“Diario de la Guerra del Congo” de Vicente Talón

Vicente Talón fue reportero del diario El Correo Español-El Pueblo Vasco de Bilbao primero y luego del diario madrileño Pueblo. Mi generación le conoce como cofundador y director de la histórica revista Defensa. Diario de la Guerra del Congo es una reedición de 2013 de un libro publicado originalmente en 1976. El libro aborda la Crisis del Congo (1960-1965), que cubrió sobre el terreno, dedicando su segunda parte a la participación en el conflicto de mercenarios españoles.

1491594_557149781030323_1750228082_nDiario de la Guerra del Congo se nutre de las crónicas firmadas y los apuntes tomados por Vicente Talón en aquel entonces, la primera mitad de la década de los años 60.  El paso del tiempo es apreciable en el lenguaje y por observaciones sobre las poblaciones locales que escandalizarían a los actuales africanistas españoles, posmodernos la mayoría de ellos. En el prólogo a esta edición Vicente Talón hace referencia a las “matanzas en masa y asesinatos horripilantes” que ocurrieron en el Congo y que décadas después se repetirían en los Balcanes. Esa apreciación coincide precisamente con mi motivación para leer el libro.

Después de leer Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970, obra de Peter Baxter,  empecé a preguntarme si no deberíamos replantearnos la novedad en África de las llamadas “Nuevas Guerras”, en los términos de Mary Kaldor, cuando contrastamos la Crisis del Congo y la Guerra de Biafra con la Segunda Guerra del Congo, que Tom Cooper abordó en un libro que reseñé aquí. Me refiero al patrón común de conflictos intraestatales altamente internacionalizados donde se cometen violaciones de los derechos humanos de forma sistemática, los bandos se alinean según afiliaciones étnicas y aparecen señores de la guerra y mercenarios.

Al igual que en ¡Sálvese quien pueda! de Javier Nart, nos encontramos las divisiones étnicas y tribales sobre el terreno de un conflicto africano que según la lógica de la Guerra Fría ordenaba los bandos por definiciones ideológicas. De hecho, por el Congo pasaron desde pilotos cubanos exiliados al servicio de la CIA al Che Guevara. Vicente Talón recoge el testimonio de un europeo que identifica a líderes y bandos por afiliaciones tribales, tal como encontraríamos luego en las luchas anticoloniales de Angola o Rhodesia.

Si el retrato de la población local quizás escandalizaría a los anclados en el concepto del buen salvaje, Vicente Talón hace un retrato demoledor del orden colonial belga y de la población blanca que lo sustentó. También desmitifica acciones militares como la Operación “Dragon Rouge”, que tuvo una ejecución torpe y pudo haber salvado más vidas. Evidentemente ambas cuestiones, la realidad social del antiguo Congo Belga y el carácter poco brillante de la Operación “Dragon Rouge” es algo que no encontrarán en la bibliografía al uso. Tampoco los mercenarios de Jean Schramme y Mad Mike Hoare salen bien parados. Esa es la gran novedad que aporta esta libro, una mirada neutra que levanta acta de lo que allí pasó sin adornar el fanatismo, la cobardía y la barbarie desplegadas por quienes en otros relatos de los hechos son heroicos luchadores anticoloniales o intrépidos aventureros occidentales.

La segunda parte del libro aborda la experiencia del 2º Choc del 6º Commando, encuadrado por españoles desplegados en el Alto Uele. A diferencia de otros mercenarios europeos y sudafricanos, los españoles del 2º Choc trataron de mantener una disciplina militar y procuraron tratar al personal nativo de una forma correcta. Las acciones de asistencia a la población civil llevadas a cabo las encuadraríamos hoy en día en la Cooperación Cívico Militar. El resultado fue, cómo no, muy diferente al alcanzado por otras unidades. Pero el personal fue siempre escaso para una área de operaciones tan grande y al final, el 2º Choc fue engullido por la dinámica de golpes y revueltas del país. Su líder y dos oficiales más terminaron fusilados por el nuevo régimen de Mobutu Sese Seko.

Un último apunte. Por el libro desfilan tangencialmente nombres que luego serían conocidos, como el de Laurent Kabila. Cerca del final del libro Vicente Talón cuenta su encuentro con un veterano del 2º Choc que participó en 1967 en un fallido intento de crear un segundo frente durante el motín de los mercenarios liderados por Jean Schramme. El interlocutor de Vicente Talón le echa la culpa al organizador de la expedición, el mismísimo Bob Denard, del que sospecha que en realidad actuaba en connivencia con el régimen de Mobutu Sese Seko. Treinta años más tarde, los hombres de Bob Denard trataron de organizar sin éxito la defensa del régimen de Mobutu frente al avance de las tropas de Kabila.

El futuro eléctrico

El otro día en las jornadas Tenerife Isla Colaborativa coincidí en la mesa redonda con alguien que cree en el pico del petróleo. Habló de que hace pocos años se cruzó ese punto en el que el petróleo que queda por extraer del subsuelo es inferior al que la Humanidad ya ha consumido. La solución pasaba por renunciar a seguir creciendo económico, lo que se conoce como Decrecionismo. Uno de sus comentarios me llamó la atención. Dijo que era ingenuo confiar en que la tecnología mágicamente nos salvaría del destino catastrófico que nos aguarda. Y me llamó la atención porque la tecnología ya nos ha abierto el camino hacia una menor dependencia del petróleo. Es una revolución incipiente cuyos primeros síntomas son ya evidentes.

