Cuñados, comunistas y conspiranoicos

IndiesHipstersyGafapastas_150ppp-450x701Uno de los libros españoles más interesantes de los últimos años es Indies, hipsters y gafapastas: Crónica de una dominación cultural de Víctor Lenore, publicado en 2014. El punto de partida del libro es que hay una generación en España que ha visto sus expectativas vitales frustradas y ha experimentado un proceso de precarización laboral que les ha colocado en un nivel de ingresos cercano a las  clases bajas. Así que, careciendo de un nivel de vida que marque la diferencia, el consumo cultural se ha convertido en una fuente de distinción, en los términos de Pierre Bordieau. Presumir de ver series estadounidenses que no han llegado a España y acudir a festivales alternativos para escuchar a grupos minoritarios es un forma de mostrar que a pesar de que vives con cuatro duros estás a un mundo de distancia de los canis y las chonis que ven reality-shows y escuchan flamenquito.

Los licenciados universitarios de mi generación sobreviven con trabajos precarios o como freelances sin muchos ingresos, viven en casa de sus padres o pisos compartidos, viajan en low-cost, piratean películas y música en Internet… Los especialistas en marketing andan preocupados porque la generación que viene detrás, los milennials, no muestra interés por comprar casa y coche, dos antiguos rituales de paso a la vida adulta. Aunque no hay que darle muchas vueltas para plantearse, como hizo Daniel Seijo, si en realidad es que se trata de una generación que se ha resignado a que no se puede permitir ni casa en propiedad ni estrenar coche. Los hijos de la clase obrera y la clase media que fueron a la universidad en España asumen que ya no vivirán mejor que sus padres. Viven un proceso de reproletizarización. En España pasamos del mileurismo (término acuñado en 2005) al seiscientoseurismo en un mercado laboral que ya no volverá a ser el mismo tras la crisis.

El libro de Víctor Lenore trata de diseccionar ese elitismo cultural pedante de andar por casa (“Ay, por favor no me digas que ves las películas dobladas”, “bah, yo escuchaba ese grupo antes de que se volvieran comerciales, ahora son una mierda”, “¿las películas?, qué horror, las novelas son mucho mejor, yo las leí antes incluso que las publicaran en España”, etc) para ahondar en la construcción arbitraria de una alta y baja cultura popular, donde ciertas manifestaciones son despreciadas por barriobajeras, populacheras o propias de inmigrantes pero que hipsters y gafapastas consumen con gusto cuando han sido convenientemente recicladas por el artista blanco de turno, como en la parodia que hacían de Manu Chao en Muchachada Nui (“Veo lo que han hecho y lo que me gusta me lo quedo para mis discos. Eso se llama mestizaje”).

En este panorama, el primer síntoma del descontento que recuerdo fue la manifestación en Madrid “Por una vivienda digna” en mayo de 2005, a la que sólo acudieron entre 1.500 y 3.000 personas. Me pareció significativo entonces que lo que movió a la gente a salir de su casa no fue la falta de perspectivas vitales y la precariedad laboral, por no hablar de otras cuestiones que tienen un impacto enorme en la empleabilidad y las cualificaciones profesionales como la calidad de la educación en la universidad pública española. Pero ese tema ni siquiera ha sido relevante para el partido de izquierda de la Nueva Política™ que surge de ese mundo. Lo que movilizó entonces a la gente fue no poder cumplir su sueño de clase media, llamados a la acción bajo el lema “No vas a tener una casa en la puta vida”. Más tarde, de la convergencia del “No les votes” con los movimientos por la vivienda nacería el 15-M en 2011. La indefinición ideológica del 15-M reflejaba un mundo sin referentes ni utopías en una país con una baja afiliación a partidos políticos y sindicatos.

En su momento me causó mucha gracia que el 15-M pilló con el paso cambiado a muchos acomodados en su discurso de solitario resistente en una sociedad de borregos. Que la gente saliera en la calle les estropeaba su fantasía de que estamos viviendo en Matrix. Así que más de uno optó por buscar en el 15-M la oscura mano de una conspiración de las fuerzas globalistas y capitalistas. Aún peor fue la aparición de Podemos, que apareció en 2014 con propuestas que hacían un copia-pega del programa electoral de Izquierda Unida en las elecciones generales de 2011. La inquina de los viejos comunistas contra Podemos no era ideológica o programática. Era una mezcla de envidia, sorpresa e indignación porque un partido con ideas parecidas pero diferente presentación obtenía muchas más horas de televisión y más apoyo en las encuestas.

