Un proyecto de novela que aparqué

Hubo una época en que gracias al impulso de la editorial De Librum Tremens hubo un mini-boom en España de techno-thrillers, con libros como Frontera de Agua y La Tierra del Sur. La premisa de estos dos últimos era que España entraba en guerra con Marruecos y al final los buenos ganaban. Después de que los militares españoles desarrollaron misiones en Afganistán, Iraq, Líbano y Cuerno de África, la variedad de escenarios y temáticas de las novelas se amplió.

Yo en su momento me quedé dándole vueltas al esquema “el moro taimado ataca a traición pero luego España reacciona y gana”. Y pensé que sería interesante plantear un situación confusa llena de matices y grises. Imaginemos por ejemplo que una serie de disturbios en Marruecos, provocados por una escalada en el coste de la vida, desembocara en un golpe palaciego o un pronunciamiento militar después del cual no se supiera quién gobierna realmente. Llegarían noticias de que Mohammed VI habría sido asesinado o bajo arresto en su palacio. Un grupo de militares con un nombre bienintencionado como Conseil militaire pour la justice et la démocratie anunciaría haber tomado el poder mientras voces desde el Majzen lanzarían mensajes contradictorios sobre la situación. Habría movimientos de tropas por las calles, detenciones, tiroteos aislados y confusión. Llegarían noticias y testimonios de que “se están llevando a gente de sus casas”, “roban a los europeos a punta de fusil”, “por la noche suenan explosiones y tiros”, etc. En esa situación los confidentes, agentes dobles e interlocutores del CNI y gobierno español allí desaparecen.Dejan de contestar al teléfono y al correo electrónico. Imaginemos a ese diplomático español, que todas las semanas departe con un alto cargo del gobierno del que tras escucharle por teléfono un escueto “no puedo hablar ahora, te llamo luego” no vuelve a saber más.

Con muchos ciudadanos españoles residiendo en Marruecos, donde hay importantes intereses económicos españoles que van desde fábricas al turismo, el gobierno español trataría de organizar la evacuación de aquellos que lo solicitasen. Se pondría, como siempre, en alerta un vetusto Boeing 707 del Grupo 47 o quizás un Airbus A310 del Grupo 45. Pero los aeropuertos marroquíes estén cerrados. Y hay que preparar una operación de evacuación de civiles, una  “Non-combatant evacuation operation” (NEO) de toda la vida. De las que todos los ejércitos de la OTAN practican todos los años.

Pero pensemos que la crisis que azota el Magreb es mundial y en España ha llevado a una crisis del bipartidismo del que surge un gobierno débil sin mayoría absoluta en las últimas elecciones. A ese gobierno le toca ordenar una operación militar que se coordina con Francia, otro país con intereses y una comunidad de expatriados en Marruecos. Lo lógico es que en el caso español le toque a la Armada Española y a la Infantería de Marina. Imaginemos que haya que desembarcar en Tánger y tomar su aeropuerto, al lado del mar, para asegurar la evacuación de los ciudadanos de la Unión Europea. Pero en esto pasan dos cosas. Los soldados españoles se encuentran que civiles marroquíes se agolpan en la puerta del aeropuerto suplicando que les lleven a ellos también o que al menos los españoles no se vayan y mantengan la seguridad del perímetro para poder refugiarse. Porque según pasan los días hay combates en todo el país, ha estallado una represión brutal contra partidarios reales o imaginarios del otro bando con los islamistas sacando tajada de la situación. Ahí surge el primer dilema, que al menos es moral. ¿Evacuar a unos porque tienen pasaporte comunitario y condenar a la muerte a otros? La segunda cuestión es que la intervención de Francia no es neutral. Las tropas francesas no están allí sólo para rescatar a ciudadanos franceses sino para asegurarse que el poder quede en menos de un gobierno alineado con los intereses de París, lo que no necesariamente es lo mejor para el futuro del país y por ende para España, que es el país vecino.

Y ahora viene lo gracioso. Todo esto lo pensé en aquel entonces. Hace muchos años. Frontera de Agua y La Tierra del Sur fueron publicadas en 2005. Así que calculen. En aquel entonces me pareció que meter en una novela algo parecido a la Primavera Árabe era demasiado forzado. Imaginen lo rocambolesco que me pareció entonces la idea de imaginar el fin del bipartidismo en España. En aquel entonces no pensé en nuevos partidos, UPyD apareció en 2007, sino en el habitual apoyo en los partidos nacionalistas periféricos.