La primera pista de la revolución energética la ofrece el coche eléctrico. Evidentemente hablamos de la irrupción en el mercado del Tesla S, un coche eléctrico que aúna prestaciones y diseño. Recordemos que ya en los años 90 se lanzó el General Electric EV-1. Hay un documental, Who Killed the Electric Car?, sobre su fracaso. El EV-1 tenía una autonomía de 120km. La versión de más autonomía del Tesla S alcanza 426km. Y su aceleración se ha hecho famosa.

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Tesla S en Noruega

Los coche eléctricos han dejado de ser juguetes caros o engendros, para ofrecer una experiencia de conducción superior que en un coche de motor de combustión. La tecnología seguirá evolucionando y llegará el momento en que el coche eléctrico ofrezca más prestaciones costando menos que un coche de motor de combustión, que será una reliquia del pasado como las locomotoras de vapor. El Tesla S es una berlina premium pero el siguiente coche de Tesla será más económico. El primer surtidor eléctrico de Tesla ya funciona en la provincia de Gerona. El camino está marcado.

La siguiente cuestión es la producción de energía. Pensar en el coche eléctrico como un vehículo ecológico es completamente erróneo si no tenemos en cuenta de dónde procede la energía eléctrica que lo alimenta. Pensemos en un coche eléctrico que recarga sus baterías enchufado a una red que se alimenta de una central nuclear o de ciclo combinado (donde se quema gas natural). La revolución vendrá cuando se generalice el uso de coches eléctricos que recarguen sus baterías con energías renovables.

Ahora mismo la energía fotovoltaica ha alcanzado tal desarrollo que es competitiva sin necesidad de primas o subvenciones. En noviembre de 2013, Sara Acosta escribía en el periódico Cinco Días: “Los avances de la tecnología solar fotovoltaica han reducido los costes hasta un 80% en los últimos cinco años”.  Pocas semanas después se conectaba a la red en la provincia de Sevilla la “la primera planta solar de España sin primas”.

En España los problemas de la energía fotovoltaica tienen que ver con la normativa y las primas. El resultado es que según Nuri Palmada, la responsable de proyectos de la cooperativa Som Energia, a pesar de que España disfruta de 65% más de irradiación solar que Alemania, en esta última se produce un 600% más de energía fotovoltaica que España. Lo afirmó durante la presentación del proyecto de una nueva planta fotoeléctrica en la provincia de Sevilla, que se llevará a cabo sin primas y afrontando el nuevo impuesto de 7% a la producción fotoeléctrica.

Así que es obvio imaginar que el desarrollo tecnológico de las energías fotoeléctrica, eólica, maremotriz, etc. seguirá su curso y en un futuro serán más competitivas que otras fuentes. Pero se enfrenta a un problema. La producción de energía fotoeléctrica o eólica no es continua. Es el gran obstáculo que siempre se cita entre los escépticos. Pero nos encontramos que el desarrollo del coche eléctrico ofrece la solución. Las baterías de Tesla Motors han alcanzado tal desarrollo que ha lanzado un modelo de bajo costo para ser instalados en los hogares, la Tesla PowerWall. El propósito es almacenar la energía eléctrica generada por fuentes renovables.

En 2013, del total de productos petrolíferos consumidos en España, un 65% era destinado en transporte. Así que la introducción del coche eléctrico tendría un impacto enorme. Ahora imaginemos un mundo donde todos los hogares tuvieran electricidad procedente de plantas o fuentes de energía renovable y tuvieran baterías para almacenarlas. Y todos los coches eléctricos fueran eléctricos. Es previsible que el actual desarrollo tecnológico nos lleve a ese mundo. El consumo de hidrocarburos decaerá y por tanto el horizonte de uso de las reservas de hidrocarburos se alejará más en el tiempo. El precio del petróleo bajará irremediablemente. Imaginen las consecuencias de ello para Rusia, Irán y Venezuela.

Pablo Iglesias entrevista a Manuel Castells

Hace poco hice mención a mi charla sobre la llegada de la sociedad red aquí en Tenerife. Mencioné a Manuel Castells, el sociólogo español vivo más distinguido e influyente. Y resulta que Pablo Iglesias lo entrevistó hace poco en su programa.

Debe ser la primera vez que veo una entrevista de una hora a Manuel Castells, lo que refleja el estado de nuestra televisión y las oportunidades que ofrece Internet para ser alternativa. La entrevista es bastante interesante por dar a conocer la trayectoria del personaje, que comienza de revolucionario no comunista en Barcelona y debe exiliarse a París. Allí se convierte en profesor en el Departamento de Sociología en la Universidad de Nanterre, donde arrancó el Mayo del 68. Castells fue, de hecho, profesor de Daniel Cohn-Bendit (Dany “el Rojo”).  Castells coincidió en el Departamento de Sociología con Alain Touraine, autor en 1969 de La Sociedad Post-Industrial. Castells vuelve a España durante la Transición pero termina comprendiendo que lo suyo no es la gestión política, sino la vida académica. Así que acepta irse a la Universidad de California en Berkeley, donde se encuentra con Sillicon Valley y el movimiento gay de San Francisco, lo que marcaría su trayectoria de estudiar la naciente sociedad de la información y los nuevos movimientos sociales.

En la entrevista, cómo no, Pablo Iglesias se explaya en dar su opinión y ofrecer sus análisis buscando demostrar lo mucho que sabe y la aprobación del maestro. Hay una intervención suya más largo que el resto donde expresa su análisis sobre los límites de la lucha política en un mundo globalizado donde el Estado tiene un poder decreciente. Resulta que en 1999-2000 Pablo Iglesias y yo habíamos llegado a las mismas conclusiones. Hubiera sido curioso haber coincidido con él en aquel entonces porque no hubiera estado más que de acuerdo con su crítica a los paleo-marxistas.