Hoy la militancia política ha dado paso al activismo en las redes sociales. Pero cuando todo el mundo tuitea y comparte en su muro eslóganes, memes políticos y llamadas a la acción, el valor de significarse políticamente cae. Se habla de política como se habla de películas, series de televisión y grupos de música. Y siempre habrá alguien necesitado de diferenciarse de la masa, por lo que el único modo de sentirse parte de un elitista vanguardia política es lanzar un discurso aún más radical. El Comité Invisible ya había constatado el fenómeno, del que dejó constancia en A nuestros amigos:

Poco se tarda en comprender que no están ocupados en construir una fuerza revolucionaria real, sino en mantener una carrera hacia la radicalidad que se basta a sí misma — y que se libra indiferentemente sobre el terreno de la acción directa, del feminismo o de la ecología. El pequeño terror que reina en ellos y que también en ellos vuelve todo el mundo tan rígido, no es el del partido bolchevique. Es más bien el de la moda, ese terror que nadie ejerce en nadie, pero que se aplica a todos. En estos  medios, se teme ya no ser radical, como se teme en otras partes ya no ser tendencia, guay o de moda.

Con el nicho de mercado del desafío al bipartidismo por la izquierda en manos de Podemos, para llamar la atención en la España de 2016 hay que decir algo realmente llamativo. Ya no basta defender la Revolución Bolivariana chavista o el Proyecto Nacional-Popular kirchnerista, cuando un partido inspirado en ambas tiene decenas de diputados y su líder pide la excarcelación de los presos de ETA o un referéndum en Cataluña. La búsqueda de la radicalidad epatante ha hecho aparecer en las redes sociales a apologistas de la RDA, Corea del Norte y la Siria de Bashar Al Assad.

Podría parecer que a estas alturas defender el “socialismo real” requiere de estómago. Pero el método no es complicado. Por ejemplo, cuando al español medio se le pregunta por sus fuentes sobre Corea del Norte apenas podrá mencionar algún documental de televisión o alguna información aparecida en los periódicos. Sobre Corea del Norte se publican un montón de noticias estrambóticas, así que no es tan difícil presentar al país como víctima de la desinformacción occidental. Luego está el socorrido truco de lanzar cifras y estadísticas para demostrar lo bien se vivía en los países comunistas. Un tipo de argumento equivalente al que emplean los defensores del Franquismo cuando enumeran las Viviendas de Protección Oficial construidas en España. La mirada nostálgica de comunistas y franquistas sobre cómo cualquier tiempo pasado fue mejor tiene trampa, porque también es fácil encontrar en Europa Occidental a personajes que miran con nostalgia el pasado. Lo que mucha gente mayor echa de menos es una época donde la vida era más “sencilla”, donde en cualquier barrio los vecinos se conocían por el nombre y la autoridad de los adultos se respetaba.

Otro argumento infalible y simple es retorcer la historia y los hechos. En septiembre de 2015 hice un breve repaso histórico a la invasión soviética de Afganistán, que alguien la relataba en Twitter como un acción de Moscú en auxilio de un aliado y para salvar la Revolución de Saur.  En realidad la invasión soviética sirvió para deponer al gobierno afgano, cuya ortodoxia revolucionaria alarmaba en Moscú y cuyas reformas habían provocado una revuelta armada en el país. Si añadimos como argumento las teorías conspirativas, tenemos la combinación perfecta de comunistas defendiendo a Bashar Al Assad, conspiranoicos hablando de cómo la CIA creó el Estado Islámico y cuñados explicando que todo lo que pasa en Siria tiene como principal explicación el petróleo. Son la clase de argumentos facilones que se expanden por las redes sociales bajo el principio de “si el río suena agua lleva”. Los bulos circulan y perviven por la enorme cantidad de tiempo y energía que hay que dedicar a desmontarlos. Alguna vez he pensando que el volumen de tonterías que circulan ahí fuera sobre Ucrania, Siria y el Estado Islámico darían para llenar un blog. Yo mantengo una lista de asuntos que quiero tratar aquí. Haré lo que pueda.

