014. Los dos últimos han estrechado lazos precisamente a partir de ella. En otras, la memoria histórica explica las suspicacias de las Repúblicas Bálticas o Ucrania hacia Rusia. Precisamente la memoria histórica es un campo de batalla en la Nueva Guerra Fría y por eso me animé a leer este libro.