Nunca escribí la novela porque me pareció que sería un esfuerzo inútil considerando que lo habitual es que esta novelas sean de cientos de páginas y la iban a leer cuatro frikis. Por ejemplo, La Tierra del Sur, tiene más de 600. Considerando que la iban a leer aficionados a los temas militares, tenía que ser precisa y realista. Llegué a pensar en viajar a Tánger (miré en su momento vuelos low-cost) para conocer el lugar. Todo me hubiera llevado mucho tiempo documentarme para algo que me habría dado pocas satisfacciones. A pesar de ello tomé una cuantas notas en su momento, definí el dramatis personae, esbocé unas cuantas parte de la trama  y tenía claro que iba a ser muy diferente de las novelas publicadas hasta entonces.

Ahora pienso que no tiene mucho sentido escribirla. ¿Una novela en la que estalla una guerra civil en Marruecos tras la Primavera Árabe y a un gobierno español débil por el fin del bipartadismo le toca tomar la decisión de intervenir? ¡Vamos, hombre! Qué falta de originalidad…

El caso Matisyahu: En España con los judíos siempre es diferente.

Si debemos o podemos separar el disfrute de una obra de arte de las consideraciones que tengamos sobre su autor es un debate viejo. Ahí está el caso de Wagner y su rechazo en Israel. Este fin de semana pasado hubo follón a cuenta del festival de reggae Rototom Sunsplash, que celebra su 22ª edición y está teniendo lugar en Castellón. La organización decidió sacar del cartel a un artista tras una campaña de presión en contra. No creo que sea la primera vez que pasa en España. Pero resulta que el artista es judío. Y el asunto ha tenido todos los ingredientes de estupidez e ignorancia que cobran protagonismo en España cuando se trata de atacar a Israel y los judíos.

Matisyahu (nacido Matthew Paul Miller) es un cantante de reggae nacido en Estados Unidos que incursiona además en otros estilos afines. Ha alcanzado notoriedad con su música pero en los comienzos de su carrera llamaba la atención por pertencer a la comunidad jasídica Chabad-Lubavitch. Su apariencia era la que asociamos a los judíos ortodoxos mientras en sus canciones aparecían bastantes referencias religiosas. Por ejemplo, en su clásico “King without a crown” menciona la vuelta del Mesías. Podríamos hablar de que estábamos ante un fenómeno parecido al de la monja que se presentó a la edición italiana de La Voz o al rock cristiano estadounidense, pero hay dos cuestiones a considerar. Una es que en el judaísmo jasídico, la música y el baile tienen un papel importante, por lo que no hay contradicción alguna en su anterior observancia ultraortodoxa y su dedicación a la música. La otra consideración es que la idea de un judío cantante de reggae es una enorme ironía si entendemos la relación del reggae con el rastafarismo (Arnau Fuentes lo explica magistralmente aquí).

León de Judá en la imagen de perfil de Twitter del festival Rototom Sunsplash

León de Judá como logo del festival Rototom Sunsplash

El rastafarismo, religión nacida en Jamaica y practicada por figuras del reggae como Bob Marley, toma la historia de la esclavitud en Babilonia del pueblo judío como metáfora de la experiencia de los negros en América. Sin ir más lejos, encontramos que la imagen del perfil de Twitter del festival Rototom Sunsplash muestra al León de Judá, símbolo judío y rastafari, sobre los colores de la bandera de Etiopía, la Tierra Prometida de los rastafaris. El León de Judá aparece también en una canción de Bob Marley,  publicada postumamente en 1992: “Iron Lion Zion”. La referencia a Sión aquí es metafórica, pero en la práctica, artistas como Ziggy Marley (hijo de Bob Marley) o Alpha Blondy (autor de canciones como “Jerusalem” y “Massada”) han expresado su conexión con Israel. Ziggy Marley, casado con una israelí, ha actuado en Israel y rechazado el boicot de algunos artistas al país. Mientras que Alpha Blondy en un visita a Israel comentó su “profunda conexión espiritual con Israel“. Ambos cuentan que con su música tratan de expresar ideas de paz y hermandad, algo que por ejemplo encontramos en la canción de “One day” de Matisyahu (y que el festival Rototom Sunsplash trata de difundir con su lema Peace Revolution). Creo que con esto ha quedado claro el “espíritu” de la música reggae y la postura de sus figuras hacia Israel.