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Otros textos míos para seguir leyendo sobre el tema:

“La guerra de Siria y la conspiranoia antiamericana”,sobre todo lo que sabemos de los chapuceros planes para armar rebeldes en Siria.

“La hipsterización del dolor”, sobre las reacciones ante los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París.

“Las teorías conspirativas como fenómeno cultural de la Nueva Guerra Fría”.

Dejados atrás: De las milicias a Trump (Segunda parte)

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Foto: Reuters/Dominick Reuter. Vía Business Insider.

Donald Trump ha sido el gran femóneno de la primarias del Partido Republicano. Es como si las reglas clásicas de la política no se aplicaran con él. Ha dicho y hecho cosas que hubieran hundido la carrera de otros políticos en un ciclo electoral diferente. Queda ahora tan lejanas las primaras de 2004, cuando los gritos eufóricos de Howard Dean, aislados del sonido ambiente mientras el público gritaba, le hicieron parecer un demente y arruinaron su campaña. Hoy los votantes republicanos que apoyan a Donald Trump le perdonan o le justifican todo.

Aquí en Europa a los bien pensantes les encanta diseccionar el discurso simplón de Trump desde el supuesto refinamiento y sofisticación del viejo continente que nos distancia de Estados Unidos, explicando su auge como la típica fórmula de candidato populista que apela a los bajos instintos del electorado. Ya saben, ese estereotípico estadounidense con sobrepeso que no sabe situar países que son noticia en un mapa. La verdad, no creo que estemos en condiciones en Europa de dar lecciones al respecto, con un panorama político donde encontramos desde populismo de inspiración sudamericana a la ultraderecha xenófoba. Ni mucho menos de preguntarle al votante medio europeo que diga cuántos países forman la Unión Europea y los ubique en un mapa.

El fenómeno Trump ha generado en Estados Unidos un caudal interminable de columnas de opinión y ha ocupado horas y horas de televisión, desde los programas más sesudos a los inevitables momentos de humor de los late night shows. La mayoría de los análisis se centran en lo zafio y simplista de su mensaje. Como los titulares de que Trump habla con un inglés propio de un niño de 4º de primaria o 5º de primaria. Hace poco, Andersoon Cooper le reprochó a Trump que atacara a Ted Cruz tuiteando una foto que comparaba la mujer de ambos, a lo que Trump respondió “¡yo no empecé!”. Cooper le reprochó que la respuesta era digna de un niño de 5 años. Los medios se han centrado en esta clase de asuntos para resaltar el supuesto bajo nivel intelectual de Donald Trump, con la idea de resaltar lo inadecuado que es para el puesto de presidente de los Estados Unidos.

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Otros análisis se han centrado en el fondo de su discurso, lo que tiene al aparato del Partido Republicano bajo un ataque de pánico. Trump es un republicano atípico. En el debate con los otros candidatos republicanos en Carolina del Sur defendió frente a Ted Cruz la financiación pública de Planned Parenthood y criticó la invasión de Iraq frente a Jeb Bush.

Pero lo que ha puesto realmente nervioso al establishment republicano y a los expertos internacionales es el programa de política exterior de Donald Trump, que presentó hace unas semanas ante periodistas del Washington Post. Trump es un aislacionista de la vieja escuela que cuestiona la necesidad de la OTAN, además de un repliegue sobre las fronteras para dejar de defender lugares como Europa y Corea del Sur. Según Trump, la crisis de Ucrania es un problema europeo y responsabilidad de Alemania. Pero todos los comentarios sobre lo malo que sería Trump para el país o para el Partido Republicano no dan una explicación de por qué es popular. Las explicaciones las he encontrado en lugares atípicos.

Scott Adams es el dibujante de las tiras cómicas de Dilbert y anticipó en su blog en el verano de 2015 el éxito de Trump. Según Adams, Donald Trump tiene unas dotes persuasivas extraordinarias y que lo que parece a priori acciones estrambóticas propias de un payaso suelen tener un objetivo definido. Por ejemplo, todo el debate sobre lo nefasto que sería Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es la constatación de que somos ya capaces de imaginarle como candidato victorioso, algo que no consiguió ningún otro candidato republicano. Nadie habla del hipotético presidente Kasich o del hipotético presidente Cruz. Adams ha dedicado bastante atención a la campaña de Trump en su blog, lo que le ha llevado a ser entrevistado en Fox News y en la CNN.