Hay una diferencia fundamental entre Manuel Castells y Pablo Iglesias. El primero adopta la posición del observador que simpatiza con los movimientos sociales. El segundo quiere conquistar el poder político con un partido. Pablo Iglesias no deja de ser en el fondo un marxista-leninista y la tensión entre eso y las bases del partido que ha construido generará crisis de forma recurrente.

Tortura

John Oliver es un humorista británico que se hizo popular en Estados Unidos como colaborador en el Daily Show with John Stewart. En el programa explotó la viz cómica de su acento británico, como en aquel sketch sobre Oriente Medio que comenté aquí. Fue elegido para presentar el programa cuando Jon Stewart se fue un verano a rodar una película a Jordania y superó con creces el reto. Ahora presenta el suyo propio, Last Week Tonight en el canal HBO. Aborda todas las semanas una cuestión social que desmenuza aplicándole sentido común y del humor. Hace poco habló de la publicación del informe sobre torturas publicado por el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense.

El informe confirma algo que ya sabíamos por Ali H. Soufan, que aficionados aplicaron torturas a miembros de Al Qaeda sin obtener información veraz alguna. El asunto me ha hecho pensar sobre una conversación que tuve hace poco con un amigo sobre la Nueva Guerra Fría. Tras mi explicación, me comentó que al fin y al cabo teníamos dos bloques moralmente equivalentes ya que estaban movidos en última instancia por intereses particulares. Yo creo que hay de hecho una diferencia a pesar de las atrocidades que pueda cometer Estados Unidos. Y es que al menos en el bloque occidental hay una conciencia crítica y libertad de expresión.

Pensemos en la hipocresía que significó la indignación de las opiniones públicas árabes por el escándalo de los abusos cometidos de la prisión Abu Ghraib. Si llegamos a conocerlos fue porque había una investigación oficial en marcha y una prensa capaz de cuesionar el poder que dio a conocer el escándalo. Las torturas son sistemáticas y extensivas en las prisiones de los países árabes pero rara vez es tema que provoque movilizaciones. Véase si no, la indiferencia generalizada antes las revelaciones hechas por la fuente denominada “César” de las barbaridades que suceden en la Siria de Bashar Al Assad, el mismo al que apoya el Partido Comunista de España en Madrid.

Una lectura complementaria

Recientemente hice una reseña de tres libros sobre los voluntarios no alemanes que combatieron en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial, con especial atención a los provenientes de ciertas repúblicas de la Unión Soviética (Rusia, Ucrania y las repúblicas bálticas). Los tres libros tenían como autor o coautor a Carlos Caballero Jurado, prolífico historiador español especializado en el Frente del Este. Es toda una autoridad en la materia, aunque no es difícil leer entre líneas y detectar cierta simpatía hacia los combatientes anti-comunistas. Así que durante la lectura de sus libros me entró la duda si la suya no era una versión aséptica en la que habían quedado fuera los hechos más reprobables o cuestionables. Que sólo se mencionaran aspectos negativos en el libro del que era coautor me dejó la duda. Así que me hice recientemente con Las legiones de voluntarios y otras divisiones de las SS: de la 24ª a la 38ª de Gordon Williamson (traducción de RBA de The Waffen-SS (4) 24. to 38. Divisions, & Volunteer Legions publicado originalmente por Osprey)

En este libro se menciona la brigada Kaminski, cuyo líder “llevaba una vida de señor de la guerra feudal mientras sus hombres saqueaban y mataban a placer” (pág. 15). Participó en el Alzamiento de Varsovia, donde “alcanzó simas de depravación que ofendieron incluso a las SS” (pág. 16). De los voluntarios italianos de la Waffen SS, se dice que “algunos oficiales voluntarios y muy motivados abandonaron al ver el ma trato que los alemanes daban a los italianos” (pág. 18). Mención aparte merece la Brigada Dirlewange, formada por convictos alemanes que se dedicaron a toda clase de atrocidades contra la población civil. No entra en la categoría de aliados no alemanes del esfuerzo de guerra nazi pero merece la pena mencionar que todo relato sobre el Frente del Este de la Segunda Guerra Mundial se cruza con crímenes de guerra tarde o temprano.

Con todo esto quiero decir que queda claro, una vez más, que cuando se trata de libros de historia e historiadores es conveniente buscar más de un fuente y contrastar versiones. Una lección obvia. El asunto se complica además con las alteraciones de la traducción al español de los libros de Carlos Caballero Jurado publicados originalmente en el Reino Unido.

Una vez concluído este ciclo de lecturas sobre los aliados de la Alemania nazi el siguiente pasao será examinar el debate sobre la “memoria histórica” que enfrente a Rusia y los países ex-comunistas sobre el papel de aquellos combatientes que son condenados por un lado aliados de los nazis y por otro reivindicados por enfrentrase a la Unión Soviética de Stalin.

“Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970″ de Peter Baxter

Llevo ya varios libros leídos de la colección Africa@War que coeditan la británica Helion & Co. y la sudafricana 30º South Publishers mientras espero impaciente algunos títulos que saldrán este año. Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970, obra de Peter Baxter, resulta interesante leída junto con Congo Unravelled. Military Operations to the Mercenary Revolt 1960-1968 y los dos libros de Tom Cooper sobre la Primera y la Segunda Guerra del Congo.

