“Los Vulcanos” de James Mann

Los Vulcanos. El gabinete de guerra de Bush de James Mann.
Almed, Granada. 2007.

“Los Vulcanos” es el nombre que se adjudicaron a sí mismos los miembros del grupo que asesoró en política exterior al candidato republicano George W. Bush en las elecciones estadounidenses del año 2000. Aunque muchos fueran unos perfectos desconocidos para el público español en aquel entonces, todos tenían unas dilatadas carreras en Washington. Algunos, como Donald Rumsfeld, habían empezado su carrera política en los tiempos del presidente Nixon. James Mann relata el origen de todos ellos (Cheney, Powell, Rumsfeld, Rice, Wolfowitz y Armitage), su ascenso peldaño a peldaño desde los puestos más bajos y su evolución intelectual hasta la invasión de Iraq.

Compré el libro porque me intrigaba la absurda decisión de la primera administración Bush de invadir Iraq como respuesta al 11-S. Una decisión que costó a Estados Unidos 800 mil millones de dólares, 4.475 muertos y 32.221 heridos, pero que sobre todo desvió recursos y energías de la guerra de Afganistán. En el libro, la guerra de Iraq ocupa pocas páginas al final. Pero la experiencia personal y el recorrido intelectual de los protagonistas ayuda a explicarla.

“Los Vulcanos” quedaron profundamente marcados por la experiencia de la Guerra Fría y sus años posteriores. Condolezza Rice, por ejemplo, era una experta en armamento nuclear soviético. Así que entendían las amenazas de Estados Unidos desde una perspectiva estatocéntrica. Sus preocupaciones estratégicas se centraban en el futuro peer competitor de Estados Unidos tras la Unión Soviética, fuera una Rusia renacida o una China emergente. El desplome de la Unión Soviética y la condición de Estados Unidos como solitaria hiperpotencia durante el gobierno de George Bush (padre) les dio una percepción de ominipotencia que les llevaría a creer en su capacidad de reconfigurar Oriente Medio de una vez para siempre cuando diez años después se vieron en posiciones de poder. Lo que Michael Scheuer llamaría “hubris imperial”.

El 11-S les sorprendió a todos pero pronto establecieron su personal análisis dentro de su zona de confort. ¿Qué clase de atentado podía superar al 11-S? Uno que empleara armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas o químicas). ¿Quiénes producían tales armas? Estados. Así nació el amorfo Eje del Mal, una réplica barata del Imperio del Mal que bautizó Ronald Reagan. Así que, como respuesta a un ataque perpetrado en suelo estadounidense por una red terrorista transnacional cuyos miembros se habían movido durante los preparativos por Alemania, España y Afganistán, los Vulcanos decidieron invadir Iraq.

Los libros de enero

Libros de enero

Este año, ante la amenaza de que los Reyes Magos metieran la pata hasta el fondo con una corbata o una colonia, compuse una lista de libros que han engrosado las entradas en mi biblioteca el mes pasado.

En primer lugar, todos los libros sobre Turquía que encontré en español y que han ido a la estantería a esperar el tiempo suficiente para atender todo lo relacionado con ese país.
Turquía, un país entre dos mundos de Adrián Mac Liman y Sara Núñez de Prado y Clavell (2004).
Turquia, la apuesta por Europa de Carmen Rodríguez López (2007).
El Islam en la Turquía actual de Thierry Zarcone (2005).
Turquía, entre Occidente y el Islam de Glòria Rubiol (2010).

Como un plus a Turquía también pedí Sufismo de Carlos Gómez Bárcena. El resto es mi habitual batiburrillo de temas:

Estudios saharianos de Julio Caro Baroja. Una edición facsímil de la original de la obra fundamental para entender el antiguo Sáhara español (y alrededores).

Territorios en resistencia: cartografía política de las periferias urbanas latinoamericanas de Raúl Zibechi. Otro libro para añadir a la colección que voy acumulando de un tema pendiente: La geopolítica urbana.