John Robb es el autor de blog Global Guerrillas y el libro homónimo. Según Robb, Donald Trump ha roto las reglas establecidas y la suya no es una campaña electoral sino una insurgencia. Se trata de un movimiento centrado en unas pocas ideas sobre a qué se opone y que resulta vago a la hora de definir las posiciones propias para no generar divisiones entre su base electoral. Después del Súper Martes, Robb llamó la atención a cómo el aparato del Partido Republicano se había lanzado contra Trump y anunció que ese día había nacido un nuevo grupo social, los technorati. Robb la describe como esa clase social cosmopolita y cualificada que ha prosperado con la globalización. Los encontramos en muchos países y tienen entre ellos más en común que con el resto de los habitantes de sus propios países. Porque frente a los technorati ha aparecido otra clase social, los “dejados atrás” (left behind). Es ese sector de la clase obrera cuyo nivel de vida ha empeorado con el paso de los años, sufrió la crisis y cuyos hijos no vivirán mejor. Son los trabajadores poco cualificados a los que tener un empleo no les permite salir de la pobreza y cuyas fotos empujando un carrito en Wal Mart luciendo sobrepeso y ropa hortera son objeto de burla en Internet. Son los recién licenciados universitarios aplastados por la losa de las deudas contraídas para pagar los carísimos estudios universitarios en EE.UU. y que se han encontrado el mercado de trabajo post-crisis. Estos últimos apoyan a Bernie Sanders. Los otros, a Donald Trump. Ambos candidatos han pulsado una cuerda emocional en el electorado hablando de economía y comercio. Y ambos son percibidos como candidatos anti establishment. Trump es un multi millonario. Pero, precisamente por ello, se presenta como alguien que se autofinancia la campaña electoral y no está sometido al juego de compra de voluntades de los lobbies y grupos de presión.

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Vía Politikon.es

Trump ha prometido apretar las tuercas a las empresas estadounidenses para que traigan empleos de vuelta desde China y México. En los datos que recopilaba Roger Senserrich aparecía una encuesta en la que los votantes de Trump era el grupo de población considerado que en mayor medida creía (67%) que los tratados de comercio habían sido algo malo para Estados Unidos. Hay, por tanto, una masa de trabajadores estadounidenses preocupada por que su puesto de trabajo sea deslocalizado. El nivel de estudios, el nivel de paro en la zona y la pérdida de empleos en el sector manufacturero parecen ser buenos predictores estadísticos del apoyo electoral a Trump. Son factores parecidos a los que en la primera mitad de los años 90, la época en que se negoció el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, explicaron la aparición de milicias unidas por una perspectiva conspiranoica en zonas desindustrializadas de Estados Unidos. El descontento es el mismo pero esta vez ha sido canalizado por un político que promete devolver la gloria perdida por el país en el contexto de la Nueva Guerra Fría y el ascenso de China.

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com :

Dejados atrás: De las milicias a Trump, 1ª parte (14 marzo 2016)

Presidente Trump (2 marzo 2016)

Dejados atrás: De las milicias a Trump (Primera parte)

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En marzo de 1991, con la euforia tras la victoria militar en la Guerra del Golfo, el nivel de aprobación del presidente estadounidense George H. W. Bush alcanzó el 90%. Su reeleción al año siguiente parecía asegurada. Pero meses después de la guerra, en julio de 1991, la economía estadounidense entró en recesión. La economía se convirtió en un tema central de las elecciones de 1992. En el cuartel general de la campaña del aspirante demócrata Bill Clinton, el estratega político James Carville escribió en una pizarra tres frases que señalaban los tres temas en los que se tenía que incidir. El segundo era “The economy, stupid”. La frase se popularizó y transcendió al equipo de campaña como “It’s the economy, stupid”.