La comparación es interesante porque tenemos dos conflictos de la Guerra Fría y otros dos que encajan perfectamente en el modelo de “Nuevas Guerras” de Mary Kaldor, o el mío de Guerras Posmodernas. Y la cuestión inevitable tras leerlos es preguntarse cuánto de nuevo hay en los conflictos posteriores al fin de la Guerra Fría.

La Guerra de Biafra fue el resultado de las tensiones étnicas en Nigeria tras su independencia. Tras una campaña de progromos contra el pueblo igbo, la parte sudoriental del país proclamó la independencia. Con escasos reconocimientos externos, el nuevo país perdió en una de las primeras ofensivas gubernamentales su salida al mar y se encontró con un solo aeropuerto improvisado como vía de comunicación al exterior. Al auxilio de Biafra acudieron de forma velada Francia y Portugal, con la evidente intención de malmeter en una antigua colonia británica. Pero quienes tuvieron especial protagonismo público fueron mercenarios, aventureros y organizaciones humanitarias tras el impacto mediático del sufrimiento de la población civil. Es decir, en aquella guerra librada a finales de la años sesenta encontramos ya elementos que podríamos pensar sólo característicos de los conflictos actuales.

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Peter Baxter plantea una idea interesante. El esfuerzo internacional por llevar ayuda humanitaria a Biafra, sumado a la negativa de sus líderes por aceptar la inevitable derrota, prolongó innecesariamente la guerra. Creo que esa guerra ha quedado bastante olvidada. Pero en su momento tuvo un enorme impacto, convertida en el estereotipo de crisis humana que se instala en el imaginario colectivo (recordemos aquel disco de Los Toreros Muertos “Por Biafra”), como fue luego en los años 80 la hambruna de Etiopía y en los años 90 el genocidio de Ruanda.

índiceEn el plano militar la guerra se caracterizó por la extrema falta de medios de los rebeldes biafreños y la incompetencia de líderes de ambos bandos en momentos cruciales que hubieran supuesto un golpe decisivo con el que sentenciar el resultado de la guerra. Un lugar especial para mí lo ocupan los mercenarios, voluntarios y aventureros que acudieron a luchar en las filas de Biafra. Me encontré con una serie de nombres y fotos familiares que desconozco dónde los vi por primera vez. Hablo de Rolf Steiner, Marc Goosens, “Taffy” Williams y Armand Ianarelli. Frederick Forsyth cubrió aquella guerra como reportero y recabó allí impresiones y materiales que el sirvieron para escribir la novela Los perros de la guerra. Sin duda el personaje más pintoresco fue el sueco Carl Gustaf Von Rosen, que reunió una escuadrilla de minúsculas avionetas Malmö MFI-9 con las que organizó una “guerrilla aérea” en el bando biafreño. Sus ataques destruyeron en tierra varios aviones de guerra gubernamentales y lograron publicidad para la causa rebelde, pero el impacto real es discutible.

nigeria_1La lectura me ha resultado provechosa porque creo que es otra referencia más a la hora de reexaminar conceptos como el de “Nuevas Guerras”. Mi opinión cuando escribí mi libro era que el período entre 1939 y 1989 se caracterizó por asistir a la emergencia de fenómenos que hoy son esenciales en las Guerras Posmodernas. Y aquí tenemos una prueba concreta de cómo en las viejas guerras de la Guerra Fría encontramos elementos que hoy consideramos característicos de los conflictos del siglo XXI.

Con Hitler contra Stalin

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El general Vlasov dirigiéndose a soldados del Ejército Ruso de Liberación

He leído tres libros del prolífico historiador Carlos Caballero Jurado sobre varios de los contingentes de voluntarios que lucharon en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Dos de ellos son librillos porque se trata de ediciones en español hechas por RBA de libros de la editorial británica Osprey con apenas 48 páginas. El asunto me interesa por una cuestión muy concreta. La “memoria histórica” sobre esos contingentes es un campo de batalla y un arma arrojadiza en la Nueva Guerra Fría entre Rusia varios países ex-soviéticos.

rusos-contra-stalinEl primero de los tres, es el libro más extenso e interesante: Rusos contra Stalin. Una historia del Ejército Ruso de Liberación de la editorial Galland Books (88 páginas 2010). El libro cuenta la historia de los rusos que decidieron unirse a las filas alemanas en el Frente del Este frente a la Unión Soviética. El título hace referencia al Ejército Ruso de Liberación (POA en sus siglas en cirílico) del general Vlasov, pero en el libro recoge la participación en el bando alemán de rusos en diferentes circunstancias y momentos. Eso va desde la organización ROVS de “rusos blancos” exiliados tras la Guerra Civil Rusa a civiles armados que organizaron partidas antipartisanas, pasando por los rusos que realizaron tareas auxiliares en unidades alemanas que los incorporaron a espaldas de Berlín. Y es que el libro cumple un papel desmitificador de la Alemania nazi. Donde alguno imagina una implacable máquina militar organizada según criterios de máxima eficacia burocrática alemana se encuentra que el régimen nazi fue una suma de feudos de poder dirigidos por un poder irracional y fanático.