Iran: The Nuclear Challenge de varios autores del Council for Foreign Relations. Otro libro más sobre la cuestión nuclear iraní.

libros de enero

Los Vulcanos, el gabinente de guerra de Bush de James Mann. Un libro sobre la camarilla de neoconsevadores que forjó la política exterior de Georg W. Bush y se creyó capaz de reconstruir Oriente Medio de una vez por todas.

How to break a terrorist de Matthew Alexander y John R. Bruning. Después de ver Dark Zero Thirty me entró curiosidad sobre el asunto de la tortura. El principal autor fue interrogador en Iraq y defiende la mayor efectividad de las técnicas no agresivas.

Killer elite de Michael Smith. Un libro que cuenta el nacimiento, evolución y misiones de la unidad de inteligencia táctica más secreta y esquiva de Estados Unidos.

Cyber Silhouettes de Timothy L. Thomas. Un libro sobre ciberugerra y operaciones de información de uno de los experto en ciberguerra más interesantes y subestimado.

Iran, the looming crisis de Emanuele Ottolenghi. No hace falta dar más explicaciones. Irán nuclear, otra vez.

Robert Kaplan y los imperios ibéricos

Hay un asunto que olvidé mencionar en mi reseña de Empire Wilderness de Robert D. Kaplan, el tratamiento que da a la exploración y conquista española del norte de América.

Kaplan habla de los españoles a su llegada al nuevo continente de la misma manera que hizo de los portugueses y su expansión en el Océano Índico en Monsoon. Los españoles aparecen como unos fanáticos católicos ebrios de sangre y codicia que ajenos al espíritu del Renacimiento llegaron al actual territorio de Estados Unidos sólo pensando en encontrar El Dorado. Kaplan pone como ejemplo el relato desapasionado hacia el medio natural de Bernal Díez del Castillo y lo compara con la fascinación por los paisajes de norteamérica de los exploradores anglosajones más de dos siglos después. Comparar la mentalidad de hombres separados por esa distancia en el tiempo no sólo es absurdo, sino que Kaplan simplemente ignora el impulso científico de la Ilustración española bajo Carlos III y empresas como la Expedición Malaspina.

Todo quedaría en una anécdota sobre cómo los españoles aparecen como los malos en un relato histórico obra de un anglosajón, si en el resto del libro no nos encontráramos la misma clase de ausencias que en Monsoon había sobre la expansión de los británicos en el Océano Índico. Kaplan entra en todo tipo de detalles anecdóticos sobre la ferocidad de españoles y portugueses combatiendo otros pueblos. No para de recalcar la avaricia, codicia y ambición de hombres que, por todo ello, se embarcaron rumbo a lo desconocido con gran riesgo de su vida. Páginas más tardes nos cuenta tal o cual hito de un general estadounidense en las grandes praderas del actual Estados Unidos que parece llegado allí bajo la guía de la Divina Providencia para expandir la Civilización de forma altruista. Episodios como la “Fiebre del Oro” parecen una moda pintoresca y las masacres de pueblos indígenas, cuando protagonizadas por españoles y portugueses resultaban espantosas matanzas, es el inevitable resultado de la genialidad militar y tecnológica de los estadounidenses. Para averiguar sobre el futuro de Estados Unidos, Robert D. Kaplan viajó a México. Allí encuentra una sociedad mestiza pero eso no le hace conectar los puntos sobre el desigual destino de los pueblos indígenas bajo los imperios británicos y español. Al menos en Monsoon cede su voz a la de otros autores que señalaron el interés de los portugueses por estudiar a los pueblos asiáticos o como pusieron a su servicio las habilidades y conocimientos de los locales.

Así que no se trata de reivindicar un filtro rojigualda para los libros de historia, pero sí empezar a comprender como en la literatura anglosajona hay un relato subyacente y un sesgo en cierta forma racista.

España y el discreto encanto de la hidalguía

El otro día, tras unas de esas jornadas maratonianas delante del ordenador con chorrocientas pestañas del Firefox abiertas, leí un artículo publicado en Politikon.es: Pour quoi, Hollande? O a quién beneficia la intervención francesa en Mali. Me pareció francamente malo e impropio de un blog que es toda una referencia. Es lo que tienen las crisis, de pronto saltan a la actualidad y opcupan titulares. Aparecen análisis de paracaidistas que desconecen el contexto y los matices.

