Crónica de dos muertes anunciadas

Algunos lectores tienen la idea que los temas que trato aquí son tan esotéricos que un servidor tiene que ser alguien “mu’ listo”. Error. En realidad la comunidad de aficionados a los temas de seguridad y defensa en España que se reúne en Internet es tan diversa y amplia que forman una masa crítica suficiente para convertirse en una especie de think tank difuso. Yo tomo buena nota de lo que dicen, lo complemento con unos cuantas fuentes propias y saco mis propias conclusiones.

Así que al leer las noticias y descubrir que dos soldados españoles habían muerto en Afganistán hoy por la mañana al detonar una mina o un artefacto explosivo bajo el vehículo tuve esa desazón de ver confirmada al fin lo que unos cuantos sabíamos desde hace tiempo: Que las cosas en el área de operaciones del contigente español están empeorando y que los medios a disposición de nuestros soldados no son los mejores. (Vean si no El Alijar, qué premonición).

Hacía bien poco que nos habíamos enterado por la prensa italiana de un combate entre tropas españolas e italianas con fuerzas talibán cerca de la ciudad de Shewan (noticia aquí y aquí). Era sólo el enésimo incidente de los muchos que la prensa española recogía con letra pequeña y que servían de creciente señal de alarma para los que seguíamos lo que allí sucede. La situación en Afganistán en general ha empeorado en los últimos meses. Y los contigentes de la fuerza multinacional allí desplegada se han ido reforzando o desde el principio han desplegado medios adecuados. Como es el caso de los vehículos a pruebas de minas con los que cuentan desde Australia hasta Estonia.

Afganistán es la guerra olvidada y todo ello ha pasado desapercibido en España. Entre el afán de unos de ocultar la naturaleza del conflicto y el desinterés si no hay réditos electorales de los otros.

Releyendo lo que escribí a propósito de la muerte de seis soldados españoles en Líbano da la sensación que es dar vueltas al mismo tema así poco queda por decir. Quizás es la hora de que los que algo entedemos de estos temas hagamos de voz de quienes por imperativo de las Reales Ordenanzas no pueden tener voz.

Recordar Afganistán

Afganistán es un país árido y montañoso sin salida al mar. Su valor ha consistido siempre en ser el corredor que une Asia Central con el subcontinente indio y el Océano Índico. Bien fuera en la época del Gran Juego entre los imperios zaristas y británico en el siglo XIX. Bien fuera durante los 90, cuando compitieron la empresa argentina Bridas y la estadounidense UNOCAL para construir un oleoducto entre las repúblicas ex-soviéticas ricas en hidrocarburos y Pakistán. Como reflejo de las idas y venidas históricas de grandes imperios la composición étnica de la población afgana es un puzzle complejo donde encontramos desde descendientes de las huestes de Alejandro Magno a mongoles convertidos al shiísmo. Kandahar, la ciudad desde la que se expandieron los talibán al resto del país, posiblemente le deba su nombre a Alejandro Magno, Iskander en árabe, turco y persa.

La población mayoritaria al sur del país es de la etnia pastún que también encontramos al otro lado de la frontera con Pakistán. En realidad la frontera afgano-pakistaní es un vestigio de la era colonial británica, una ficción cartográfica. La línea Durand ha sido siempre permeable para los pashtunes de uno y otro lado, unidos por lazos de sangre y cultura. A su vez los pashtunes han sido siempre un pueblo indómito para los gobernantes de los dos países. El poder y la acción del Estado afgano y pakistaní en el territorio pashtún siempre han sido débiles.

Sin embargo esa conexión ha sido también el canal por el que el gobierno pakistaní ha intervenido en los asuntos afganos. En tiempos recientes, primero durante la guerra de Afganistán canalizando la ayuda de la coalición antisoviética hacia las facciones favorables a los intereses pakistaníes. Luego en los años noventa apoyando la expansión y consolidación del poder de los talibán, étnicamente pashtunes. Se trata de un detalle importante. Lo que desde fuera se vio como el auge de un movimiento fundamentalista islámico y luego su derrota frente a la Alianza del Norte apoyada por EE.UU., en clave interna afgana se leyó como el flujo y reflujo de una lucha de poder entre pashtunes y una coalición que aglutinaba las minorías tayikas, uzbekas y hazara con el consiguiente cambio de alianzas. El actual conflicto es tan sólo un episodio más de esa histórica lucha por el poder.

Continuará…

El último que apague la luz

Hoy toca artículo autocomplaciente.

En los foros para frikis de temas militares llevo tiempo encontrando enlaces a artículos de periódico donde un militar de alto rango de un país aliado de EE.UU. cuenta a su vuelta de Iraq o Afganistán lo mal que están las cosas por allí por culpa de las estrategias chapuceras de los estadounidenses. Ya lo contaba el pasado 29 de septiembre.

Esta vez no ha sido un general a su regreso de una misión. Ha sido el mismísimo jefe del estado mayor del ejército británico. Sus palabras parecen haber encontrado el apoyo de la opinión pública británica.

Dice William S. Lind que la estrategia actual de Bush de “aquí no pasa nada” sólo tiene sentido si de lo que se trata es hacerle pagar las consecuencias a quien sea presidente en el 2008. Lo estremecedor es que tiene mucho más sentido que cualquier otra cosa que haya leído.