Carlos Caballero no deja de preguntarse que hubiera pasado si la Alemania nazi en vez de despreciar el ofrecimiento de rusos exiliados y prisioneros de luchar contra el régimen de Stalin hubiera organizado fuerzas rusas desde el primer día con la promesa de respetar una Rusia liberada. Pero evidentemente eso iba en contra de los designios de Hitler de convertir a Rusia en una colonia alemana y de su desprecio de los pueblos eslavos. Cuando el ejército alemán estaba en retirada cambió el criterio y se decidió finalmente organizar unidades rusas, pero una vez encuadradas e instruidas se decidió mantenerlas lejos del Frente Oriental y dispersarlas. Algunas terminaron en tareas antipartisanas en Yugoslavia y otras en el Muro del Atlántico. Algunas llegaron a combatir de forma destacada contra el ejército soviético y la esperanza de algunos de sus líderes de mantenerse cohesionados para ser útiles a los Aliados en una inminente guerra contra la URSS se vio evidentemente defraudada. Es más, los ciudadanos soviéticos en las filas alemanas hechos prisioneros por las tropas aliadas fueron entregados tras la guerra para terminar ejecutados o enterrados en vida en el Gulag.

Una historia personal recorre el libro como hilo conductor, la peripecia vital de Grigori vom Lamsdorf, al que Carlos Caballero Jurado conoció personalmente. Exiliado en París, combatió en la Guerra Civil española con otros voluntarios rusos del ROVS. De vuelta en Francia, fue llamado a filas y llegó a ser condecorado por el ejército francés. Tras la rendición francesa y la desmovilización, comenzó su aventura a partir de la invasión alemana de la Unión Soviética. Participó en distintas iniciativas de encuadrar rusos para combatir en el Frente Oriental hasta el final de la guerra. Finalmente consiguió huir hasta España y aquí se estableció.

imagesLa Legión Valona y otras unidades alemanas de voluntarios es la traducción al español de Foreign Volunters of the Wehrmacht 1941-45. El libro trata de las unidades extranjeras en el ejército regular alemán de la Alemania nazi (Wehrmacht), con lo que quedan fuera las unidades de voluntarios extranjeros en las Waffen SS. En sus 48 página el cuadernillo, más que libro, trata someramente los voluntarios de la Valonia belga, Francia, Holanda, Italia, Croacia, repúblicas bálticas, el Magreb, los distintos territorios de la Unión Soviética, India y países árabes de Oriente Medio que lucharon en las filas del ejército alemán. El tratamiento es por tanto somero, centrándose en la uniformidad de cada unidad y su organización.  Aunque la obra me atrajo por mencionar a las unidades ucranianas, que en el actual contexto me parecen de especial relevancia. Se trata de una obra publicada en el Reino Unido en 1983 donde se menciona la “macabra reputación” alcanzada por una unidad rusa que también aparece en el libro anterior. Cabe preguntarse por esa omisión.

Los-aliados-alem-paises-balticos

El último de los tres libros, Los aliados alemanes de los países bálticos, también es una traducción al español de una obra de Osprey y tiene como coautor a Nigel Thomas. Aquí se hace un recorrido por las unidades voluntarias o no encuadradas por los alemanas en Lituania, Letonia y Estonia. Al contrario de los dos libros anteriores aquí nos encontramos con el caso de movilizaciones forzosas que colocan a sus protagonistas en una categoría a parte a aquellos que por cuestiones ideológicas y nacionalistas se presentaron voluntarios a luchar. Con sus 48 páginas me lo leí como un registro notarial donde se da cuenta del nombre, uniforme y organización de las distintas unidades que en Lituania, Letonia y Estonia se organizaron para combatir en el bando alemán. El asunto más interesante del libro y que tiene que ver con mi motivación para leerlo es la reflexión final de los autores sobre la “Segunda Ocupación Soviética”. Recordemos que la Unión Soviética se anexó las tres repúblicas bálticas por la fuerza en 1940 tras hacer un reparto de esferas de influencia con la Alemania en el infame tratado Ribbentrop-Molotov.

Los autores plantean que una prueba de la verdadera motivación de los voluntarios bálticos contra la URSS queda reflejada en que siguieran combatiendo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un asunto que trata Edward Lucas en Deception, porque el MI6 británico trató de infiltrar agentes en esas repúblicas con escaso éxito tras la Segunda Guerra Mundial. Carlos Caballero habla de la motivación ideológica en una entrevista:

En realidad dudo mucho que ninguno –salvo quizás una cifra anecdótica- fueran radicales nazis. Eran anticomunistas en su inmensa mayoría (si excluimos a los extraeuropeos) y donde más reclutaron fue en zonas de Europa como los Países Bálticos o Galitzia –la Ucrania occidental- que habían sufrido una invasión comunista soviética. Otros lo hacían movidos también por el afán de que sus países consiguieran la independencia. En no pocos casos ambos motivos se combinaban.

La polémica evidentemente está servida porque en la fórmula de “lucharon con Hitler contra Stalin” cada cual se ha quedado con la mitad que le interesa resaltar. En las repúblicas bálticas y Ucrania se conmemora a quienes tomaron las armas para enfrentarse a la Unión Soviética, más allá de que para ello se convirtieran en aliados de la Alemania nazi. Ante lo cual en Rusia  se condena esos gestos como filonazis. Véase el caso de Harald Nugiseks, veterano de las Waffen SS que recibió la Cruz de Caballero y falleció en 2014. Fue enterrado con honores militares.

Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello

Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello

En 2007 el gobierno estonio aprobó una ley sobre enterramientos militares con el propósito de retirar de Tallinn el monumento al “soldado soviético liberador”. La anexión de Estonia en 1940 fue acompañada por una campaña de represión que diezmó las élites del país. Para la Estonia actual la entrada de tropas soviéticas en Tallinn en 1944 no fue una liberación, sino otra fase histórica de tiranía impuesta que duró hasta 1991. La retirada del monumento se vio acompañada de disturbios en las calles de Tallinn y por una campaña de ciberataques.