Me llamó la atención que no hubiera posibilidad de dejar comentarios. Pero con curiosidad por saber más sobre la autora pinché en el enlace que ofrecía Politikon y encontré esto:

Laia Balcells es politóloga. Hizo el doctorado en la Universidad de Yale y trabaja como profesora en la Universidad de Duke. Antes de irse a Duke, estuvo como investigadora en el Institut d’Anàlisi Econòmica, CSIC y dando clases en la Universitat Pompeu Fabra. Es granollerina de origen, gracienca de vocación y yankee de adopción. Vive entre los dos continentes, con lo que sufre la política comparada en carne propia.

Sucede que la profesora Balcells es especialista en conflictos armados. Supuse que era el típico caso de alguien a quien le piden que escriba sobre un tema de actualidad basándose en una relación más o menos cercana con su especialidad pero que no está familiarizada con el caso concreto. Estos días los académicos, periodistas y blogueros especializados en el Sahel están que no paran de soltar comentarios sarcásticos sobre los análisis de última hora de personas que hasta hace un mes no sabían colocar Malí en un mapa. Así que aquella noche tras actualizar FlancoSur.com me fui a la cama.

Al día siguiente me encontré que no había sido el único al que no le había gustado el artículo en cuestión. Y que ajeno al asunto, antes de que yo leyera se había desatado una pequeña trifulca. Manel Gozalbo de Hispalibertas había hecho llegar su crítica a la autora vía Twitter para encontrarse una reacción bastante infantil. En vez de centrar su defensa en los argumentos apeló al principio de la titulitis. Manel Gozalbo, recuérdenme no buscarle las cosquillas, no se achantó y sacó el sarcasmo:

Me doctoré donde a ti te enseñaron que Libia fue una colonia francesa.

Resulta que lo que yo leí fue una versión corregida donde el monumental gazapo de poner a Libia como ex-colonia francesa había desaparecido, así como cerca de 40 comentarios que fueron borrados pero aún aparecen en la caché de Bing. El asunto derivó a la profesora Balcells acusando a Manel Gozalbo de machismo y bloqueándolo en Twitter, sin que en ningún momento se prestara a defender su artículo. Para colmo, Roger Senserrich intervino con el argumento de que es “una de las 4-5 mayores expertas del mundo en conflictos civiles” y preguntádole a su interlocutor “cuántos artículos sobre conflictos civilies tienes en revistas con peer review”. El asunto se saldó con Manel Gozalbo dando su versión en Hispalibertas, Politikon haciendo desaparecer de su página el widget donde salían reflejadas las interacciones en Twitter para quitarle visibilidad al asunto y la profesora Balcells quejándose en Twitter de “la mala educació a la xarxa” además de pidiendo como condición para volver a colaborar en Politikon que sus entradas no admitan comentarios.

Todo esto asunto podríamos señalarlo como el enésimo caso de amigotes que se cubren a los otros y aplican ese principio del Credo Legionario de “con razón o y sin ella”. Podríamos hablar de la proliferación de torpes análisis sobre Malí. Pero yo me quiero quedar con la falacia del principio de autoridad. Es un viejo problema con el que he tropezado muchas veces. Y no me refiero a que evadan discutir mis argumentos para pedirme credendciales. El asunto tiene otros matices. Por ejemplo, la insistencia siempre antes de cada entrevista de que les aporte una filiación. Me hace gracia cuando me preguntan “¿pero tú sabes tanto porque eres profesor, militar o qué?”. No se les pasa por la cabeza que una persona llegue a ser experta en algo de forma autodidacta. Así que desgrano mi personal académico y profesional para que sólo entonces emitan un “aaaahhhh” y se queden tranquilas. Como si en algún momento en que he calentado una silla en la Universidad de La Laguna, la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Universitario General “Gutiérrez Mellado” alguien hubiera dedicado un minuto a hablarme de la diferencia entre un carro de combate T-55 y T-62, la historia de Al Qaeda o la doctrina rusa de ciberguerra. Al final, los títulos académicos se convierten en justificantes de lo que ya sabía antes.