Bill Clinton ganó las elecciones y durante su presidencia apareció un nuevo femóneno, las milicias armadas. Al igual que las teorías conspiranoicas sobre Obama, el musulmán encubierto nacido en Kenia, en aquel momento surgió toda una literatura sobre el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial (NWO) en el que la soberanía estadounidense sería transferida a Naciones Unidas y al capital internacional. Se hablaba de bases secretas militares rusas en territorio estadounidense, helicópteros negros y hasta de campos de exterminio en las instalaciones de la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA), encargada entre otras cosas  de asegurar la Continuidad de Operaciones y Continuidad del Gobierno. Sus poderes especiales al respecto la convirtió en objeto de teorías sobre un “gobierno paralelo” [*]. A modo de curiosidad, la serie de televisión “Expediente X” arrancó en septiembre de 1993, el año en que Bill Clinton asumió la presidencia de los Estados Unidos.

Manuel Castells le dedica un apartado en el segundo volumen de su monumental La Era de la Información a las milicias estadounidenses dentro de un capítulo dedicado a los “movimientos sociales contra el nuevo orden global”, que incluye también al Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Cuenta Castells, que si bien el sustrato en el que nacen las milicias son los grupos supremacistas blancos y su modern-militiaanticipación de una “guerra santa racial” (RAHOWA), no se puede acotar el movimiento como una simple manifestación de la ultraderecha racista. El repaso de las páginas webs de las milicias en aquel entonces mostraban que muchas estaban abiertas a miembros de ambos sexos y minorías étnicas. Castells no lo menciona, pero yo añadiría que una de las fuentes del fenómeno fue también el survivalismo, que ya Hollywood recogió en 1983 en The Survivors. En cuanto a política, la corriente que inspiró a las milicias es el libertarismo y su profunda desconfianza hacia el gobierno federal, junto con los valores “tradicionales” del conservadurismo cristiano evangelista y el rechazo al incipiente proceso de globalización económica. No en vano en el año 1993 se firmó el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA) y el 1 de enero de 1994 entró en vigor, día en que se dio a conocer al mundo el EZLN.

El perfil típico del miembro de las milicias era el de un “varón blanco cabreado”. La proliferación del fenómeno, tanto en el interior rural del país como en las áreas metropolitanas, impedía calificarlo únicamente como una reacción conservadora de la América Profunda (véase “Los muchos Estados Unidos”, noviembre 2013). Castells atribuye la aparición del fenómeno, en parte,  a una masculinidad en crisis en la era del ascenso de los derechos de la mujer y los homosexuales. De ahí que las milicias encontraran miembros hasta en el sector tecnológico de California. Es fácil imaginar el atractivo de pertenecer a un grupo donde encontrar camaradería masculina en una sociedad profundamente individualista y vivir fantasías de poder manejando armas y vistiendo uniforme.

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El arquetipo de miembro de las milicias: Un varón blanco de aspecto poco marcial jugando a la guerra.

Otro de los elementos interesantes que menciona Castells es que estos grupos mantenían una estructura distribuida, con varias figuras carismáticas como referentes intelectuales pero sin una jerarquía establecida a nivel nacional. De hecho, el concepto de “Resistencia Sin Líderes” surgió en los años 80 en la ultraderecha racista estadounidense. A pesar de su origen como corriente minoritaria tuvieron una rápida expansión gracias al empleo de BBS e Internet, una característica que reflejaba la película “Betrayed” (“El sendero de la traición”, en España) dirigida por Costa Gavras en 1988.

El asedio policial en Ruby Ridge en 1992 y el asedio al rancho de los davidianos en Waco (Texas) en 1993 se consideran los catalizadores del fenómeno, al generar una fuerte reacción ante lo que se consideraban abusos del gobierno federal contra ciudadanos armados. La realidad es que los estudios sobre el tema señalan que el movimiento de milicias arraigó entre los blancos de clase trabajadora en un momento de crisis económica, cambio tecnológico y deslocalización de empresas. El discurso contra el Nuevo Orden Mundial tenía resonancia entre los efectos de una época de cierres de grandes dinosaurios tecnológicos y  traslado de factorías. Castells cita a William Pierce, que decía en marzo de 1994:

En pocas palabras, el Nuevo Orden Mundial es un sistema utópico en el que la economía estadounidense (junto con la de todas las naciones) será “globalizada”: los niveles salariales de todos los trabajadores estadounidenses y europeos se harán hasta los de los trabajadores del Tercer Mundo; las fronteras nacionales dejarán de existir para todos los supuestos prácticos; y un flujo creciente de inmigrantes del Tercer Mundo a los Estados Unidos y Europa habrá producido una mayoría no blanca en todas  las zonas del mundo que antes eran blancas; una élite formada por financieros internacionales, los dueños de los medios de comunicación de masas y los gestores de las compañías multinacionales, tendrá la última palabra; y las fuerzas de paz de la ONU se utilizarán para evitar que nadie opte por salirse del sistema.

