El mismo racismo, el mismo fascismo

He tenido a bien, por mi salud mental, no enfrascarme en este blog en los vericuetos del conflicto palestino. En España, quitando a esos pocos a los que la opción les llegó por nacimiento, se es propalestino o proisraelí de la misma manera que se es del Barça o del Real Madrid sin haber nacido en Barcelona o Madrid.

La gente comenta con el mismo apasionamiento ciego con el que un hincha argumenta que el delantero centro del equipo rival fingió ser zancadilleado a pesar de que abandonara el terreno de juego en camilla con fractura abierta de tibia y peroné. Las cegueras selectivas no son inocentes. Me resulta inquietante el desprecio a la vida y a los derechos de quienes no opinan como uno.

Leo que hoy hubo en la Universidad Autónoma de Madrid un encuentro hispano-israelí sobre energías renovables. Fue reventado por una turba perroflauta que persiguió a tres de los ponentes hasta el coche policial donde se refugiaron. Los tres eran empresarios israelíes y la cuestión aquí no es el papel del gobierno de Israel en Oriente Medio, sino que tres ciudadanos israelíes sufrieron un intento de agresión (uno al menos terminó con un golpe en la cabeza) por el simple hecho de su ciudadanía.

Intento recordar y no conozco casos de ciudadanos de cualquier país que fueran recibidos en un campo universitario español de esta manera por las acciones de su gobierno (¿Se imaginan el titular “Steve Jobs y Bill Gates agregidos en un campus español por alumnos contrarios a la política de EE.UU. en Iraq”).

En un acto, también reventado, del año pasado en la Universidad Complutense de Madrid se distribuyó un panfleto donde se hablaba de un empresario judío como “adicto a la usura” (judíos y usura, ¿lo pillan?).

Todo huele a lo mismo. Esa exaltación adolescente de la acción sobre la reflexión. Esa deshumanización del que no es o no piensa como uno. Esa fascinación con la violencia. Qué poco me extraña en la universidad española, esa cloaca donde muere el pensamiento.

Cuidado con las mentiras canarias

Cuando por razones académicas tuve que buscar bibliografía sobre la África actual me encontré que en España se ha publicado sólo un puñado de libros. Los libros más interesantes, “Diamantes Sangrientos” de Greg Campbell o “África después de la Guerra Fría” de Mark Huband, son traducciones de libros publicados originalmente en inglés. África interesa tan poco que la mayoría de libros son obras colectivas que recogen una miscelánea de artículos de autores diferentes. Como si ningún aspecto o país concreto mereciera la atención de un libro entero. En algunos casos los libros son una recopilación de las ponencias de jornadas o ciclo de conferencias donde ni siquisera se alcanza un nivel académico mínimo. La conclusión que saqué es que en este país África no interesa una mierda. La semana pasada en Londres encontré en la librería Foyles de Charing Cross que la sección dedicada a África estaba ordenada de la A a la Z: De la A de Angola a la Z de Zimbawe. Por haber libros los había de la situación actual de Somalilandia. Comparando aquello con la Casa del Libro uno entiende muchas cosas. Demasiadas.

En marzo escribí algo titulado “Efecto llamada” donde me limité a hacer una lista del PIB per cápita de los países del África Noroccidental de mayor a menor, encabezando la lista con España. Lo escribí a propósito de la llegada de pateras a la isla de Fuerteventura con inmigrantes africanos y la explicación que algunos dieron aludiendo a la supuesta atracción que ejercía sobre la población africana la legislación española sobre materia de inmigración. Un explicación tan tonta obvia la posición fronteriza de España y lo que ha estado pasando en todos esos países en los últimos cinco años (una pista: guerras civiles y hambrunas). Ni una cita. Ni un comentario.

Pero a la confusión hay que añadir un elemento más que por la dedicación al trabajo no había tenido tiempo de tocar: La alarma social en Canarias ante la invasión de los negros en cayucos. Canarias siendo un archipiélago macaronésico, y por tanto atlántico, vivió siempre de espaldas a África. El horizonte marcó siempre hacia América. Colonos canarios fundaron Montevideo en el Cono Sur y San Antonio de Texas en Norteamérica. Frente a Canarias en la costa africana sólo estaba el Sáhara, y por tanto el vacío. Sólamente en la segunda mitad del siglo XX hubo un cierto flujo migratorio al Sáhara Español tras comenzarse a explotar los yacimientos de fosfatos de Bucraa.

Y he aquí que a finales de mayo J. J. Armas Marcelo publicó esta joyita en el ABC. El artículo es impecable: Comienza con una larga proclamación de lo muy españoles que son los canarios, para que ningún lector despistado del ABC se crea que va a encontrarse con un panfleto nacionalista o regionalista. Acto seguido esgrime los supuestos agravios que Canarias podría esgrimir frente a Madrid para de paso señalar de forma poco sutil que un mérito para ser atendidas sus reclamaciones es el haber dado pocos quebraderos de cabeza al gobierno comparada con otras regiones españoles. En otras palabras: “Se le podría ver a Madrid un detalle por su parte, que bien nos puede agradecer que no seamos tan quejicas como vascos o catalanes”.

Cuando por fin entra en el tema de la inmigración no olvida la circunstancias de los países africanos y la diferencia abismal de renta, aunque también habla de las políticas inmigratorias españolas. Entonces es cuando encontramos su llamada de atención:

[L]a gravedad del problema está empezando y no terminando; como las autoridades de la Comunidad Económica no se den debida cuenta del drama cotidiano de la inmigración ilegal en las costas canarias y atajen con soluciones tan urgentes como pertinentes la invasión que no ha hecho más que comenzar y que, de otro modo, será imparable, cuidado con Canarias.

Invasión. Canarias ha recibido durante décadas oleadas de turistas europeos en un modelo de turismo depredador que impulsó la economía pero destrozó los paisajes: Cemento y asfalto de la costa a la cumbre. Cuando el modelo empezó a dar problemas se decidió optar por el “turismo de calidad”. La consigna fue entonces construir campos de golf como si el agua sobrara. Y ahora cuando centenares de personas huyendo de países desvastados han llegado a las costas de Canarias de forma perfectamente controlada se pone el grito en el cielo. Digo perfectamente controlada porque al contrario que en las costas de Tarifa o Fuerteventura los ocupantes de los cayucos no han sido encontrados deambulando por las plazas y parques de Tenerife o La Palma. Los cayucos fueron detectados a tiempo, remolcados a puerto y sus ocupantes internados. El problema que provocó la llegada masiva de inmigrantes fue la escasez de instalaciones para albergalos. Enviados a la Península o a sus países de vuelta, ninguno de esos inmigrantes formará parte ya de la población canaria. Pero Armas Marcelo nos advierte:

Ya es un gravísimo problema la superpoblación del Archipiélago, que no da abasto a cuanta gente -por ser rico: por ser percibido como rico aeropuerto europeo de entrada y salida de «viajeros» – llega a las islas. ¡Cómo no va a ser un grave problema la avalancha de los cayucos de la inmigración ilegal! Literalmente y sin exageraciones: no hay sitio, no hay lugar para más gente.

Ahora resulta que esos immigrantes que pasarán por Canarias de forma temporal (de dónde terminan daría para largo y tendido) contribuyen a la superpoblación canaria. No hay que darle muchas vueltas, conociendo aquella tierra, que lo que esconde la advertencia de Armas Marcelo es la combinación letal de racismo y xenofobia de una tierra que siempre vivió de espaldas a África. Y que un día cayó en la cuenta lo cerca que estaba de una zona tan llena de problemas y que hasta ahora había preferido ignorar.