Veinticinco días en Bogotá (IV)

[Cuarta entrega de nuestro enviado especial en Colombia, Gonzalo Martín]

La inseguridad como narrativa constante

La noche de mi primera llegada a Bogotá mataron a un agente de la DEA norteamericana al salir del Parque de la Calle 93, una zona de ocio y alto prestigio en la ciudad. Se subió a un taxi e inició lo que se conoce como el paseo millonario: recorrer los cajeros bajo amenaza y vaciar todo lo que las tarjetas de crédito pueden dar de sí. Dado que cuatrocientos euros es el equivalente aproximado a un millón de pesos, se comprenderá lo acertado de la denominación. Al parecer, el norteamericano se resistió y fue asesinado. Las cámaras de vídeo registraron la recogida del pasajero y los delincuentes (el taxista suele formar parte del proceso) detenidos en menos de 48 horas. Las autoridades norteamericanas no tardaron nada en solicitar la extradición de los nacionales implicados en el asesinato del agente.

El caso del agente de la DEA generó una extensa polémica (seguramente, la enésima) sobre la seguridad de Bogotá y de los taxis en particular. Un colombiano-español que ha vivido más tiempo en Madrid que en Colombia (y con la fuerza con que suena el acento madrileño entre los acentos latinoamericanos) me dice que no conoce a nadie al que no le haya pasado algo. Otro español residente aquí por negocios proclama en voz alta su temor y la sutileza de la delincuencia organizada: te pueden, me dice, estar siguiendo varios días para darte el golpe. Se cuentan anécdotas acerca de cómo es el propio cajero del banco el que avisa a los criminales para que te atraquen a la salida del establecimiento. Se asegura que para trasladar dos millones de pesos (ochocientos euros al cambio) se ha llegado a llamar a un furgón de seguridad.

Sin embargo, la sensación del turista es de mucha más tranquilidad que la de los relatos. Se puede sacar dinero de los cajeros a a la luz del día con normalidad. Incluso por la noche, aunque no dejes de mirar dónde estás. Sales a correr por los parques de los barrios altos y no esperas que tu reloj o movil sean sustraídos. Tiendes a cumplir las reglas que te dicen para tomar taxis: por la noche, siempre pedidos por teléfono. En las zonas de ocio, unos agentes toman datos de la matrícula del taxi.  Tanto por teléfono como por aplicaciones para móviles hay un código que se debe dar al conductor y asegurar quién fue quien te transportó.

Hay gente que emplea las redes sociales para decir en qué taxi va. Estas precauciones (la licencia con foto que lleva el taxi, que te sugieren que compruebes que coincide con su cara, aunque al parecer se falsifican, es una de ellas) se unen a la de evitar taxis grandes: en realidad, taxis con maleteros anchos, muy infrecuentes ante la abundancia de pequeños vehículos que tienen el tamaño – pero no el confort – de un mini de cuatro puertas. Dado que no da para maletero, se evita el asalto de una persona oculta que accede armado desde la parte trasera del vehículo.

Los controles de acceso a los edificios de oficinas son prolijos. Se ha de dejar un documento a cambio de una tarjeta para las puertas. En muchos se toma fotografía y huella dactilar del índice derecho. Ha de servir para que se liberan los tornos de acceso que se hacen presionando con el dedo. Pero cuando presionas al protocolo, las cosas pueden empezar a dejar de ser tan germánicas: mi huella, y no parece ser la única, parece que no es recogida bien por estos programas informáticos y se resiste a darme el acceso. Terminan por abrirme la puerta sin más. En otros edificios, me abren la puerta cada vez por un sitio diferente y se rompe siempre la trazabilidad del acceso y la salida.

[Continuará]