Me parece relevante que este párrafo podría, con pocos cambios, publicarse hoy con adaptaciones que incluyeran la crítica a las élites económicas tras la crisis de 2008 y el rechazo a la inmigración en Estados Unidos y Europa. El movimiento de las milicias entró en decadencia tras el atentado terrorista en Oklahoma City en 1995, con una intensa campaña de demonización desde los medios. Pero el movimiento está resurgiendo, como demostró el reciente asedio policial en Oregón. Hay de nuevo un malestar en la población blanca de clase obrera en Estados Unidos. Y esa es la explicación del éxito electoral de un candidato como Donald Trump. Pero de eso hablaremos en la segunda parte.

[Continuará]

[*] A modo de curiosidad, la creación de la Unidad Militar de Emergencias durante el gobierno de Rodríguez Zapatero y bajo mando directo de Presidencia de Gobierno generó comentarios en la prensa de derechas española sobre una “guardia pretoriana” al servicio de los oscuros planes golpistas que el PSOE había urdido con ETA y los servicios secretos marroquíes, cómplices del 11-M. En su primera aparición en el desfile del 12 de octubre de 2006 la UME fue abucheada por el público.

Presidente Trump

De un tiempo a esta parte mantengo una rutina con una amiga que vive en Estados Unidos. Ella me pregunta mi opinión sobre cierto artículo de análisis internacional de algún autor español publicado en El País y yo le contesto por enésima vez que no leo los artículos de opinión de la prensa española. Entonces busco el artículo al que ella se refiere y pasamos a destriparlo. La situación habitual es que al autor de turno se le escapa las claves del asunto que toda la prensa en Estados Unidos maneja. A estas alturas no sé si es un síntoma de la decadencia periodística de El País o un síntoma de que en el siglo XXI  para un ciudadano español con Internet la prensa nacional resulta superflua para seguir la actualidad del mundo.

El último artículo al que mi amiga hizo referencias se refería al éxito de Donald Trump en las primarias republicanas. Salió justo en un momento en que los medios estadounidenses están volcados en analizar la campaña de Trump, burlarse de Trump o advertir del peligro que supone Trump. Y me parece insuficiente y torpe quedarse en el análisis de que Trump triunfa porque apela a los más bajos instintos del electorado con un discurso xenófobo. Sería igual de irrelevante que un análisis de un periodista extranjero que contara en su medio que un sector del electorado español se ha vuelto loco votando a un partido liderado por un comunista a sueldo de Caracas y Teherán que ha defendido, entre otras muchas cosas, acabar con la división de poderes, prohibir los medios de comunicación privados y salirse del euro para imprimir dinero a lo loco e imponer controles cambiarios.

Trump es un fenómeno singular porque ha subido en las encuestras diciendo cosas que hubieran hundido la carrera de otros candidatos en otros ciclos electorales, como decir que John McCain no es un verdadero héroe de guerra porque fue derribado sobre Vietnam o que la actitud de Megan Kelly hacia él durante el debate en FOX News se debió a que la periodista estaba con la regla. Las encuestas y estudios reflejan que el público valora que Trump “habla claro” y “dice lo que piensa”, aunque sea tan difícil su posición en torno a tantos temas en los que se ha contradecido. Bill Maher señaló que una característica importante de Trump es que no pide perdón. Y en un país con el discurso público atenazado por lo políticamente correcto (que a pesar de la degeneración del término en España, es un concepto de la izquierdas posmoderna) el discurso de Trump genera apoyo en la masa que no se siente identificada con las élites educadas y sofisticadas de ambas costas que copan Hollywood y los medios (veáse lo que escribí en “Los muchos Estados Unidos”). Por contrastar, es interesante ver cómo Dana Carvey imitó a Barack Obama y comparó su manera elaborada y algo pomposa de hablar con las de Ronald Reagan, Bill Clinton y George W. Bush. El resultado es que paradójicamente Trump ha encontrado el apoyo electoral en la clase obrera estadounidense.