Así que llegamos a que Matishyahu debía aparecer en el festival Rototom Sunsplash en Castellón. Pero el grupo local del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) contra Israel, BDS País Valencià, montó una campaña para presionar a la organización del festival para que no actuara. Aquí tienen el cartel de la campaña.

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Se trata de un cartel donde evidentemente no se puede desgranar el contenido y sustancia de la acusación contra Matisyahu de ser “cómplice de las políticas genocidas del estado de Israel” pero la elección de una cita suya es significativa. La frase más terrible y vergonzante que encontraron de Matisyahu para poner en un cartel es “Nunca ha existido un país llamado Palestina”. Que resulta que es cierta.

Nunca ha existido un estado-nación llamado Palestina, como nunca hubo uno llamado Iraq o Mauritania hasta el siglo XX. Son todo productos contingentes de la Historia. Pudo haberse proclamado el estado de Palestina en 1948 si se hubiera aceptado pacíficamente la partición de la ONU o pudo nunca haber existido un nacionalismo palestino de haberse diluido Gaza y Cisjordania en Egipto y Transjordania respectivamente tras la guerra. Nunca ha existido un país llamado Palestina es tan cierto como que nunca ha existido un país llamado Sáhara Occidental o Euskadi, más allá de lo que uno piense sobre la posibilidad o derecho a su existencia futura como países independientes.

Curiosamente, el “nunca ha existido” se convirtió para la prensa española en un “no existe” y en la confusión Matisyahu pasó de ser un cantante estadounidense judío a ser ciudadano israelí.

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Captura de pantalla vía Masha Gabriel.

Encontramos el mismo fallo en una noticia en LaSexta.com con origen en la agencia EFE, que también reproduce El Heraldo de Aragón. Supongo que es perdonable que las agencias, cuyas noticias reproducen muchos medios, se equivoquen en un titular sobre la nacionalidad de un artista. Al fin y al cabo cierto periodista español envió una vez una crónica desde Israel, cambiándole el género a un artista local, prueba de que copió y pegó de otros medios sin saber de quién hablaba. Pero cambiarle la nacionalidad a Matisyahu tenía en este caso una connotación importante. La campaña contra Matisyahu giraba en torno a sus opiniones sobre un país que no es el suyo. Así que o bien se estaba transmitiendo la idea de que el boicot era justificable por tratarse de un cantante israelí o se trataba de ocultar que se le reprochaban sus opiniones sobre un país al otro lado del planeta.

La bola de nieve creció. Y la acusación contra Matisyahu pasó del “Nunca ha existido un país llamado Palestina” a “Palestina no existe”. Váse por ejemplo este titular de Jenesaispop.com

Matisyahu se cae del Rototom Sunsplash tras supuestamente afirmar que “Palestina no existe”

La frase aparece también en una noticia de El País, otra de El Mundo, otra de ABC, otra de El Huffington Post, otra de 20 Minutos, etc. Tantos medios repitiendo la misma frase no es casualidad.  ¿Quién puso en circulación esa información? Pues el grupo BDS País Valencià. Véase este artículo “Sólo hay paz con justicia” en Diagonal.

Matisyahu es un cantante reggae estadounidense judío que dijo que “Palestina no existe”, que era “amante de Israel” o que el asalto a la Flotilla de la Libertad en 2010 estaba justificado.

Se trata de algo curioso. O bien el grupo BDS País Valencià se equivocó al diseñar el cartel de la campaña y atribuyó equivocadamente a Matisyahu la frase “Nunca ha existido un país llamado Palestina” (en las versiones en castellano y valenciano), o bien una vez obtenida la atención mediática con su campaña decidió tergiversar las palabras del artista para hacerlas tremebundas. “Nunca ha existido un país llamado Palestina” es un hecho histórico. “Palestina no existe” es un eslogan. ¿Qué fue lo que Matisyahu dijo? Lo explica Zack Beauchamp en Vox.com. Me llevó 5 segundos encontrarlo en Google. Todo viene de una entrevista de 2012, en la que Matisyahu dijo “as far as I understand, there was never a country called Palestine“. Por lo tanto, resulta evidente que el grupo BDS País Valencià tergiversó las palabras de Matisyahu en su artículo “Sólo hay paz con justicia”. El caso es que los periodistas españoles se limitaron a hacer un copia & pega sin molestarse en averiguar qué dijo en realidad Matisyahu o ni siquiera comprobar datos básicos sobre él.

