El último que apague la luz

Hoy toca artículo autocomplaciente.

En los foros para frikis de temas militares llevo tiempo encontrando enlaces a artículos de periódico donde un militar de alto rango de un país aliado de EE.UU. cuenta a su vuelta de Iraq o Afganistán lo mal que están las cosas por allí por culpa de las estrategias chapuceras de los estadounidenses. Ya lo contaba el pasado 29 de septiembre.

Esta vez no ha sido un general a su regreso de una misión. Ha sido el mismísimo jefe del estado mayor del ejército británico. Sus palabras parecen haber encontrado el apoyo de la opinión pública británica.

Dice William S. Lind que la estrategia actual de Bush de “aquí no pasa nada” sólo tiene sentido si de lo que se trata es hacerle pagar las consecuencias a quien sea presidente en el 2008. Lo estremecedor es que tiene mucho más sentido que cualquier otra cosa que haya leído.

Mongoles en Bagdad (y II)

Casi 750 años después los mongoles han vuelto a Bagdad. Pero no en un sentido metafórico como lo expresa José Luis Sampredro en su libro. Se trata de mongoles de verdad. Mongoles de la mismísima Mongolia cuyo gobierno apoyó la invasión de Iraq y que decidió enviar un pequeño contigente tras la ocupación del país. El pasado viernes se despedía la séptima rotación que suma una compañía.

El contigente mongol tuvo su minuto de gloria cuando el sargento Ganbold Azzaya evitó que un camión bomba se empotrara contra un cuartel militar en Hilla disparando contra el conductor.

Buscando la lista de países con tropas en Iraq uno encuentra sorpresas. Más allá de la presencia de estadounidenses y británicos las fuerzas de ocupación en Iraq la forman una larga lista de países pequeños con pequeños contingentes.

  • Polonia – 900
  • Rumanía – 865
  • El Salvador – 380
  • Georgia – 300
  • Azerbaiyán – 150
  • Fiji – 150
  • Bulgaria ~150
  • Letonia – 136
  • Mongolia – 131
  • Albania – 120
  • Eslovaquia -104
  • Repúblia Checa – 100
  • Lituania ~50
  • Armenia – 46
  • Estonia – 38
  • Bosnia Herzegovina – 37
  • Macedonia – 33
  • Kazajstán – 29
  • Moldavia – 12

A la lista habría que añadir los países que ya han retirado sus tropas: Tonga, Hungría, Nicaragua, Rep. Dominicana, Honduras y Ucrania.

Llama la atención a simple vista la escasa entidad de las fuerzas desplegadas por cada país. La mayoría ha envíado a Iraq una compañía o menos. En algunos casos se entiende, porque las fuerzas armadas de esos países son minúsculas El reino de Tonga mandó 45 de sus infantes de marines. Una cantidad minúscula de soldados en términos absolutos pero que suponían el 10% de las fuerzas armadas del país.

A los neocons les encanta decir que en la lista de fuerzas de ocupación de Iraq hay países como Hungría o Estonia porque sufrieron en su momento la tiranía soviética. Y que como amantes de la libertad recobrada sólo después del fin de la Guerra Fría tienen el firme compromiso de luchar para que otros países disfruten de la democracia y bla, bla, bla… Tonterías. La mayoría de ellos tienen unas fuerzas armadas con necesidad de ser modernizadas pero carecen de presupuesto para ello. Y apoyan a EE.UU. con la esperanza de recibir excedentes militares o apoyo diplomático cuando fuera preciso.

Así encontramos a antiguos repúblicas de la Unión Soviética (9), países ex-comunistas de Europa Central y Oriental (7), países latinoamericanos (4), dos repúblicas ex-yugoslavas y dos minúsculos archipiélagos del Océano Pacífico. Mongolia entraría como país ex-comunista.

En el caso mongol tenemos un país tres veces más extenso que España pero con menos habitantes que la Comunidad de Madrid. Encajonada entre Rusia y China, tras dejar de ser país comunista terminó mirando a EE.UU. Lo cuenta Robert D. Kaplan en “El hombre que pudo ser Jan” (aquí gratis). El presidente Bush visitó el país en 2005, la primera visita de un presidente de EE.UU. a Mongolia.

Es la estrategia de la que hablaba al teorizar sobre la política de defensa nacional de una hipotética Cataluña independiente. No inventaba nada. Los países pequeños convierten sus ejércitos en herramientas de su política de alianzas mandándolos en misiones internacionales. ¿Podríamos llamarla defensa nacional posmoderna?