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La clave que he echado en falta en los análisis españoles y que se ha convertido en la palabra fetiche en Estados Unidos es que Donald Trump es percibido como un candidato anti-establishment, exactamente como Bernie Sanders. William S. Lind, autor del concepto de “Guerras de Cuarta Generación”, escribía hace poco que “la línea de fractura en la política estadounidense no es republicano vs. demócrata sino establishment vs. antiestablishment”. Trump no es un “político profesional” y con su fortuna personal no necesita para su campaña el apoyo económico de grupos de interés y lobbies. Así, Bill O’Reilly decía que Trump y Sanders son lo mismo. Trump entró en las primarias como una figura rompedora que logró que su figura y su discurso se convirtiera en el centro del debate. Scott Adams, autor de las tiras de Dilbert, ha escrito una larga lista de artículos analizando la estrategia de comunicación exitosa detrás del personaje delirante y bufonesco que es Trump.

La avalancha de análisis de estas últimas semanas son resultado del Partido Republicano entrando en pánico y la desesperada necesidad de comprender la fórmula del éxito de Trump. La lista de candidatos republicanos se ha reducido pero quedan en liza dos candidatos con entidad como Ted Cruz y Marco Rubio que están logrando que el voto del elector republicano “tradicional” se divida, facilitando las victorias de Trump. Una posible victoria de Donald Trump y Hillary Clinton en las primarias obligaría a muchos republicanos a aceptar a la segunda como el mal menor, tal como ya ha asumido Max Boot. Es difícil imaginar que gane las elecciones presidenciales frente a Hillary Clinton, pero sería entre divertido y terrorífico imaginar el mundo con el presidente Trump.

Tortura

John Oliver es un humorista británico que se hizo popular en Estados Unidos como colaborador en el Daily Show with John Stewart. En el programa explotó la viz cómica de su acento británico, como en aquel sketch sobre Oriente Medio que comenté aquí. Fue elegido para presentar el programa cuando Jon Stewart se fue un verano a rodar una película a Jordania y superó con creces el reto. Ahora presenta el suyo propio, Last Week Tonight en el canal HBO. Aborda todas las semanas una cuestión social que desmenuza aplicándole sentido común y del humor. Hace poco habló de la publicación del informe sobre torturas publicado por el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense.

El informe confirma algo que ya sabíamos por Ali H. Soufan, que aficionados aplicaron torturas a miembros de Al Qaeda sin obtener información veraz alguna. El asunto me ha hecho pensar sobre una conversación que tuve hace poco con un amigo sobre la Nueva Guerra Fría. Tras mi explicación, me comentó que al fin y al cabo teníamos dos bloques moralmente equivalentes ya que estaban movidos en última instancia por intereses particulares. Yo creo que hay de hecho una diferencia a pesar de las atrocidades que pueda cometer Estados Unidos. Y es que al menos en el bloque occidental hay una conciencia crítica y libertad de expresión.

Pensemos en la hipocresía que significó la indignación de las opiniones públicas árabes por el escándalo de los abusos cometidos de la prisión Abu Ghraib. Si llegamos a conocerlos fue porque había una investigación oficial en marcha y una prensa capaz de cuesionar el poder que dio a conocer el escándalo. Las torturas son sistemáticas y extensivas en las prisiones de los países árabes pero rara vez es tema que provoque movilizaciones. Véase si no, la indiferencia generalizada antes las revelaciones hechas por la fuente denominada “César” de las barbaridades que suceden en la Siria de Bashar Al Assad, el mismo al que apoya el Partido Comunista de España en Madrid.

Lecciones de la antigua Yugoslavia para España (y Cataluña)

Allá por los años noventa las guerras en la antigua Yugoslavia pusieron de moda el “nacionalismo” como tema. Se organizaban conferencias, congresos y charlas que trataban el nacionalismo como “amenaza” y “problema”. Hablar de nacionalismo en España ha sido siempre, claro está, hablar de los nacionalismos vasco y catalán. El nacionalismo español, como todo el mundo sabe, no existe. Es como el acento madrileño, que resulta evidente para todo el mundo menos para los madrileños.