Las otras dos acusaciones contra Matisyahu que hace el grupo BDS País Valencià tampoco tienen desperdicio: amar a Israel y considerar justificado el asalto a la Flotilla que pretendía llegar a Gaza. Considerar lo primero como una razón para excluir a alguien del festival Rototom Sunsplash hubiera dejado fuera a Ziggy Marley, que resulta que actuó en 2011 en el escenario principal. Sería interesante saber si en aquel año hubo un llamamiento a un boicot contra él. Sobre lo segundo, es una aburida cuestión de Derecho Internacional Público y leyes marítimas que no necesariamente los miembros del grupo BDS País Valencià tienen que conocer, aunque sería recomendable que conocieran antes de juzgar las palabras de Matisyahu.

Zack Beauchamp en su artículo de Vox.com recoge distintas declaraciones de entrevistas a Matisyahu donde se comprueba que mantiene un perfil apolítico. “My whole purpose is to bring people together”, dijo, distanciándose incluso del sionismo militante. Sin dejar de lado su opinión sobre asuntos concretos, a las que añade declaraciones como “I’m not going to claim that I have the answer or the truth or the right knowledge”.

Llegados a este punto queda defender la libertad de un promotor de espectáculos de contratar a quién quiera en función de sus simpatías músicales, personales o políticas. Pero tratándose de un macrofestival que recibe ayudas, apoyos y colaboraciones de instituciones públicas creo que los organizadores deberían haber obrado de otra forma. Y es que hay que constatar el papelón  hecho. El director del festival denunció públicamente las presiones sufridas para sacar del cartel a Matisyahu, luego la organización sucumbió a ellas para finalmente rectificar e invitar de nuevo al cantante.

Todo este asunto ha derivado en acusaciones de antisemitismo de nuevo cuño contra los partidarios del boicot a Matisyhau. Tuve algunos intercambios de opinión al respecto, en los que defensores del boicot a Matisyahu o bien negaban que el asunto tuviera que ver con que Matisyahu sea judío o directamente lo convertían en moralmente responsable de las cosas que pasan en Israel. La clave aquí es el doble rasero. ¿Se aplica el mismo celo moral y político a todos los artistas en un festival donde actúa un cantante condenado por violación que tenía prohibida la entrada en el Reino Unido y otro, autor de letras homofóbicas donde se habla de matar a homosexuales? No es un asunto trivial. La homofobia es un elemento muy extendido en géneros jamaicanos como el dancehall que tienen un espacio propio en el festival. Al menos en Canadá los activistas LGBT son tan civilizados que reconocen que los cantantes tienen derecho a ganarse la vida pero el público “debe ser consciente a qué clase de artistas están apoyando”.

La organización del festival Rototom Sunsplash trató de curarse en salud pidiéndole una declaración política a Matisyahu para mantenerlo en el cartel. ¿Se le exigió al resto de cantantes algún tipo de declaración a favor de los derechos LGTB o como en el caso del festival de reggae de Edmonton el pasado mes de julio se les pidió que no interpretaran canciones homofóbicas? Sería curioso saber si los miembros de la organización entendieron la letra de las canciones que los artistas jamaicanos interpretaron en el festival  y pueden asegurar que no ha habido mensajes homofóbicos.

El caso Matisyahu supone una escalada del movimiento BDS, que merece un análisis detallado sobre objetivos declarados y reales. De atacar a instituciones y personajes israelíes se ha pasado a atacar a un judío estadounidense, tibio en lo político, que profesa ideas que les resulta antipáticas, lanzando una campaña del que la prensa española se ha convertido en herramienta acrítica. Habrá que seguir atentos la evolución de sus ataques. La cuestión, es que en España con los judíos siempre es diferente.

“Breve Historia de la Guerra de Ifni-Sáhara” de Carlos Canales y Miguel del Rey

Hace poco me encontré con un libro sobre la muchas veces llamada “guerra olvidada”. Breve Historia de la Guerra de Ifni-Sáhara 1957, la última guerra española de Carlos Canales y Miguel del Rey ocupa un vacío bibliográfico, como atestigua que tuviera una segunda edición, sobre un tema que ha sido tratado principalmente a través de obras que recogen testimonios personales, memorias y estudios del papel de unidades militares concretas.