Más de una vez he salido decepcionado de una conferencia y al expresar mi desaprobación por lo dicho en ella me he encontrado con una respusta palmaria: “¡Pero si el conferenciante es comodoro de la armada ruritana y diplomado de estado mayor por la escuela de guerra prusiana!”. Como si fuera tan complicado explicar que alguien puede tener unos credenciales académicos y/o profesionales pero meter mucho la pata al hablar de temas tangenciales a su conocimiento. Y por el contrario, he tenido más de una oportunidad de charlar con estadounidenses con trayectorias de relumbrón y he mantenido con ellos charlas bastantes amenas en la que nadie nunca me preguntó por mis títulos. Conozco casos, como Galrahn de Information Dissemination, invitados a dar conferencias y participar en mesas redondas organizadas por la U.S. Navy simplemente por su condición de bloguero friki. Así que sospecho que es un problema español que viene de largo, de los tiempos de capa y espada.

Carter, Reagan, Obama y los mitos de la política exterior

Una amiga me contó que, en un seminario al que había asistido, explicaron cómo el blando de Jimmy Carter cedió en todo frente al régimen de los ayatolás y tuvo que venir el duro de Ronald Reagan para poner firmes a los iraníes, que entonces entregaron a los rehenes de la embajada. Después de haber leído Guests of the Ayatollah de Mark Bowden, con sus 634 detalladas páginas, me sorprendió el descaro con el que se puede tergiversar la historia con fines partidistas. La cuestión es que Jimmy Carter intentó una solución militar a la crisis de los rehenes de la embajada en Teherán. Salió mal por un accidente resultado de una mala planificación y a las limitaciones tecnológicas de aquel entonces en una operación tan compleja. De hecho, las fuerzas armadas estadounidenses realizaron cambios y reformas después de aquel fiasco. Si la Operación “Eagle Claw” hubiera salido bien, hoy se recordaría la presidencia de Jimmy Carter en otros términos.

Operación Eagle ClawDespués del fracaso de la operación militar, las negociaciones con Irán se endurecieron. Carter tuvo que ceder en descongelar los fondos iraníes depositados en bancos estadounidenses mientras el régimen de Teherán alargaba la crisis para que su resolución tuviera lugar después del fin del mandato de Carter. Ciertamente Carter fue percibido por el electorado como un presidente débil y titubeante. Pero eso no corresponde con el perfil personal de alguien que fue oficial de la U.S. Navy y corrió riesgos personales en los trabajos de limpieza de un reactor nuclear experimental accidentado. Pero sobre todo, Jimmy Carter fue el presidente que tomó acciones agresivas como el envío de ayuda a los insurgentes afganos meses antes de la invasión soviética.

Cuando el presidente Ronald Reagan asumió la presidencia se encontró con la crisis de los rehenes resuelta. Pero lo tocó vivir su propia crisis de rehenes en el Líbano. ¿Cómo trató de resolverla el duro Reagan? Pagando. Aprobó un primer pago de 200.000 dólares para tratar de lograr la liberación de David Jacobsen (director del Hospital Universitario Americano) y William Francis Buckley (jefe de la CIA en Beirut). El dinero se entregó y no sucedió nada. La liberación de seis rehenes en el Líbano llevó al plan de vender clandestinamente misiles anticarro TOW y misiles antiaéreos HAWK a Irán, con la colaboración de Israel, para lograr que las autoridades de Teherán intercedieran ante los grupos libaneses. Cuando la operación se puso en marcha los beneficios comerciales se destinaron a financiar la “Contra” nicaragüense. La ruta aérea de suministros a la “Contra” se convirtió en vía de entrada de la cocaína colombiana, algo que la CIA consintió como un mal menor. Todo ello, hay que recordar, mientras Estados Unidos apoyaba a Iraq en su guerra contra Irán (lo que incluyó la venta de tecnología para armas bacteriológicas). El gobierno de los Estados Unidos terminó por ofrecer información sobre las fuerzas iraquíes a Irán como gesto de “buena voluntad” mientras ofrecía información sobre las fuerzas iraníes al régimen de Saddam Hussein.