Furor del converso

Bob Woodward no necesita ser presentado a periodistas y aspirantes a ello. Junto con su compañero Carl Bernstein reveló las artimañas que el comité electoral de Richard Nixon había empleado, entre ellas espiar la sede del partido demócrata en el complejo de edificios Watergate de Washington. Richard Nixon dimitió a raíz del escándalo y los dos periodistas del Washington Post cautivaron la imaginación del público: Dos incansables periodistas dispuestos a llegar al final para desvelar las cloacas del poder.

Después de aquello siguió en la brecha. En 1987 publicó “Veil” un libro sobre el escándalo Irán-Contra (tan jugoso que daría para unas cuantas entradas) que conseguí en su edición español en un saldo a precio de ganga. El libro era pesado de narices por dedicarse a explicar el funcionamiento de los pasillos del poder en Washington. Lo leí hace mucho tiempo y sólo me quedan recuerdos curiosos. Como la percepción de que Ronald Reagan no se enteraba ni de misa la media. O que Gadaffi en una visita a España se paseaba por su habitación con tacones de mujer.

Luego recuerdo la publicación de su libro “Los Comandantes” dedicado a los personajes claves de la administración del presidente Bush Sr. y el alto mando estadounidense durante la guerra por la liberación de Kuwait de 1991. Woodward reapareció en las librerías con libros que trazaban perfiles personales de personajes clave. Y tras el 11-S retomó el enfoque de “Los comandantes”: Hacer un retrato pormenorizado de la toma de decisiones al más alto nivel. Fueron “Bush en guerra” (2003) y “Plan de Ataque” (2004). Algunos le criticaron su excesiva cercanía al poder, aunque los libros fueron recomendados por demócratas y republicanos. Unos veían los fallos de la administración Bush. Otros creían ver resaltado al “war president”.

Woodward parece haber querido sacudirse el sambenito de periodista acomodado. Su último libro, el tercero de la serie “Bush en Guerra”, se titula “State of Denial” y según John Dickerson en Slate.com presenta a una admistración Bush “clueless, dishonest, and dysfunctional”. El libro puede que no cambie la opinión de nadie sobre Bush: [B]ut he’ll do something more dangerous: He will confirm the doubts about Bush that a majority of Americans already have.

Iñigo Sáez de Ugarte enlaza en guerraeterna.com a varios extractos en el Washington Post y diversas opiniones sobre el libro.

En Estados Unidos hay una estampida de periodistas, militares, analistas y comentaristas que han descubierto de pronto que en Iraq las cosas van mal. Menuda sorpresa. Corren todos a apuntarse el mérito de haber advertido a tiempo a la opinión pública. Será curioso (dentro de lo trágico que será) rescatar cuando el barco se hunda lo que tanto neocon dijo en su momento sobre las interminables buenas noticias que llegaban de Mesopotamia.

Mongoles en Bagdad (I)

En 1255 Mongë, el cuarto Gran Jan del imperio mongol, mandó a su hermano Hülegü al oeste al frente de un expedición con intención de conquistar buena parte de lo que es Oriente Medio. Hülagü era hijo y esposo de cristianas nestorianas. Algunos encuentran en ello el origen de su animadversión hacia los musulmanes y la crueldad que mostró con ellos, algo impropio de los por lo general tolerantes mongoles.

El mayor ejército mongol jamás reunido avanzó precedido por su reputación. La secta de los Asesinos rindió la mítica fortaleza de Alamut sin combatir. En noviembre de 1257 el ejército de Hülegü se plantó en las afueras de Bagdad. Tras varias batallas siguió un asedio que concluyó con el saqueo y destrucción de la ciudad. La ciudad fue arrasada y sus habitantes masacrados. Fue el fin del califato abbasí.

El avance del ejército de Hülegü hacia el oeste fue detenido por los mamelucos en la batalla de Ain Jalut en 1260. Las disputas por la sucesión a la muerte de Mongë distrajeron a Hülegu que no pudo cumplir su objetivo de alcanzar Egipto. Finalmente Kublai, hermano de Mongë y Hülegü, subió al trono (le llegaría a visitar Marco Polo) pero el imperio mongol quedó divido en cuatro tras el conflicto dinástico. Hülegü estableció su propio janato fundando una dinastía propia.

Quedará para siempre poder especular qué hubiera sido de la civilización

Hülegü y la destrucción de Bagdad quedaron por siempre marcados en el imaginario colectivo árabe. En noviembre de 2002 Bin Laden comparó en un discurso a Dick Cheney y Colin Powell con Hülegü. Al año siguiente José Luis Sampedro publicaba “Los mongoles en Bagdad”.