El libro, publicado por Nowtilus a través de su colección Breve Historia, tiene las pegas típicas de los libros españoles de historia militar con carácter divulgativo, que dan una impresión de edición algo descuidada. Hablamos, por ejemplo, de las erratas. Desde “algibe” por “aljibe” a ese misterioso avión MD-115 que busqué y busqué hasta caer en la cuenta que se refería al  MD-315. Dicho lo cual, podemos decir que estamos ante un libro exhaustivo dentro de lo “breve” y bastante ameno. Además, los autores se detienen a comentar las perspectivas opuestas sobre algunos hechos que ofrecen algunos autores, lo cual enriquece el relato.

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Los autores nos ofrecen la historia de la colonización de la África Occidental Española (el enclave de Sidi Ifni, la franja de Tarfaya y el Sáhara Occidental) y el contexto del conflicto. Ya a esas alturas empieza el lector tener la impresión que la guerra de Ifni fue uno de esos casos en los que la política exterior española “brilló” como acostumbra. Cuentan los autores que ante los vientos nacionalistas que barrieron el Magreb, la postura española fue mirar para otro lado porque afectaba negativamente a los intereses franceses. Es decir, se actuó bajo el principio “todo lo que sea malo para Francia, es bueno”.  Recuerdo que algo parecido se hizo con la OAS, lo que llevó a Francia, según algunos, a pagar con la misma moneda con ETA. Pero esa es otra historia. La cuestión es que para el caso del incipiente nacionalismo marroquí fue un error, porque una vez Marruecos alcanzó la independencia en 1956 las miras del rey Mohammed V se pusieron en el enclave de Sidi Ifni.

Si España era entonces un país pobre, el recién independizado Marruecos era un país paupérrimo. Así que Mohammed V rehuyó una confrontación directa. Usó lo que hoy llamaríamos un “proxy”, en este caso una fuerza insurgente. La guerra comenzó el 23 de noviembre de 1957 con ataques a los numerosos puestos que guardaban la frontera con Marruecos. Y aquí entra en juego la “memoria histórica” de los militares españoles y el recuerdo de la Guerra del Rif, en la que puestos aislados fueron cayendo una tras otro hasta terminar en el Desastre de Annual. Así que la orden fue evacuar las pequeñas guarniciones para atrincherarse en Sidi Ifni, dejando el interior del territorio en manos de los insurgentes marroquíes mientras se producían deserciones de los miembros nativos de la policía.

A pesar de que se habla de la “Guerra de Ifni”, el conflicto tuvo un segundo escenario: el Sáhara Occidental, donde se repitieron los acontecimientos de abandono de guarniciones y deserciones. Las fuerzas armadas españoles se vieron incapaces de recuperar el territorio perdido ahora en manos de los insurgentes, así que hubo de negociarse la colaboración francesa. La derrota de las fuerzas insurgentes marroquíes vino en una campaña franco-española en el territorio del Sáhara mediante el empleo de aviación y fuerzas mecanizadas en febrero de 1958, la conocida como Operación “Teide”/”Écouvillon”. Simultáneamente fuerzas llegadas de la Península y Canarias limpiaron de insurgentes el enclave de Sidi Ifni. El avance de columnas móviles precedidas por el lanzamiento de paracaidistas me recordó a la “Maniobra Aeroterrestre en Profundidad” aplicada por los franceses durante la Operación “Serval” en Mali.

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A pesar de la derrota de los insurgentes marroquíes, al término del conflicto se entregó a Marruecos la franja de Tarfaya. El enclave de Sidi Ifni se entregó en 1969 bajo el eufemismo  de “retrocesión”. En la práctica España sólo volvió a controlar poco más que un perímetro alrededor de la ciudad.

El interés de Francia en ayudar a España no queda muy claro en el libro, pero es de suponer que tuvo que ver con que Marruecos incitó a la rebelión contra España una serie de tribus que se extienden desde Mauritania al sur de Marruecos, lo que podría afectar a los territorios en manos francesas (véase el primer mapa). El asunto tribal recorre todo el libro y deja en el final del relato de los acontecimientos la puerta abierta al conflicto del Sáhara.  La cuestión es que en 1957 no existía el nacionalismo saharaui y los habitantes del Sáhara Occidental mataron y murieron para unirse a Marruecos. La absoluta contingencia de la causa saharaui y su irrupción de última hora ya la explicó José María Lizundia en El Sáhara como metarrelato.