Hablaba de “memoria histórica” para denotar el proceso de construcción social del pasado colectivo y reescritura de la historia. El concepto “fascismo” se ha convertido en Rusia en un término cajón de sastre con el que atacar a los enemigos del nacionalismo ruso, cuyas filas están llenas de fascistas y neonazis. La confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría es total. En las filas separatistas prorrusas en Ucrania Oriental encontramos a voluntarios del ROVS, la organización creada por rusos blancos en el exilio que envió voluntarios a España a combatir y se unieron a las filas requetés por afinidad ideológica. Al fin y al cabo, unos tenían por lema “Dios, Zar y Patria” y los otros “Dios Patria y Rey”. Fueron homenajeados por la Fundación Francisco Franco no hace mucho. Y mientras, un puñado de españoles fueron a unirse a las filas prorrusas en Ucrania enarbolando la bandera de la II República.

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“¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941″ de Javier Lion Bustillo

A la primera persona que le escuché hablar del concepto Guerras Híbridas fue a Jorge Aspizua. Reviso su blog y encuentro que la primera mención es de julio de 2006 (echen cuentas) a propósito de Hezbolá y la guerra aquel verano en el Líbano. Ahora el tema está de moda y en el establishment español de defensa no paran de sacar artículos. Hasta un sarao vi organizado con expertos traídos de fuera, cómo no. Pero en aquel entonces Jorge predicaba en el desierto. Y aunque ahora todos se han apuntado a rescatar lecciones sobre guerra híbrida de aquella guerra en el Líbano en 2006 y a hablar de Rusia, Jorge ya hablaba de otros casos históricos. Es el caso de la campaña británica en Iraq en 1941.

Me encontré de casualidad con ¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941 de Javier Lion Bustillo, un libro que trata de las campaña británicas en Iraq y Siria durante la Segunda Guerra Mundial. Son dos episodios bastantes desconocidos de aquella guerra, pero que me interesaban por cuestiones que resulta que al final no aparecen en el libro. Ya es mala pata. En primer lugar tenemos la Campaña de Iraq de mayo de 1941. Iraq era un país soberano entonces, surgido del desmantelamiento del Imperio Otomano a manos de los británicos y franceses tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Como herencia colonial, albergaba una fuerza militar británica. En marzo de 1941 un golpe de estado llevó al poder a un nuevo gobierno que trató de realinear el país hacia una alianza con las potencias del Eje. El gobierno británico decidió entonces actuar y controlar el país antes de que un nuevo frente hiciera más comprometida su posición en Oriente Medio. Recordemos que en 1941 se había constituido el Afrika Korps. Las fuerzas británicas usaron como cabeza de puente la base aérea de Habbaniya, que las fuerzas iraquíes no supieron o pudieron capturar al comienzo de la campaña. Y por otro lado, tropas indias desembarcaron en Basora, desde donde avanzaron hasta Bagdad para coincidir con las fuerzas británicas que habían partido de la actual Jordania. El apoyo de las potencias del Eje fue tibio y tardío, cuando ya no pudo ser decisivo.

Hay un par de detalles relevantes que contar de aquella campaña. Lo primero es la curiosidad que suscita encontrarse en un relato de guerra topónimos del Triángulo Sunní iraquí, donde más 60 años después los estadounidenses libraron sus combates más cruentos con la insurgencia iraquí. Por ejemplo, Habbaniya se encuentra entre Faluya y Ramadi. Otro detalle relevante es que en Bagdad estalló un progromo contra la población judía local. Recuérdese que hablamos del año 1941, antes de la proclamación de Israel. Y que la población judía local llevaba generación tras generación viviendo allí. Valga añadir un detalle. Haj Amin al-Husseini, mufti de Jerusalén y famoso posteriormente por su apoyo a las potencias del Eje, se encontraba en Iraq.

Me interesaba esta campaña por el uso combinado de lado iraquí de fuerzas regulares e irregulares contra los británicos, concepto que cabría interpretarse como un precedente de “guerra híbrida” Pero como ya comenté, no se menciono el asunto con demasiado interés en el libro.

La segunda campaña que trata el libro es la campaña de Siria-Líbano en junio-julio de 1941. Se trata de una acción “preventiva” llevaba a cabo por el gobierno británico. Siria y Líbano eran dos territorios cuya administración había obtenido Francia tras la Primera Guerra Mundial y que estaban en manos de la Francia de Vichy, supuestamente neutral. Durante la campaña iraquí los aviones de guerra enviados por Alemania e Italia al gobierno surgido en Iraq tras el golpe de estado hicieron escala en Siria. Así que en Londres cundió la preocupación de que Siria y Líbano sirvieran para abrir un segundo frente mientras transcurría la guerra en el norte de África. Las expectativas es que se produjeran deserciones masivas de las fuerzas francesas de Vichy cuando se encontraran en el frente con fuerzas de la Francia Libre. No fue el caso.

Curiosamente la mayoría de las fuerzas aliadas en esta campaña la formaron tropas indias, australianas y de la Francia Libre. Estas últimas incluían a unidades de la Legión Extranjera francesa y tropas coloniales del Magreb y África Occidental. Combatieron contra fuerzas francesas de Vichy que incluían a legionarios extranjeros y tropas coloniales. Así se dio la paradoja, tratada en el libro en un apéndice, que republicanos españoles llegaron a encontrarse frente a frente en ambos bandos. Pero lo que más me llevó a reflexionar es la imagen de senegaleses y tunecinos matándose entre ellos en una guerra que no era la suya, posiblemente por lealtad a sus comandantes y sus unidades.