Casi 750 años después los mongoles han vuelto a Bagdad. Y ahí es donde llegamos al lado “posmoderno” de la cosa.

Mongoles en Bagdad

Todos los informes del presidente

Cada uno asocia los hechos históricos con vivencias personales. Y yo algo que siempre asociaré a la invasión de Iraq fue encontrarme a mí mismo en un bar explicándole a cierta persona el tiempo que dedicaba por aquel entonces a rebatir en foros en Internet que Iraq poseyera armas de destrucción masiva. Discutía admeás la hipocresía que suponía usar esos supuestos arsenales como excusa para invadir el país, cuando resulta que el invasor los había ayudado a crear. En aquel entonces había gente convencida que Iraq era una amenaza para el mundo mundial y que Estados Unidos, Dios los bendiga, jamás contribuyó en modo alguno a los programas de armas químicas o bacteriológicas de Iraq. Eso, decían, fue cosa exclusivamente de Alemania, Francia, Rusia y la España de Felipe González. Traficantes de muerte convertidos en dulces palomas de la paz defensoras del dictador.

No soy capaz de recordar si la guerra era inminente o ya caían las bombas sobre Bagdad. Me inclino por lo segundo. Pero me recuerdo caminando por aquella avenida rumbo al bar pretendidamente bohemio y supuestamente intelectual al que ella me llevó, maldiciendo la hora en que se me ocurrió aceptar su propuesta de tomar algo juntos. Por mucho rencor que hubiera acumulado había una parte de mí que deseaba saber de ella. Pero en la práctica, en el mundo real, sentado en aquella mesa con ella enfrente comprendí que no tenía ningún interés en oírle una vez más sus neuras. Y mucho menos estaba dispuesto a hablarle yo de los mías. Así que opté por escudarme en mi papel de friki, locuaz narrador de batallitas dialécticas en foros de Internet. Sé la impresión que le causé. Lo hice a posta. Y aún así me hirvió la sangre sin perder la compostura cuando ella me soltó como una bofetada, creyéndolo divertido, “no sé cómo me enrollé con un tío como tú”.

Para mí todo había empezado leyendo “Guerra contra Iraq” escrito por William Rivers Pitt en colaboración con Scott Ritter. Ritter en sus tiempos de marine fue oficial de inteligencia experto en misiles balísticos y formó parte del equipo de inspectores de la ONU en Iraq. En el libro y ante quien quisiera escuchar (El Mundo, BBC, PBS) mantenía que el equipo de inspectores de la ONU había comprobado que Iraq había desmantelado su programa de armas de destrucción masiva, que Iraq no podía proveerse o fabricar tales armas sin que fuera percibido por los equipos de inspectores y por los servicios de inteligencia occidentales. En el libro, además, encontré una advertencia de que una vez desapareciera el régimen lo haría con él la ligazón artificial que mantenía unidas a las comunidades que formaban ese artificio que es Iraq. Sólo en el tristemente desaparecido David Hackworth encontré a alguien que tras el desengaño menciona ara Ritter por la que le cayó a Ritter: Like it or not, Maj. Scott Ritter had it right all along.

Y algo debió sospechar el resto cuando aquel famoso informe sobre Iraq del gobierno de Blair resultó ser un copia y pega de un artículo de un investigador académico y de publicaciones de la editorial Jane’s.

Ahora, conociendo lo que pasaba en aquellos días en el régimen de Saddam por dentro y confirmando, no sé si sentirme orgulloso o asustado por la idea de que aquel friki que fui y sigo siendo tenía gracias a sus lecturas y navegaciones por Internet mejores datos que dos jefes de gobierno. Sería interesante recordar, porque no deberíamos olvidarlos, los sueños de grandeza de uno de ellos. Según Casimiro García Abadillo en 11-M La Venganza el apoyo a Bush fue “una vía para recuperar parcialmente el papel que tuvo nuestro país cuando aún era potencia colonial y borrar de un plumazo las frustraciones del 98″ [pág. 155], rompiendo “con una trayectoria de cien años en política exterior. Desde la pérdida de las colonia, España se había mantenido al margen de los conflictos internacionales” [pág. 162].

La niebla de la guerra

“Fog of war” es un término inglés para definir la confusión, incertidumbre y caos que se da en el campo de batalla. Una explicación del origen de la expresión podría ser las humaredas que se producía en la era de las armas de pólvora negra. Cuando dos ejércitos empezaban a intercambiar disparos en el campo de batalla llegaba un momento que un general en lo alto de una colina era incapaz de distintiguir entre el humo sus tropas de las del enemigo y le resultaba imposible saber qué pasaba para tomar decisiones.