Uno de los asuntos que llama la atención todo el tiempo y en el que insisten los autores del libro es la enorme precariedad de medios de las fuerzas españolas. En 1953 se habían firmado los acuerdos con Estados Unidos, que permitieron la llegada de material de guerra moderno al país. Pero Washington se reservó derecho a veto sobre su uso y la Guerra de Ifni era vista como una guerra colonial. El Ejército del Aire español, que contaba ya entonces con reactores F-86 y T-33, se vio obligado a emplear los desfasados Casa 2111 e Hispano Aviación HA-1112, versiones españolas de los Heinkel He-111 y Messerschmitt Bf-109 respectivamente. Se contó con el apoyo de fuego de buques supervivientes de la Guerra Civil. Hay en el libro varios ejemplos de ataques aéreos y navales que no dieron “ni a tres montados en un burro”.

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Un CASA 2111 “Pedro” tras un aterrizaje forzoso en Sidi Ifni. (Foto: Ejército del Aire).

Si los medios aéreos parecían sacados de los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, el aspecto de las fuerzas terrestres no era mejor, con soldados en alpargatas y fusil Máuser. Escaseaban los vehículos todetereno y camiones. Las radios fallaban o no tenían alcance. Por no hablar, de la logística, con problemas para entregar agua y comida variada a la tropa que vivía en condiciones de vida miserable. El estado de las fuerzas armadas no sólo era un reflejo de la situación de España en la posguerra, sino el producto de la desidia del régimen.

Ante el panorama relatado, la intervención francesa fue decisiva. Además, Francia fue el origen de materiales estadounidenses ya de tercera mano, como los blindados M-8 Greyhound y los aviones T-6 Texan, que se pudieron usar sin restricciones. Los autores plantean que hubiera sido de aquellos territorios de no haber intervenido Francia. Un idea que también planteó José María Lizundia en su libro. Pudo haber sucedido que el Sáhara Occidental hubiera sido absorbido por Marruecos entonces y nunca hubiera nacido el Frente Polisario.

El libro relata unos hechos de armas olvidados y que las operaciones en lugares como Afganistán o Mali ponen de nuevo de actualidad. Me pareció interesante conocer el contexto completo de los hechos que convirtieron en héores a nombres como el teniente Ortiz de Zártate (que da nombre a la III Bandera Paracadista) o Maderal Oleaga (que da nombre al XIX Grupo de Opeaciones Especiales). Y tal como los autores dicen, son unos acontecimientos necesarios de conocer para entender las relaciones con Marruecos.

“El Fénix Islamista” de Loretta Napoleoni

9788449331091El Fénix Islamista: El Estado Islámico y el resideño de Oriente Próximo de Loretta Napoleoni es su retorno al tema del yihadismo después de haber publicado varios libros sobre temas como la crisis económica y el modelo chino. Recordemos que en 2004 se publicó en España Yihad: Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía. El presente libro le debe parte su enfoque a aquel otro. Aquí encontraremos, otra vez, un recuento del origen del Estado Islámico, explicaciones de la fractura suní y chií, explicaciones del origen del islamismo a partir de Sayyid Qutb, etc. El libro, como todos los textos sobre el tema, está lleno de frases sobre el uso que hace el Estado Islámico de las redes sociales para difundir su propaganda y captar adeptos, además de cómo ha desarrollado importantes fuentes de financiación. Los párrafos al respecto me han sonado a más de lo mismo y me gustaría leer por una vez un estudio profundo sobre esos temas con métricas y datos.

Así que para mí,  lo verdaderamente interesante del libro, es todo aquello que aporta de nuevo y original frente a otros (este es el tercero que leo del tema tras haber leído un montón de artículos). En este caso Napoleoni reflexiona y ahonda en cómo el Estado Islámico se ha convertido en un gobernante legítimo a ojos de la población, que ha sufrido la intimidación, los robos y la violencia de los grupos armados que han proliferado en Siria en medio de la guerra. Así, lo que desde fuera se percibe como una autoridad brutal resulta un alivio tras años de desgobierno allí donde el Estado colapsó. Recordemos la experiencia del auge de los talibán en Afganistán en sus comienzos y la aparición de los “tribunales de la shariá” en Somalia. Además, el Estado Islámico ha procurado operar como un estado funcional que proporciona servicios a sus ciudadanos. Napoleoni habla de “estados caparazón” (shell-state, en el original).

