Flowers are gone

Me había preparado para un fin de semana de “chaparrones” y “tormentas” según la información del Weather Channel suministrada por Yahoo!, y confirmada por el Real Instituto Meteorológico de Holanda. ¿Qué encontré? Un sol cegador que me obligó a quitarme todo el abrigo so pena de morir deshidratado.

No sabía cuánto duraba el trayecto en tren entre Eindhoven y Amsterdam. Calculé unas dos horas, así que quedé a las doce en la estación central con mi anfitriona. Me vi a eso de las 11:20 saliendo por la puerta de la estación. ¿Qué hacer en aquellos cuarenta minutos? Fui hacia Dam, la plaza del palacion real, en busca de una calle donde había una librería británica de varias plantas. Hacía cuatro años que no pisaba Amsterdam y no sabía por dónde quedaba. No sé cómo ni por qué di con la calle a la primera. Y llegué a Waterstones. Subí a toda prisa hasta la última planta donde están los libros de temas militares. Guests of the Ayatollah de Mark Bowden de Mark Bowden y The Utility of Force de Sir Rupert Smith, ¡a la saca! Salí de allí pronto para evitar la tentación de cargar un carrito de supermercado y volver a tiempo a la estación.

El viernes había cenado una manzana y el viernes había desayunado una chocolatina Mars. Me ahorraré los detalles de la euforia que me produjeron dos jarras de medio litro de witbier . Dediqué el resto de la tarde a charlar y pasear por el centro de Amsterdam. El cansancio de la semana pasó factura y la retirada fue temprana. Pero antes hubo tiempo para una última cerveza frente a un enorme canal donde entrenaban palistas.

El sábado amaneció fresco y algo nublado. El propósito del viaje era escapar de la rutina y pasar un buen fin de semana, pero dada la fecha del año pensé que sería una buena oportunidad para huir del centro de Amsterdam que ya había conocido en el verano de 2003 y ver campos de flores. Así que nos dirigimos a Haarlem, ciudad a partir de la que empiezan los campos de flores que alcanzan hasta Leiden.

Paseamos por Haarlem, una ciudad pequeña y coqueta como de postal. Como toda Holanda. Tuvimos tiempo de dar vueltas sin rumbo fijo por sus callejuelas llenas de tiendas elegantes, descubrir una ruta jacobea, comprar galletas holandesas en un mercadillo de flores y coincidir una boda pija en el ayuntamiento del siglo XVII. Pero, ¿los campos de flores? Caían algunas gotas y la idea no parecía tentadora. De vuelta a la estación de tren, que como en el caso de Eindhoven se desdoblaba en estación de autobuses, vimos un autobús que arrancaba motores rumbo a Leiden. María José, mi anfitriona y mucho más decidida que yo, se lanzó a la carrera ignorando los peligros de atravesar la explanada de una estación de autobuses mientra yo me echaba las manos a la cabeza. “Pa’ habennos matao” pensé mientras ella salía del autobús. “Flowers are gone”, dijo el conductor. “Next year”.

Las batallitas de mis viajes, como decía aquella amiga sobre las fotos, son algo demasiado personal para que le interese a alguien más que quien las ha vivido. Yo simplemente siento revivir con cada viaje. Algún día tendré que hablar de mis razones para el exilio y por qué una parte de Europa que no se parece nada a España me parece mi destino obvio.

One thought on “Flowers are gone

  1. Muy buenas

    ¡Qué post más bonito!

    Por cierto me reconozco en una vivencia del Post

    Llegar a una ciudad, ir directo a la librería, pasar allí horas, en mi caso, ¡y qué streses!, que mal rato se pasa, pensando en cuales libros compras y cuales dejas, en función de la pasta que puedes gastar y del peso que puedes llevar de vuelta, toda un tortura….

    Saludos

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