La verdad es que el relato del avance aliado se me hizo tedioso. En esta otra campaña encontramos de nuevo una topografía familiar para el interesado en la historia militar. Por ejemplo, nos encontramos combates en los Altos del Golán, célebre campo de batalla en 1967 y 1973. O la localidad de Marjayún, ubicación de la base “Miguel de Cervantes” que ocupan cascos azules españoles desde 2006.

En esta parte del libro también se omite un asunto que generó mi interés por el libro. La campaña de Síria-Líbano arrancó con una serie de lo que hoy llamaríamos “operaciones especiales” en las que participó un tal Moshe Dayan. Allí perdió un ojo y desde entonces llevaría un parche. Otro personaje que sí aparece en el libro y apenas se menciona es al comandante de la 10ª División India, el general William Slim, que llegaría a ser famoso posteriormente por la campaña de Birmania. Con sus tropas alcanzaría Deir ez-Zor en Siria, otro topónimo de actualidad.

Cómo a Internet le costó quince minutos resolver un misterio de doce años

El otro día estando trabajando de madrugada vi que C. J Chivers, un famoso reportero de guerra del New York Times publicó en su perfil de Twitter una foto de unos barriles con inscripciones en árabe y un código. Chivers pedía a sus seguidores de Twitter a modo de adivinanza si eran capaces de identificar qué era lo que mostraba la foto.

Inmediatamente interpreté la inscripción que no está en árabe sino ruso como “TG_02″. Contesté a C. J Chivers. Habían pasado sólo quince minutos desde que publicó su tuit. Y seguí con mis cosas.

Resulta que esos barriles fueron encontrados en unas instalaciones militares iraquíes en mayo de 2003. Se encomendó su custodia a una unidad estadounidense de reservistas, que encontraron los barriles goteando líquido y pájaros muertos a su alrededor. Los primeros en llegar al lugar empezaron a estornudar, llorar y vomitar. Fueron llevados con cierta alarma a un hospital de campaña porque sus síntomas coincidían con los de armas químicas.

Años después, los militares que entraron en aquel depósito desarrollaron problemas de salud. Uno de ellos, comenzó una batalla burocrática con el Departamento de Defensa para que le entregaran el expediente sobre los barriles. Finalmente, el subsecretario de defensa Brad R. Carson autorizó que el New York Times accediera al expediente.

Como ven, el informe original del 25 de mayo de 2003 dice “Fuel PR-02″. Es un error. En el barril pone “TG_02″. Si buscan “TG-02″ y “fuel” en Internet encontrarán rápidamente que se trata de combustible para cohetes de origen soviético Tonka”, diseñado originalmente en la Alemania Nazi como R-Stoff y conocido también en la URSS como Tonka-250  y TG-02.

John Ishmay, un antiguo desactivador de explosivos de la U.S. Navy y veterano de Iraq que ahora es periodista freelance, tuiteó:

La verdad es que yo sólo me limité a transcribir un código del ruso. No busqué en Google qué podría ser. Ese trabajo lo hicieron otros lectores de C. J Chivers. Pero a partir de ahí, empezaron los retuits sobre cómo a C. J Chivers le llevó sólo 15 minutos obtener una respuesta correcta sobre qué aparecía en los barriles mientras que a los militares estadounidenses les llevó doce años caer en la cuenta del error.

-El reportaje sobre el incidente en Iraq, los problemas de salud de los veteranos y su lucha contra la burocracia de C. J. Chivers para el New York Times: “12 Years Later, a Mystery of Chemical Exposure in Iraq Clears Slightly”.
-El asunto del misterior resuelto en Internet contado por C. J. Chivers: “When Military Intelligence Earns the Punchline”.

“Great Lakes Conflagration: The Second Congo War, 1998-2003″ de Tom Cooper

Tom Cooper está detrás del Air Combat Information Group, uno de los secretos mejor guardados de Internet, además de ser autor de varios libros sobre aviación militar. Hace años cité aquí un artículo suyo para escribir sobre el impacto de las comunicaciones por satélite en las nuevas “Toyota Wars” africanas. Esa faceta suya como experto en conflictos africanos está saliendo a la luz gracias a la colección Africa@War que coeditan la británica Helion & Company y la sudafrican 30º South Publishers.

CBJ8466-2Great Lakes Conflagration trata sobre la Segunda Guerra del Congo (1998-2003), uno de los conflictos más mortíferos, complejos y desconocidos de los últimos 25 años. Un conflicto conocido como la Primera Guerra Mundial Africana o la Primera Gran Guerra Africana. Para que se hagan una idea, hablamos de una cifra de varios millones de muertos. El punto de partida es la caída del régimen de Mobutu Sese Seko en el entonces llamado Zaire en 1997 y la llegada al poder del “revolucionario” Laurent-Désiré Kabila. El control que ejercía el nuevo gobierno sobre el país era débil. Hay que tener en cuenta la enorme extensión del país (2,4 millones de kilómetros cuadrados) y la multiplicidad de grupos políticos contrarios dispuestos a enfrentarse al nuevo poder. Así, se creó una coalición de países dispuestos a lanzar una guerra por el poder enmascarándose detrás de los grupos insurgentes. Hablamos de una guerra por delegación (“proxy war”) en la que Uganda, Ruanda y Burundi apoyaron a grupos insurgentes congoleños tratando además de incentivar la revuelta de simpatizantes del antiguo régimen.  En el bando contrario, el gobierno de Kabila recibió el apoyo de Zimbabwe, Angola. Namibia y Chad, quienes a su vez apoyaron a grupos insurgentes ugandeses y ruandeses contra sus respectivos gobiernos a la vez que apoyaron a grupos congoleños contra el poder de facto ruandés en las provincias orientales del país. Me ahorro hacerles la lista de los grupos implicados. La lectura del libro requiere repetidas consultas de los capítulos introductorios donde se detallan los componentes de cada bando.

