Veinticinco días en Bogotá (y V)

[Quinta y última entrega de nuestro enviado especial en Colombia, Gonzalo Martín]

Esperanza y futuro

Camino de mi oficina cada mañana encuentro policía militar con armas largas apostadas en las calles. Se dice que personas importantes residen cerca de estos destinos. Un compañero colombiano me señala desde lo alto de nuestra terraza con el dedo las esquinas donde estaban apostados destacamentos militares para proteger el tránsito. Hoy no están, y los monstruosos atascos son tan normales como los de cualquier otra urbe del mundo.

Una joven funcionaria del Ministerio de Exteriores, partícipe del pesimismo generalizado sobre el proceso de paz y muy bien informada sobre el país, me indicaba la falta de control histórico del gobierno sobre todo lo que no fueran grandes ciudades. Las carreteras y zonas campesinas serían de control guerrillero o paramilitar. O lo han sido. Lo cierto es que, cualquiera que sea la razón, las infraestructuras de transporte del país se quedan cortas para la expansión que tiene.

Lo que en avión lleva media o una hora, por carretera puede no ser menos de diez o doce horas. En Bogotá se lleva hablando de construir metro desde hace décadas. Los autobuses son privados, sus conductores están al parecer incentivados para sumar pasajeros en perjuicio de la eficiencia y seguridad del servicio y sólo ahora parece intentar lograrse una especie de bono-transporte que solucione las conexiones.

Mientras, la élite empresarial educada en sofisticadas escuelas de negocios no quiere moverse por sueldos menores a seis mil euros mensuales en una ciudad donde un taxi raramente cuesta más de cuatro euros. O donde fuera de las zonas más caras se consiguen alquileres de buenas viviendas por cuatrocientos y quinientos euros. El dinero extranjero y la presencia de ejecutivos internacionales es constante. En este país cafetero, Starbucks acaba de anunciar su presencia en el país y todos temen por los establecimientos Juan Valdez. Los empresarios de las compañías de internet españolas aparecen por doquier. Las inversiones chilenas se esparcen. El petróleo y la minería marchan boyantes. Aunque genera conflictos como el de la agricultura, se espera mucho de los tratados de libre comercio, a pesar de la oposición interna. Una consultora internacional me habla de los empresarios venezolanos que se trasladan con todo a Colombia huyendo del chavismo.

No puede dejar de pensarse en qué sucederá si el proceso de paz termina con décadas de guerra civil no declarada: expectativas de tranquilidad y reducción del ingente presupuesto militar deberían seguir empujando una economía que no parece verse tan amenazada por el anunciado declive de la inversión en economías emergentes. En realidad, queda mucho por hacer en un país que tiene una élite bien formada y muy al tanto de las prácticas internacionales. Es decir, que no responde, pese a la presencia de rasgos típicos de los problemas latinoamericanos habituales al tópico de lo bananero en absoluto: con una población de cuarenta y tantos millones resulta un espacio de referencia al lado del gigante brasileño y la perpetua inestabilidad venezolana.

One thought on “Veinticinco días en Bogotá (y V)

  1. Las infraestructuras viarias colombianas son malas porque no tienen suficiente dinero para hacerlas buenas. Yo fui de Armenia a Cali y luego di un par de “paseos” cerca de Cali, como hasta el lago Tolima. Y se veían carreteras en nueva construcción o muy recientes. Y se veía que se estaban haciendo mal. Por pretender hacerlo barato, les va a salir caro. Pero es lo que hay, de donde no hay no se puede sacar.
    Por otra parte los esfuerzos para controlas las zonas rurales han ido dando sus frutos y son una de las cosas que más agradecen los colombianos a Uribe. Y es que en el alma colombiana está lo rural.

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