Rumsfedl recibido por Saddam Hussein en Bagdad

Rumsfedl recibido por Saddam Hussein en Bagdad

El conocimiento del presidente Reagan en todo esta enorme trama es materia de debate. Y atraviesa el relato de Bob Woodward en un libro muy interesante sobre aquel período: Veil: The Secret Wars of the CIA, 1981-1987. Sea como fuera, o Reagan la autorizó o permitió que la CIA jugara por libre. Su lista de hazañas es corta. Ordenó invadir una isla, Granada, que tiene la mitad de tamaño que la isla de La Palma. Reagan se implicó en la guerra civil libanesa y salió escaldado: Atentados terroristas, secuestros y el fiasco de los bombardeos aéreos de castigo en torno a Beirut. Por eso es tan divertido ver a Chuck Norris en Delta Force. Es un psicodrama dirigido al público estadounidense.

Reagan ordenó atacar Libia (un país de 3 millones de habitantes) tras un atentado en Berlín y ordenó apoyar a los muyahidines afganos para frentar el expansionismo soviético cuando la realidad es que Moscú sólo pretendía estabilizar Asia Central pero la crisis afgana se le escapó de las manos. Su gran logro en política exterior, el fin de la Guerra Fría, se debió a la debilidad interna de la Unión Soviética que terminó provocando su colapso. Fue proteccionista en lo económico y la expansión del gasto militar fue en la práctica un paquete de estímulo keynesiano (Chrysler Corporation se salvó de la bancarrota gracias al desarrollo del carro de combate M-1 Abrams).

Reagan cabalgando un VelociraptorCómo un presidente así se convirtió en el gran mito de la derecha, un icono para ciertos liberales españoles, es uno de esos grandes misterios de la propaganda política que se me escapan. Pero si estos fenómenos pueden parecer cosas del pasado, sólo basta repasar los comentarios sobre la política exterior del presidente Obama antes de las elecciones presidenciales de 2012. Obama era el nuevo Jimmy Carter. El causante del ocaso del imperio estadounidense. Hasta que llegó el tercer debate con Romney. Brillante el montaje en el programa de Jon Stewart:

 

Sospecho que algún día miraremos atrás y veremos la presidencia de Obama considerando la continuidad de la prisión de Guantánamo y los ataques de drones en Pakistán, Yemen y Somalia. Lo curioso es que ya hay libros que explican el presente desde esa perspectiva: Confront and Conceal: Obama’s Secret Wars and Surprising Use of American Power y The Way of the Knife: The CIA, a Secret Army, and a War at the Ends of the Earth. Pero supongo que la creación de mitos es más potente.

Irán y un extraño déjà vu

Quedé bastante satisfecho con mi artículo “Irán y la guerra naval asimétrica”, que salió en el Tomo 261 nº1 de la Revista General de Marina en junio de 2011. Es un artículo corto, 3.000 palabras y 23 referencias bibliográficas. Pero, como se trataba del primer artículo que enviaba a una revista que publica la Armada Española desde 1877, lo redacté con esmero, con la aprensión de someterme al escrutinio de los profesionales de la guerra naval. Creo que tomé el tema, hice un repaso exhaustivo de sus diferentes vertientes (desde el contexto histórico a la geopolítica de los hidrocarburos) y logré condensarlo.

Así que año y medio después de aquel artículo, que me ganó alguna que otra felicitación, me llamó la atención positivamente que el Instituto Español de Estudios Estratégicos haya publicado el Documento de Opinión “El Estrecho de Ormuz y la estrategia de disuasión agresiva de la República Islámica de Irán”. Yo les propongo aquí un juego. Lean mi artículo de 2011 y luego lean el documento del IEEE publicado en enero de 2013, pero yendo en este último caso directamente al epígrafe 6 titulado “La guerra asimétrica y la mar”. Luego vienen por aquí y me comentan qué les parece.

