El ruido y la señal

La elección presidencial estadounidense de noviembre de 2016 tuvo que servir de señal de alarma. Los medios de comunicación de masas dejaron de cumplir su función principal. Se habían convertido en inútiles para entender Estados Unidos. El mundo marchaba por un camino diferente al que nos contaban. Por eso presté atención a dos artículos que leí hace poco y que van a contracorriente de lo que nos cuentan los medios. Los dos plantean que el presidente Donald Trump podría ser reelegido. Suena a disparate. ¿No era un disparate pensar que iba a salir elegido en 2016?

En primer lugar leí “How the Dems can lose 2018” del conservador Ben Shapiro, que plantea que la creciente importancia del discurso identitario (género, LGTB y minorías étnicas) del Partido Demócrata lo aleja del centro y es incapaz de generar un mensaje cohesionado e ilusionante de unión. Shapiro señala un ejemplo de esa nueva realidad del Partido Demócrata en la figura de Linda Sarsour, una islamista que fue una de las organizadoras de la Marcha de las Mujeres. Hace poco llamó a una yihad contra el presidente Trump. Evidentemente luego matizó que se refería a la acepción de “esfuerzo” o “lucha personal” del término, pero sus intenciones de provocar jugando con la ambigüedad resultan claras. El discurso antisemita de Sarsour no pareció encender ninguna alarma en el entorno de la izquierda estadounidense que la ha aupado en el contexto de la “resistencia” a Trump.

Diseño de Shepard Fairey para la Marcha de las Mujeres. El conservadurismo religioso musulmán como el nuevo radical chic de la izquierda posmoderna.

Aparte del caso de Sarsour, que descubrí en los días de la Marcha de las Mujeres, me llamó la atención el caso de Tulsi Gabbard, congresista demócrata por Hawái, que hizo un viaje a Damasco para conocer la realidad del país (“fact-finding”) acompañada por dos miembros del partido fascista sirio y siendo recibida por el presidente Al Assad. Leí bastante diatribas sobre el asunto pero no me quedó claro si el viaje de Gabbard, jugando el juego del régimen, fue un acto de ingenuidad política o el síntoma de algo más serio dentro del Partido Demócrata.

El segundo artículo que me llamó la atención era del célebre Edward Luttwak.. El título ya lo deja claro: “Why the Trump dynasty will last sixteen years”. Su idea es que Donald Trump está preparando a su hija para ser candidata a la presidencia de los Estados Unidos en 2024 y que el Partido Democráta no ha entendido las causas de su derrota en las pasadas elecciones. Luttwak plantea sus ideas aprovechando una reseña conjunta de varios libros sobre las pasadas elecciones presidenciales y que considera dejan sin explicar la victoria de Trump. Sostiene Luttwak que hay un fenómeno al que no se le ha prestado atención: la pérdida de capacidad de consumo de la clase trabajadora estadounidense. Usa como termómetro el cruce de datos de ingresos y precios de coches, el tótem del consumo y la identidad estadounidense por antonomasia. Según Luttwak, comprar un coche nuevo está cada vez más fuera del alcance de las familias cuyos ingresos se sitúan no en la media sino en la mediana. Y ello se debe, dice, a la caída de los sueldos de la clase trabajadora que ha sufrido las consecuencias de la desindustrialización para verse abocada a trabajos precarios y mal pagados en el sector servicios.

La masa de dejados atrás fue incapaz de sentirse identificada con el mensaje de una Hillary Clinton progresista rodeada, según Luttwak, de “mujeres negras, activistas ecologistas, musulmanes patriotas, veganos, defensores del libre comercio e ingenieros sociales”. El único mensaje que les apelaba era el de Donald Trump y Bernie Sanders hablando de la pérdida de trabajos industriales por la globalización. Pero el aparato del Partido Demócrata prefirió a Clinton frente a Sanders, mientras que Trump, el nada sofisticado multimillonario que come hamburguesas de McDonald’s, pudo y supo enfrentarse a los elitistas candidatos del Partido Republicano.

Me pareció interesante que Edward Luttwak pensara ya en las elecciones de 2024 y en una victoria de Ivanka Trump tras dos períodos presidenciales de Donald Trump cuando andamos sobresaltados día a día con las noticias de la conexión rusa y el caos interno del gobierno estadounidense. Pero me hizo pensar más en mi propia perspectiva a largo plazo. Allá por los 90 yo era un lector de la revista Ajoblanco. Recuerdo el Informe Petras, que aún conservo, junto aquella certeza que se cernía sobre nosotros de que no íbamos a vivir mejor que nuestros padre. Por eso mi desdén ante el 15-M, que llegó diez años tarde. Recuerdo también en los 90 que me suscribí a la revista Time para mejorar mi inglés y en ella devoré cuanto pude sobre el fenómeno de las milicias estadounidenses que luego Manuel Castells explicó como un epifenómeno de la globalización y la desindustralización el segundo volumen de la edición española de La Sociedad de la Información. Rescaté el tema en marzo de 2016: “Dejados atrás: De las milicias a Trump”. Para luego plantear en la segunda parte que el apoyo a Trump era un fenómeno equiparable.

Hablamos entonces de que Trump podría ser el resultado de un fenómeno que ha estado incubándose veinte años. Y podría ser igual para el Reino Unido. El historiador Jim Tomlinson resumía las ideas que había prsentado en un congreso académico en un artículo breve en la página web de la London School of Economics titulado “De-industrialisation rather than globalisation is the key part of the Brexit story”. Me parece que hablamos poco del largo plazo. Y todo esto que les he contado de Estados Unidos no era más que una vuelta para hablar en la segunda parte de Europa en el largo plazo.