La Segunda Guerra del Congo tuvo todos los elementos que uno asocia al concepto de “nuevas guerras” acuñado por Mary Kaldor: grupos armados con poca cohesión y disciplina, matanzas de civiles, violaciones y saqueos, encuadramiento de niños soldados, etc. Pero lo que diferencia a esta guerra de cualquier guerra premoderna, evidentemente, es el contexto de la globalización. El objetivo inmediato de la intervención de Ruanda, Burundi y Uganda en el Congo fue la explotación de sus recursos naturales (oro, diamantes, coltán, etc.), creándose por vía aérea un flujo de ida de armas procedentes principalmente de Europa del Este y un flujo de vuelta de recursos naturales valiosos. Hay que destacar el papel del traficante de armas ruso Victor Bout, mercenarios occidentales y varias empresas israelíes en el suministro del bando anti-Kabila. Con las enormes distancias del país, la logística tuvo un papel crucial en la guerra, siendo importantísimo el papel de los puentes aéreos establecidos por cada bando mediante una pintoresca colección de viejos glorias de la aviación. Así, el frente se movió como un péndulo en función de lo lejos que cada bando estaba de sus bases de partida y lo rápido que se agotaba su esfuerzo.

An-12 de Air Cess, empresa de Victor Bout registrada en Emiratos Árabes Unidos e implicada en el esfuerzo bélico ruandés.

An-12 de Air Cess, una de las empresas de aviación de Victor Bout registrada en Emiratos Árabes Unidos e implicada en el esfuerzo bélico ruandés.

DC-8 de Trans Air Cargo, otra empresa implicada en el esfuerzo logístico de la Segunda Guerra del Congo

DC-8 de Trans Air Cargo, empresa congoleña implicada en el esfuerzo logístico de las fuerzas del presidente Kabila.

En la alianza pro-gobierno de Kabila hay que destacar el papel jugado por las fuerzas armadas de Zimbabwe. La idea que transmite Tom Cooper es que las fuerzas armadas del país heredaron bastante de la profesionalidad y doctrina de las antiguas fuerzas armadas rhodesianas, un referente histórico en las guerras africanas durante la Guerra Fría. De hecho, la colección Africa@War ha dedicado unos cuantos títulos al tema (desde el más general Bush War Rhodesia 1966-1980 a los más específicos sobre los Selous Scout y las tácticas de Fire Force), por no mencionar los diversos libros de historia militar y memorias personales que Helion & Company ha dedicado a la Guerra de Rhodesia. La acción de la aviación y las fuerzas especiales de Zimbabwe resultaron una y otra vez fundamentales para salvar la situación in extremis. A pesar de su escaso número en el total de fuerzas implicadas en la guerra, su impacto fue alto por el decisivo efecto que sus unidades bien entrenadas y bien cohesionadas tenían ante fuerzas numerosas pero compuestas por niños-soldados y rebeldes con escaso entrenamiento. Así destaca el papel en la guerra de los entrenadores Bae Hawk Mk.60 realizando misiones de ataque ligero o  el empleo de los CASA C212 Aviocar de origen español como bombarderos de fortuna, guiados hasta el objetivo mediante un GPS de mano y lanzando bombas por la rampa.

Bae Hawk Mk.60

Bae Hawk Mk.60 de la fuerza aérea de Zimbabwe, antes de su entrega en 1982. Foto de Kev Slade

C212 Aviocar del 3º Escuadrón de la fuerza aérea de Zimbabwe en 2012

C212 Aviocar del 3º Escuadrón de la fuerza aérea de Zimbabwe en 2012

El libro tiene 64 páginas en formato DIN A4. Pero no debería llevar a engaño. Como ya comprobé en Libyan Air Wars Part 1973-1985, Tom Cooper dota de una enorme densidad a sus libros gracias a su conocimiento de los entresijos profundos del tema que maneja, destacando especialmente el manejo de fuentes directas. Queda al criterio del lector darle validez a las informaciones tan detalladas que Cooper maneja sobre temas tan desconocidos. A mí me parece una obra altamente recomendable sobre un conflicto que pasará ahora a mi canon de las Guerras Posmodernas.

Una última reflexión. Es habitual escuchar cierta narrativa sobre la pobre África saqueada por culpa de la rapacidad de las malvadas empresas occidentales y sus conflictos armados alimentados por la insaciables empresas de los complejos militares industriales occidentales. Aquí tienen un trágico ejemplo de un país africano atormentado por la avaricia de dos políticos africanos. Hablamos de Paul Kagame de Ruanda y  Yoweri Museveni de Uganda, este último presentado como ejemplo del Renacimiento Africano durante los tiempos del presidente Bill Clinton. En cuanto a las armas, la realidad es que el grueso de los grandes contratos multimillonarios son entre países democráticos sin que alimenten ningún conflicto, por ejemplo aviones F-18E y P-8A estadounidenses para Australia. El grueso de las muertos en las “guerras olvidadas” en las dos últimas décadas fueron víctimas de armas y municiones procedentes de países como Bielorrusia, Ucrania, Serbia, Irán y Corea del Norte. Así que no oirán a nadie en España escarbar sobre la Odessa Network porque, ya saben, hablar mal de Putin o Yanukovich es estos tiempos hacerle el juego a la OTAN.