“Misrata calling” de Alberto Arce

Me preguntaba Bianka si aparte de los libros del 2012 que recomendé, había otros en formato electrónico. La verdad es que los libros en formato electrónico que compré el año pasado tenían también edición en papel. Así que no hubo esa separación para mí de formatos. El problema que he encontrado es que, al reunir los libros que compro mes a mes para una foto, estoy dejando fuera los que no tengo en papel. Es algo que tendré que solucionar en 2013.

Uno de esos libros que compré en 2012 en formato electrónico y no salió en mis listas mensuales es Misrata Calling de Alberto Arce. Lo compré a finales de diciembre y lo leí de dos tirones. Se trata de uno de esos libros de guerra como a mí me gustan. Descarnados, honestos e intensos. El autor se plantó en la ciudad libia de Misrata en plena guerra civil con el dinero de una indemnización por despido cuando desde los medios españoles le habían dicho que la guerra ya no tenía interés.

Alberto Arce llegó a Misrata con Ricardo García Vilanova. Y adivinen. Su documental “Misrata, victoria o muerte” ganó el premio Rory Peck, el “Pulitzer de los freelance“. Lo que llevó a la editorial que sacó el libro de Arce a hacer la siguiente dedicatoria: “A todos los jefes de medios españoles que ignoraron y humillaron con propuestas de trabajar gratis a Alberto Arce y Ricardo García Vilanova: joderos.”

Misrata Calling cuenta la guerra tal cual. Alberto Arce cuenta todo eso que no sale en las crónicas y parece que lo hace sin autocensura. Nos cuenta sus momentos de miedo, su empatía con los jóvenes rebeldes que desborda la neutralidad profesional y también su indiferencia, desprecio o desconfianza que siente hacia personas con las que se cruza. No cae en los lugares comunes y no esconde cómo llega a disfrutar por momentos del intenso espectáculo de la guerra. Por eso su discurso resulta creíble y honesto. No pretende ser un ángel o un mesías, aunque sepa que “el bando débil depende de su imagen, de la prensa, de la representación de que ellos se haga ante quienes vayan a nutrirles de armas y fondos, de muerte y opciones de supervivencia”.

Hay dos cosas que me parece merece la pena destacar de las viviencias de Alberto Arce. La primera es la perplejidad que encuentra en los jóvenes que han dejado su vida en Europa para defender su ciudad y hablan de la guerra en términos religiosos. Su guerra es una yihad y el grito de Al·lahu-àkbar es omniprescente en el frente. Pero no entienden que nada de eso tenga que ver con Al Qaeda, el odio a Occidente y la forma política que haya de adoptar el país cuando acabe la guerra. La yihad es un asunto íntimo y personal que tiene que ver con la decencia moral y el defender a la familia.

El segundo asunto es, imagínense cómo me gotea el colmillo, la indignación de Alberto Arce ante el discurso a favor del régimen de Gadafi de parte de la izquierda europea. Él, que estaba allí con los rebeldes en primera línea, recibió insultos y ataques personales por “parte de decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y antiimperialistas […] siempre desde la comodidad de sus casas”.

La legión de monstruitos que desde Europa les hacen eco en nombre de la izquierda más prostituida, doctrinaria y sepulturera empuja las balas que matan a los rebeldes de esta azotea. […] Lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento.

Alguien algún día tendrá que hacer un tratado psiquiátrico sobre la izquierda europea y los dictadores tercermundistas de toda condición. Así que de Siria, hablamos otro día.

“Siria. Guerras, clanes, Lawrence”

Algón Editores de Granada ha repetido la fórmula de Tribus, armas y petróleo, publicado en 2011, con Siria. Guerra, clanes, Lawrence publicado el pasado noviembre de 2012 y en el que repite el trío original de autores: Jesús Gil Fuensanta, Alejandro Lorca y Ariel José James. Esta vez el prólogo corre a cargo de Rafael Estrella. Como en el libro anterior, que versaba principalmente sobre la guerra civil libia, se trata de una empresa arriesgada porque la crisis de la que habla no ha terminado. Algunas de las claves e ideas que apuntan los autores sólo se revelarán acertadas hasta que se pueda hacer balance histórico. Supongo que primaron los criterios editoriales de sacar a toda prisa un libro sobre un asunto de máxima actualidad. Sin embargo, en esta ocasión me temo que el resultado refleja demasiado esas prisas y la falta de un hilo narrativo coherente por la autoría a tres manos.