La revista Foreign Affairs en su edición en inglés ha publicado hace poco el extracto de un informe sobre la invasión de Iraq vista desde el punto de vista iraquí. Se trata en realidad de la versión cara al público de un trabajo de recopilación de documentos capturados y entrevistas a miembros importantes del régimen bajo custodia estadounidense. Y las conclusiones no pueden ser más llamativas.

Saddam Hussein estuvo convencido de que EE.UU. no invadiría el país, y que en caso de hacerlo sólo ocuparía el sur. Que bastarían unas pocos bajas al estilo de Blackhawk Down para poner la opinión pública en contra de la guerra. Al igual que el Japón de la Segunda Guerra Mundial, haciendo de la necesidad virtud, estaba convencido que el espíritu combativo de sus tropas se impondría sobre la superioridad material de los estadounidenses. Pero lo más llamativo es cómo el régimen provocó el colapso del ejército como fuerza combatiente antes incluso de que se disparara el primer tiro. En el período de llamemoslo entreguerra (1991-2003) Saddam estuvo más preocupado por las amenazas internas al régimen que las externas, en especial las provenientes del propio ejército. Creó tal redundancia de servicios secretos que se vigilaban los unos a los otros y tantas capas de burocracia, que ningún general se atrevía a tener una iniciativa propia. Lo que fue peor para el ejército, los cargos de responsabilidad se dieron a los parientes del clan Al Tikriti o a los completamente incapaces pero leales.

Cuando empezó la guerra, tal como se hacía siempre, nadie se atrevió a informar de las malas noticias al escalón superior en la cadena de mando. Cuando los carros de combate estadounidenses se acercaban a Bagdad, el alto mando iraquí estaba convencido que la ofensiva estadounidense estaba siendo repelida. Lo que en Occidente resultaba burda y risible propaganda, para el régimen eran los informes con los que tomar decisiones. Suena ridículo, ¿verdad? Creerse sus propias mentiras. Pues supongo que alguno anda preguntándose donde andan las armas de destrucción masiva. Espero que algún día nos den una respuesta.Tengo paciencia. Sigo esperando.

Y dicen que el petróleo es caro

El estar tan ocupado últimamente me ha supuesto la desventaja de no poder escribir día a día de los asuntos candentes. Pero a la vez tiene la cierta ventaja de permitir la reflexión sosegada a un ritmo mucho más lento que la que la que impone la actualidad.

Hace ya semanas saltó la noticia de que seis generales estadounidenses habían criticado abiertamente al Secretario de Defensa Ronald Rumsfeld y su estrategia en Iraq. El asunto, más allá de la simpatía que a este lado del Atlántico provoque las críticas dentro de EE.UU. a las políticas de la administración Bush, tocó cierta fibra sensible de la sociedad estadounidense al ver a militares (en este caso retirados) hablando abiertamente de política. Quizás tengamos que hacer referencia a ejemplos propios para entender el desasosiego aunque el debate allí sea otro: ¿Deben los generales hacer oir su voz si piensan que los planes de guerra de un gobierno llevan al desastre?

Pero lo que me llama la atención es llevamos tres años oyendo que en Iraq las cosas marchan bien y que la prensa de izquierdas (liberal que dicen en inglés) oculta las noticias positivas que allí suceden. Llevamos tres años oyendo Una y otra vez leo que Al Qaeda está siendo derrotada. Pero leer que las cosas están yendo mal o muy mal es algo que por primera vez veo en boca de la base social de Bush. O de algunos que por lo visto fueron halcones. Hay quienes directamente, Aquí, aquí y allá hablan de trocear el país. Lo que me lleva a lo que escribí sobre Iraq en mi viejo blog y que tendré que rescatar. Qué lejos quedan aquellas lecturas previas a la guerra que vaticinaban el desastre y resultaban entonces catastrofistas. Ya no importa si fue buena o mala idea invadir Iraq. Lo que parece empezar a quedar claro es que las posibilidades de una victoria y solución fáciles es cosa de un paso que no volverá.

Loo que hay de verdad de fondo es un debate sobre la transformación de los conflictos armados en el siglo XXI y cómo combatir en ellos. (Casualmente el tema principal del blog de un servidor). ¡Qué lejos queda aquella fascinación por la rápida victoria en una guerra convencional “de la Tercera Ola” en la primavera de 2003!. Qué amargo el despertar en el desierto de lo real.

Nota: Advierto que mi serie sobre Irán está inconclusa y las novedades se suceden.