Por momentos el libro me recuerda la perspectiva de los africanistas posmodernos españoles, que plantean que los señores de la guerra son los constructores de una nueva modernidad africana como la Guerra de los Treinta Años precedió a la consolidación de los modernos estados europeos. Napoleoni se llega a plantear si en un futuro Occidente debería limitarse a reconocer al Estado Islámico y apunta, nada menos, que las campañas de exterminio de minorías son una vía para la homogenización nacional que aporte estabilidad.

Al contrario que el libro de Patrick Cockburn, este no se trata de un libro escrito por un autor con experiencia sobre el terreno. Napoleoni cita varias veces a la periodista italiana Francesca Borri. Menciona que se ha movido por Siria cubierta de pies a cabeza y sin ningún material que la identificara como periodista, mencionando el contraste con la forma habitual de los periodistas occidentales de moverse en vehículos con la escolta de grupos armados y exponiéndose a ser secuestrados. Una experiencia tristemente repetida en el caso de los periodistas españoles.

Napoleoni ahonda en dos cuestiones para explicar la aparición del Estado Islámico. Una es el colapso de los estados-nación de Oriente Medio. La otra es las posibilidades que ofrece la globalización para la supervivencia de autoridades para estatales. Justo esos dos temas los traté en mi libro, dedicando un capítulo a cada uno. Sorprendentemente el capítulo se titula “Guerras premodernas contemporáneas”. Estarán de acuerdo que hay una forma más sencilla de expresar el concepto: Guerras Posmodernas.

“Diario de la Guerra del Congo” de Vicente Talón

Vicente Talón fue reportero del diario El Correo Español-El Pueblo Vasco de Bilbao primero y luego del diario madrileño Pueblo. Mi generación le conoce como cofundador y director de la histórica revista Defensa. Diario de la Guerra del Congo es una reedición de 2013 de un libro publicado originalmente en 1976. El libro aborda la Crisis del Congo (1960-1965), que cubrió sobre el terreno, dedicando su segunda parte a la participación en el conflicto de mercenarios españoles.

1491594_557149781030323_1750228082_nDiario de la Guerra del Congo se nutre de las crónicas firmadas y los apuntes tomados por Vicente Talón en aquel entonces, la primera mitad de la década de los años 60.  El paso del tiempo es apreciable en el lenguaje y por observaciones sobre las poblaciones locales que escandalizarían a los actuales africanistas españoles, posmodernos la mayoría de ellos. En el prólogo a esta edición Vicente Talón hace referencia a las “matanzas en masa y asesinatos horripilantes” que ocurrieron en el Congo y que décadas después se repetirían en los Balcanes. Esa apreciación coincide precisamente con mi motivación para leer el libro.

Después de leer Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970, obra de Peter Baxter,  empecé a preguntarme si no deberíamos replantearnos la novedad en África de las llamadas “Nuevas Guerras”, en los términos de Mary Kaldor, cuando contrastamos la Crisis del Congo y la Guerra de Biafra con la Segunda Guerra del Congo, que Tom Cooper abordó en un libro que reseñé aquí. Me refiero al patrón común de conflictos intraestatales altamente internacionalizados donde se cometen violaciones de los derechos humanos de forma sistemática, los bandos se alinean según afiliaciones étnicas y aparecen señores de la guerra y mercenarios.

Al igual que en ¡Sálvese quien pueda! de Javier Nart, nos encontramos las divisiones étnicas y tribales sobre el terreno de un conflicto africano que según la lógica de la Guerra Fría ordenaba los bandos por definiciones ideológicas. De hecho, por el Congo pasaron desde pilotos cubanos exiliados al servicio de la CIA al Che Guevara. Vicente Talón recoge el testimonio de un europeo que identifica a líderes y bandos por afiliaciones tribales, tal como encontraríamos luego en las luchas anticoloniales de Angola o Rhodesia.

