Los límites del gran salto de Turquía

El 1 de mayo de 2008 lo viví en Estambul. Al llegar a la esplanada que hay delante de la Mezquita Nueva me encontré un montón de policías en formación. Los había antidisturbios y los había de paisano. Me extrañó ver policías de paisano en formación, pero estaban recibiendo instrucciones de sus mandos. Había un blindado Cadillac Gage V100 aparcado. “Se están rifando hostias”, pensé viendo el ambiente. Y me senté en un banco para comer unos baklava a la espera de algo de acción.

La policía estaba allí para bloquear en caso necesario el puente Gálata que conecta la zona turística del Cuerno de Oro con el resto de la ciudad, al igual que otro contingente que descansaba en el césped cerca del puente Atatürk. No pasó nada. Aquella noche en las noticias vi que las manifestaciones habían tenido lugar cerca de la plaza Taksim. Y vi cómo trabajan los antidisturbios turcos. No buscaban dispersar a los manifestantes, sino que una vez derribados por los cañones de agua o arrinconados en un portal se enseñaban con ellos a porrazos de una forma bastante salvaje.

Volví al año siguiente a Estambul. Era época electoral. Tuve ocasión de hablar con una estadounidense que trabajaba allí de profesora de inglés y preguntarle por su percepción del gobierno del AKP. “Quieren convertir Turquía en Irán”, me dijo. Me presentó a su mejor amigo turco, un chico hipster que no habría desentonado en cualquier país europeo occidental. Se sentía fuera de lugar en Turquía y quería emigrar.

En noviembre de 2010 coincidí en mi viaje a Israel con una periodista turca que trabajaban en Washington D.C. para CNN Türk, la cadena criticada estos días por emitir un reportaje sobre pingüinos mientras la CNN transmitía en vivo los disturbios de Estambul. En nuestra primera noche en Jerusalén aproveché para preguntarle por Turquía bajo el AKP. Yo le comenté que Turquía estaba construyendo una democracia islámica que podría ser un modelo de referencia para los países musulmanes de Oriente Medio (la Primavera Árabe comenzaría al poco de volver a casa). Se mostró pesimista. Me contó que la sociedad turca se estaba volviendo más conservadora en lo social y que el problema es que en la calle había una presión social sobre los turcos “occidentalizados”. El ambiente se estaba volviendo tenso e incómodo.

El pasado mes de abril el pianista Fazıl Say fue condenado por un tribunal turco por “insultar los valores religiosos de una parte de la sociedad” al publicar en su cuenta de Twitter versos del poeta persa Omar Jayyam, cuya visión descreída de la religión oficial se inscribe en el sufismo. En mayo se anunció una nueva ley que restringe la venta y publicidad de las bebidas alcohólicas. Así, poco a poco fueron surgiendo muestras de que en Turquía empezaban a chocar los sectores occidentalizados con los valores conservadores de la nueva Turquía de Erdoğan. La chispa estalló con los planes de demoler el parque Gezi, al norte de la plaza de Taksim, para construir un centro comercial. No se trataba sólo de salvar un espacio verde frente a los planes desarrollistas, sino mostrar rechazo a las formas del gobierno por parte de ese sector de la población que siente sin espacio en la nueva Turquía. Cuando nadie lo esperaba, esa parte del país se ha redescubierto en la calle.

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