Estaba estos días releyendo cierto capítulo de La Trampa Balcánica del inefable profesor Veiga y me topé con este párrafo:

Lo paradójico del caso es que los eslovenos se presentaron como yugoslavistas -en su defensa de los mineros albaneses se llegó a decir: “Yugoslavia se defiende en Trepča“- mientras que los serbios fueron retratados como los dinamiteros de la federación. Lo evidente era que a esas alturas, la postura de los eslovenos era claramente secesionista: alegaban que no deseaban continuar en una hipotética Serbioeslavia controlada por Milošević.

Hablé de esa misma idea hace ya muchos años en una entrada similar a esta, en mayo de 2005. Volví a insistir el año pasado. La narrativa del nacionalismo español sobre cómo Yugoslavia saltó por los aires es incomplenta y engañosa. No se trató sólo de las aspiraciones eslovenas, atraídas por los cantos de sirena de la Unión Europea, sino de cómo el nacionalismo serbio hizo inviable una Yugoslavia plural. A ello contribuyeron no sólo los líderes serbios, sino el ambiente creado por medios de comunicación e intelectuales. En términos españoles, el secesionismo esloveno fue alimentado por los federicosjimenezlosantos, alfonsomerlos e intereconomías de Serbia que actuaron de bomberos pirómanos. Y en España, desgraciadamente, no faltan de esos, que sueñan con los Leopard avanzando por la Diagonal.

Ya sabemos cómo terminó la historia en Yugoslavia. Pero tiene un colorario interesante. Hoy Eslovenia está en crisis, como España. Carlos González Villa hace balance en uno y dos artículos publicados por Eurasian Hub:

Aunque Eslovenia ocupaba una posición central en la estructura económica yugoslava y siguió actuando como uno de los principales actores económicos en la región tras la disolución del país, su posición en relación a la economía europea era la de periferia sujeta a los términos comerciales de los países más poderosos.

En la misma línea se expresa Jože Mencinger en una cita que recoge en la segunda parte:

En Yugoslavia éramos relativamente fuertes, pero no en Europa. Económicamente, está claro que perdimos todos los atributos que hacen de un país una entidad económica: no tenemos dinero, casi no tenemos política fiscal, no tenemos nuestro propio sistema económico y tampoco tenemos fronteras.

Aquí en España se debate y contradebate sobre si una Cataluña independiente quedaría dentro o fuera de la Unión Europea en función de no sé qué artículo o acuerdo. Tonterías. Lo que importará será lo que diga Berlín y París. Y tengo la sospecha de que a Alemania le resultará más fácil imponer sus intereses en una Unión Europea de países con poco peso demográfico.

Snowden en los paraísos de la privacidad

El culebrón Snowden tiene para mí tintes cómicos. En primer lugar despertamos un día conociendo que el gobierno de los Estados Unidos vigilaba servicios privativos de Internet en los que los usuarios ponen confianza ciega. No deja de ser incomprensible la sorpresa de la gente. Jose Alcántara, el autor de La Sociedad de Control, hizo la presentación de su libro hace ya más de cuatro años. Así que no dejo de tener la sensación de que es un tema viejuno en el que una sana desconfianza ha resultado correcta. Pero a partir de ahí la historia se vuelve esperpéntica.

Snowden huyó a Hong Kong, territorio autónomo de soberanía china. Oh, China. El país del Gran Firewall y la extendida censura de Internet. De allí partió a Rusia, otro gran país en el terreno de la privacidad en Internet que emplea Deep Packet Inspection en nombre de la defensa de la juventud rusa frente a las malas influencias de Internet (pornografía infantil, uso de drogas, promoción del suicidio, etc.) y en donde todos los proveedores de servicios de Internet deben permitir al gobierno instalar sistemas de escucha de su tráfico. Es decir, Snowden se refugió en un auténtico “paraíso” de la privacidad en Internet. Luego amagó con refugiarse en Venezuela, país que le ofreció “asilo humanitario”. El mismo país donde medios progubernamentales airean conversaciones telefónicas privadas de miembros de la oposición.

Hay algo terriblemente ridículo en ver a gente aplaudir la acogida de regímenes poco democráticos, donde la privacidad de las comunicaciones es un chiste, a Edward Snowden. Más allá, claro, de la relevancia de lo que ha descubierto.

[Actualización: David ha encontrado una página web que ofrece un listado de servicios y aplicaciones alternativas a las que se sabe que ofrecía acceso al sistema de vigilancia PRISM]