Veinticinco días en Bogotá (I)

[Primera entrega de nuestro enviado especial en Colombia, Gonzalo Martín]

Decía el gran Henrique Cymerman que “pobrecitos enviados especiales” a quienes le entrevistaban sobre el conflicto árabe-israelí. Con ello quería expresar la dificultad de comprender un enfrentamiento tan enredado, complejo y extenso como el de Oriente Medio y la casi segura certeza de dejarse llevar por cualquier opinión ante una realidad tan poliédrica en unas semanas de visita y por mucha lectura que se acumule. Algo que puede comprobarse en algunas entradas de Guerras Posmodernas.

Es por ello que conviene redactar el recorrido de veinticinco días en Bogotá con unas fuertes dosis de advertencia y cuidado con los verbos y adjetivos: sólo puede aspirarse a presentar un espejo imperfecto de las opiniones recibidas, a ser posible lo más desnuda de interpretaciones, sólo confesar las conjeturas. El encargo consiste en transmitir las impresiones que, sobre el terreno, tiene un observador más o menos cuidadoso de lo que sucede en Colombia.

Tomé el hábito de hacer la misma pregunta a todas las personas con las que entablaba una conversación suficientemente larga y cordial: ¿qué sucederá con el proceso de paz?. Las respuestas tienen el sesgo inevitable de alimentarse únicamente de los círculos en los que se mueve un profesional que visita por negocios: lo que va de la calle 72 hasta más allá de la 120 de Bogotá, el opulento norte de la ciudad, espacios de barrios dónde me hablan de su tendencia a ser autosuficientes (es decir, dotados de todos los recursos para poder vivir caminando, tanto para llegar al trabajo como para el ocio y las compras) por razones de seguridad y, probablemente, por el tráfico agobiante de la capital de Colombia.

Pesimismo

La mayoría de los interrogados eran pesimistas. En primer lugar, por experiencias pasadas. No es la primera vez que se intenta. El sentimiento más común era la desconfianza sobre las intenciones de la guerrilla. Jugarían, según este punto de vista, con las buenas intenciones del gobierno Santos para extender la ilusión hasta cerca de la fecha de las elecciones (el año próximo) en donde se tensaría la cuerda y se romperían las negociaciones para provocar la derrota política y social del Presidente.

Conocí a la hija de un general que me trasladó una reflexión común de los puntos de vista que aparecen en la prensa. El general estaba destinado a dar apoyo al equipo negociador de la República en La Habana. Su explicación sobre la visión de su padre era la de un militar profesional que deja de lado sus opiniones personales para cumplir, a su pesar, con su deber. Sus sentimientos eran de repugnancia ante la negociación con un grupo terrorista al que desde luego no se percibe con una épica revolucionaria, sino puramente criminal. El pesimismo generalizado de este punto de vista llama la atención de que sólo se negocia con las FARC, quedando la guerrilla del Sur fuera de este proceso y, por tanto, la opción clara de que la guerra no termine.

La lectura de helicóptero de la prensa y de los nuevos medios digitales (interesantísimo seguir La Silla Vacía, relevante su posicionamiento de periodismo realista y humilde) conduce a llevarse la impresión de un proceso estructurado parecido en sus fases y agenda a lo que conocemos de los enfoques intentados en España en el proceso de paz de ETA, o el irlandés, paralelismos empleados en toda la tendencia actual de resolución de conflictos por la vía de la negociación: las tensiones sobre al alcance de la negociación (es decir, limitarse a negociar la salida militar y evitar o no pagar un precio político que fuera un premio al lado insurgente en el conflicto), qué hacer con los delitos pendientes y cómo deben ser tratados por la justicia, qué hacer con los guerrilleros retirados y con el armamento, cómo legitimar la futura participación electoral e institucional de lo que, hasta ayer, sería un grupo armado que ampara el cultivo y tráfico de droga para financiarse, ha perpetrado largos y crueles secuestros, ha asesinado y disparado por doquier en nombre de su causa. Igualmente, cómo garantizar la dignidad de las víctimas, especialmente ante la posible exoneración judicial de las causas en las que se ven envueltos guerrilleros. También los daños creados por la acción militar gubernamental (el Gobierno Santos ya he ha hecho actos de reconocimiento). Igualmente, las FARC se disculpan por sus víctimas. Con lo que finalmente tenemos esa cuestión pendiente de este tipo de procesos: si se produce la reconciliación.

Optimismo

La lectura de los medios informativos ofrece al espectador recién llegado síntomas de que no todo es un viaje al fracaso. Noticias de guerrilleros que se entregan sin más. Con declaraciones acerca de sus deseos de tener una vida normal, aprender un oficio e integrarse en la cotidianeidad. La incorporación del ELN, la guerrilla sur fuera del proceso, es algo que parece perseguido por todos.

En segundo lugar, la sensación de que las negociaciones son difíciles, pero que lo son porque se discute, digámoslo así, en serio y con su escenario: el Gobierno anuncia que someterá a referendo el posible acuerdo (¿sabe ya si tiene un acuerdo?) el mismo día que las elecciones futuras (¿esperando que refuerce la posible reelección de Santos?) para lo que necesita cambiar una legislación que tiene dudas constitucionales (¿normal que consiga el respaldo institucional tan rápido?). Ante el anuncio, las FARC deciden suspender la negociación (pero lo que realmente anuncian es que van a reflexionar sobre ello) argumentando que eso impide considerar el alcance político reclamado por su parte: desean una nueva Constitución y el reconocimiento de su agenda de cambio político para estructurar un nuevo tipo de participación política.

Pero, a pesar de lo dramático de la retirada y las palabras empleadas, se dan un tiempo muy corto y pasado un fin de semana vuelven a la mesa. Por su parte, el gobierno da la sensación de hacerse el fuerte anunciando el retiro de su delegación para consultas, retiro que tiene la misma brevedad que el guerrillero: es inevitable tener la sensación de que todo parece pactado y que las dos partes han escenificado una obra de teatro para contentar a sus bases y demostrar que no hay concesiones sobre asuntos irrenunciables. Algún día se sabrá.

Ceno con un profesor universitario de periodismo. Izquierdista, dicho como un reduccionismo estúpido sobre las visiones de las personas, me muestra su escepticismo sobre el proceso, pero él ve la botella medio llena. Para él hay un cambio de contexto y atribuye al uribismo (las agresivas y dramáticas posiciones contrarias a la negociación del ex presidente Álvaro Uribe y sus grupos de apoyo) un mérito probablemente no intencionado: el cambio de lenguaje. Los grupos paramilatares ya no son paramilitares, sino “bandas criminales”. Colombia ya no es el símbolo mundial del narcotráfico, sino que ese sambenito en el discurso internacional se lo ha quedado México. El cambio de lenguaje tendría, sin embargo, como rasgo subyacente el que la realidad no se ha transformado excesivamente más allá de sus denominaciones.

[Continuará]