Si en Tribus, armas y petróleo encontré claves interesantes para entender un país y un régimen del que no conocía bibliografía alguna en español, aquí la sensación que me ha quedado es que el libro arroja pocas claves sobre el conflicto sirio. La presencia de “Lawrence” en el título, en alusión a T.E. Lawerence, me hizo pensar que los autores se detendrían en explicar las intrigas diplomáticas entre Francia y Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial que llevaron a la partición del Imperio Otomano a su término y el nacimiento de Siria bajo mandato francés. Es un asunto del que James Barr escribió de forma exhaustiva en Setting the Desert on Fire: T.E. Lawrence and Britain’s Secret War in Arabia, 1916-18. y en el que profundizó en A Line in the Sand: Britain, France and the Struggle That Shaped the Middle East. Pero Lawerence aparece y desaparece en el relato, sin que se explique mucho de la historia de Siria durante el siglo XX. Me temo que las referencias al personaje son un fallido intento de “referencia culta”. En la página 92 se menciona Los Siete Pilares de la Sabiduría como “una especie de cuardeno de reseñas de viaje” y se da a entender que Lawrence lo escribió en Siria antes de la Primera Guerra Mundial, durante sus expediciones arqueológicas. Sobra decir que se trata de sus memorias de guerra, basadas en sus diarios y cuya primera versión empezó a escribir en París en 1919.

Tampoco encontré una explicación detallada del mapa étnico y religioso de Siria. Y eso que es un elemento clave en la actual guerra civil. Los autores dedican espacio a hablar de los orígenes del Islam, su papel vertebrador como civilización, el papel histórico de Mahoma y la divisoria sunní-chiita. Pero hubiera sido más interesante, creo, que hubieran dedicado espacio a explicar la fragmentación étnico-religiosa del país y en qué consiste, por ejemplo, el alawismo, al que pertenece la familia Assad.

El libro abre líneas en muchas direcciones: Auge de los países BRICS, Israel, el conflicto nuclear con Irán, etc. La falta de profundización produce una sensación confusa, como si los capítulos se hubieran elaborado uniendo textos diversos. Encontramos así un capítulo huérfano sobre la emigración que ocupa página y media.

Una de las líneas temáticas que aborda el libro es la Geopolítica. Se menciona, cómo no, a Halford Mackinder, que aquí aparece en todas las veces que se le menciona (5 he contado, incluyendo un título de capítulo) como “Mckinder”. Una errata así es sólo producto de falta de familiaridad con el autor, como demuestra el erróneo manejo del concepto “heartland”, que encima aparece traducido como “tierra madre”, en lo que tiene que ser una confusión con el término inglés “motherland”. Otra vez me quedo con la sensación de que los autores han citado a un personaje relevante y su obra sin haberla leído.

Hay que reconocer que en el libro sí aparecen asuntos claves, como la creciente urbanización y los problemas hídricos en Siria (asunto del que hablaré pronto), que no cuesta imaginar como causa de fondo del descontento popular. Pero tampoco se profundiza debidamente. Me quedo así con la sensación de que el libro sobre el contexto de la actual crisis siria quedó por escribir. Un libro que hubiera explicado el nacimiento del moderno estado-nación sirio tras la partición del Imperio Otomano y el mando francés, la composición étnico-religiosa del país y la naturaleza del régimen de la familia Assad. Luego hubiera puesto las revueltas en Siria en el contexto de la Primavera Árabe pero explicando los problemas particulares de Siria. Hubiera bastado para rematar un repaso a las posturas de Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Turquía e Israel sobre la guerra civil y dejar un final abierto en el que se especulara sobre los cambios en Oriente Medio en caso de colapsar el régimen. ¿Alguien ahí fuera se anima a hacerlo?

