Un largo camino hasta Amsterdam

Ayer al hablar de las fotos del viaje que he colgado en Flickr una amiga me ha dicho algo así como “Asúmelo. Por muy buenas que sean las fotos, no dejan de ser fotos de un viaje. No le interesan a nadie más que a ti”. Me quedé pensando y caí en la cuenta que ciertamente las fotos por sí mismas no dicen nada. No cuentan una historia. Son sólo imágenes congeladas de cosas que vi. Quizás el siguiente paso, tras pasar de fotos anodinas de turista a la búsqueda del preciosismo de las postales, sea hacer fotos que cuenten una historia. Mientras tanto no me privaré de contar mis batallitas porque puede que sean irrelevantes para la mayoría de mis lectores fijos o casuales, pero Google inevitablemente pondrá en la pista de mi blog a quienes encuentren útil lo que paso a contar.

Me fui el viernes de madrugada rumbo a Holanda con Ryanair. El avión sale a las 6:30 de la mañana de la Terminal 1 de Barajas. Quien vea en un vuelo de 20 euros (!!!) un chollo ha de tener en cuenta que hay que añadir el precio del taxi si no tiene a un alma caritativa a mano que le lleve al aeropuerto. La paradoja es que viajas a Holanda pagando más por el taxi hasta el aeropuerto que por el billete de avión. Porque esos 20 euros incluyen tasas e impuestos sin trampa ni cartón. También hay que tener en cuenta que Ryanair viaja a Eindhoven, que no son precisamente las “afueras de Amsterdam”. Pero de eso hablaré luego.

Una de las cosas curiosas de volar con Ryanair es que en ambos trayectos anunciaron que habíamos llegado al destino veinte minutos antes de la hora prevista. ¿Cómo se obró el milagro? Tengo la sospecha que las anunciadas dos horas de vuelo entre Madrid y Eindhoven están infladas para que la compañía pueda jugar con margen en sus operaciones. En cualquier caso, ¿alguien recuerda haber volado con Iberia y llegar antes de lo previsto?

Así que a las nueve de la mañana del viernes estaba yo en la puerta de la terminal del aeropuerto de Eindhoven. Seguí el cartel y a mano derecha encontré la parada de autobús. El billete había que comprarlo en una máquina que resultó un misterio insondable para los turistas españoles que fueron llegando poco a poco. En la máquina aparecía un esquema de las paradas. La última era NS Station, que por lógica tenía que ser la estación de trenes. El último tramo de la línea estaba en color azul. Así que finalmente me atreví con la máquina. Entre las opciones de rojo, amarillo y azul elegí la opción azul. “Voll Tarief” me sonaba a “tarifa completa” y la tercera opción era algo parecido a “corriente”. Dinero “corriente” tenía que ser efectivo. Así que tras tres pulsaciones de botón e insertar monedas (3 euros y pico) salió un billete. Me vi explicando mi descubrimiento a varios españoles. “Qué suerte haberte encontrado. Cómo se nota que has venido mucho por aquí” me dijo una chica sin tiempo a replicarle que era mi primera vez en Eindhoven.

El paseo de más de quinientas pesetas nos llevó efectivamente a la estación central en cosa de quince minutos. La estación de trenes Eindhoven hacía las veces de estación de autobuses. Me habían avisado que había una ruta hasta Amsterdam pero se corría el riesgo de quedar atrapado en un atasco que alargara el viaje hasta las tres horas. Así que opté por el tren.

Las máquinas de billetes sólo admitían monedas y tarjetas de débito locales, así que me tocó hacer cola en la oficina. Como no tenía ni idea de mis planes de vuelta opté por comprar sólo billete de ida que me costó casi 17 euros. A las 10:02 salió mi tren para Amsterdam. Llevaba ya seis horas y cuarto despierto. Y sentí una emoción ya casi olvidada de viajar solo, moviéndome en un país extraño con mi mochila al hombro y el mundo por delante.