An Empire Wilderness de Robert D. Kaplan

empire.wilderness Robert D. Kaplan ocupa un lugar especial en mi biblioteca. Debe ser el autor del que más libros tengo ahora mismo en mis estanterías. An Empire Wilderness es su libro más inusual. Viajar por su propio país, los Estados Unidos, con la misma mirada con la que ha escrito libros sobre los países ribereños del Océano Índico o África Occidental. Su propósito es discernir el futuro de los Estados Unidos recorriendo en coche y haciendo entrevistas en un periplo por el Medio Oeste, el Oeste y los estados del Pacífico. Lo que encuentra es un país cada vez más polarizado entre una clase media/alta conectada a la globalización y otra clase baja sin futuro con trabajos poco cualificados que viven en mundos apartes. La fragmentación social no sólo es una cuestión económica, sino espacial. Unos viven en urbanizaciones valladas y con seguridad privada. Otros en barrios violentos, sucios y feos. Kaplan vislumbra el futuro del país como una réplica del paisaje de Los Angeles, donde no hay un centro, sino una sucesión de áreas urbanas que convierten al coche en imprescindible para ir a cualquier parte.

Lo que preocupa a Kaplan es si Estados Unidos como nación tiene futuro. Y lo que se encuentra es que la política “nacional” interesa cada vez menos y las preocupaciones fundamentales de la gente son de tipo local. Washington D.C. se ve como un poder lejano e intrusivo. Pero el debate no es sólo “Washington D.C. se lleva nuestro dinero con impuestos”, sino incluso los gobiernos estatales se ven como un poder ajeno. Las verdaderas preocupaciones son las cuestiones del municipio, el condado o la región. El patriotismo que asociamos con Estados Unidos sólo lo encuentra en militares y los trabajadores de una fábrica de bombas atómicas. En el largo plazo, Kaplan sólo le ve futuro a Estados Unidos como una confederación al estilo suizo.

Otro asunto que interesa a Kaplan son las fronteras. La creciente población hispana en California, Arizona y Nuevo México le lleva a vaticinar la disolución de la frontera sur de Estados Unidos en el largo plazo. Mientras que por otra parte, los estados de Washington y Oregón se ven cada vez más conectados con la Columbia Británica, una región que se siente a su vez desconectada de Canadá. La interconexión económica y social ha generado una identidad nacional propia: La República de Cascadia. Kaplan encuentra en el noroeste de Estados Unidos que la frontera se ha diluido. Son comunes los lazos personales a un lado y otro. Las tres regiones comparten una alta conexión con las economías de Asia Pacífico, una importante inmigración asiática, unos ecosistemas similares y unos paisajes urbanos europeos, con sus paseos peatonales, sus biblotecas y cafés.

El libro fue escrito en la segunda mitad de los años 90. No sé qué encontraría Robert D. Kaplan si hiciera un viaje parecido hoy. Pero ayuda a poner en entredicho las predicciones sobre el futuro de Estados Unidos como potencia imperial sin considerar su dinámica interna. A mí, al menos, me ha entrado las ganas de coger la mochila y cruzar Estados Unidos.

Los libros de diciembre

Los libros de diciembre (2012)

Siria. Gueras, clanes, Lawerence de Jesús Gil, Ariel José James y Alejandro Lorca con prólogo de Rafael Estrella. Un análisis de fondo sobre las causas de la guerra civil siria.

The Riots de Gillian Slovo. Un libro que resultó ser diferente de lo que esperaba. Se trata del guión de una obra de teatro sobre los disturbios en Inglaterra en 2011 cuyo texto recoge testimonios reales.

Panorámica de actores y factores en Asia Central de Stelio Stravidis y César de Prado (coord.) Mi último adición a mi recopilación de todo lo publicado sobre Asia Central en España.

Comencé en el año 2012 la costumbre de hacer una lista de los libros que compro mes a mes como una forma de hacerme consciente de mi tendencia a acumular libros sobre los temas que pienso abordar cuando termine con lo que estoy ocupado y “por si acaso”. Así, mis estanterías están siempre repletas de libros por leer. También procuré escribir reseñas por pequeñas que fueran de los libros que voy leyendo. La medida no ha tenido mucho efecto, como se pudo ver en octubre. Al menos, tengo más presentes las compras y lecturas que hago. Así surgió la lista de mis recomendaciones.