Si el retrato de la población local quizás escandalizaría a los anclados en el concepto del buen salvaje, Vicente Talón hace un retrato demoledor del orden colonial belga y de la población blanca que lo sustentó. También desmitifica acciones militares como la Operación “Dragon Rouge”, que tuvo una ejecución torpe y pudo haber salvado más vidas. Evidentemente ambas cuestiones, la realidad social del antiguo Congo Belga y el carácter poco brillante de la Operación “Dragon Rouge” es algo que no encontrarán en la bibliografía al uso. Tampoco los mercenarios de Jean Schramme y Mad Mike Hoare salen bien parados. Esa es la gran novedad que aporta esta libro, una mirada neutra que levanta acta de lo que allí pasó sin adornar el fanatismo, la cobardía y la barbarie desplegadas por quienes en otros relatos de los hechos son heroicos luchadores anticoloniales o intrépidos aventureros occidentales.

La segunda parte del libro aborda la experiencia del 2º Choc del 6º Commando, encuadrado por españoles desplegados en el Alto Uele. A diferencia de otros mercenarios europeos y sudafricanos, los españoles del 2º Choc trataron de mantener una disciplina militar y procuraron tratar al personal nativo de una forma correcta. Las acciones de asistencia a la población civil llevadas a cabo las encuadraríamos hoy en día en la Cooperación Cívico Militar. El resultado fue, cómo no, muy diferente al alcanzado por otras unidades. Pero el personal fue siempre escaso para una área de operaciones tan grande y al final, el 2º Choc fue engullido por la dinámica de golpes y revueltas del país. Su líder y dos oficiales más terminaron fusilados por el nuevo régimen de Mobutu Sese Seko.

Un último apunte. Por el libro desfilan tangencialmente nombres que luego serían conocidos, como el de Laurent Kabila. Cerca del final del libro Vicente Talón cuenta su encuentro con un veterano del 2º Choc que participó en 1967 en un fallido intento de crear un segundo frente durante el motín de los mercenarios liderados por Jean Schramme. El interlocutor de Vicente Talón le echa la culpa al organizador de la expedición, el mismísimo Bob Denard, del que sospecha que en realidad actuaba en connivencia con el régimen de Mobutu Sese Seko. Treinta años más tarde, los hombres de Bob Denard trataron de organizar sin éxito la defensa del régimen de Mobutu frente al avance de las tropas de Kabila.

El futuro eléctrico

El otro día en las jornadas Tenerife Isla Colaborativa coincidí en la mesa redonda con alguien que cree en el pico del petróleo. Habló de que hace pocos años se cruzó ese punto en el que el petróleo que queda por extraer del subsuelo es inferior al que la Humanidad ya ha consumido. La solución pasaba por renunciar a seguir creciendo económico, lo que se conoce como Decrecionismo. Uno de sus comentarios me llamó la atención. Dijo que era ingenuo confiar en que la tecnología mágicamente nos salvaría del destino catastrófico que nos aguarda. Y me llamó la atención porque la tecnología ya nos ha abierto el camino hacia una menor dependencia del petróleo. Es una revolución incipiente cuyos primeros síntomas son ya evidentes.

La primera pista de la revolución energética la ofrece el coche eléctrico. Evidentemente hablamos de la irrupción en el mercado del Tesla S, un coche eléctrico que aúna prestaciones y diseño. Recordemos que ya en los años 90 se lanzó el General Electric EV-1. Hay un documental, Who Killed the Electric Car?, sobre su fracaso. El EV-1 tenía una autonomía de 120km. La versión de más autonomía del Tesla S alcanza 426km. Y su aceleración se ha hecho famosa.

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Tesla S en Noruega

Los coche eléctricos han dejado de ser juguetes caros o engendros, para ofrecer una experiencia de conducción superior que en un coche de motor de combustión. La tecnología seguirá evolucionando y llegará el momento en que el coche eléctrico ofrezca más prestaciones costando menos que un coche de motor de combustión, que será una reliquia del pasado como las locomotoras de vapor. El Tesla S es una berlina premium pero el siguiente coche de Tesla será más económico. El primer surtidor eléctrico de Tesla ya funciona en la provincia de Gerona. El camino está marcado.

La siguiente cuestión es la producción de energía. Pensar en el coche eléctrico como un vehículo ecológico es completamente erróneo si no tenemos en cuenta de dónde procede la energía eléctrica que lo alimenta. Pensemos en un coche eléctrico que recarga sus baterías enchufado a una red que se alimenta de una central nuclear o de ciclo combinado (donde se quema gas natural). La revolución vendrá cuando se generalice el uso de coches eléctricos que recarguen sus baterías con energías renovables.

Ahora mismo la energía fotovoltaica ha alcanzado tal desarrollo que es competitiva sin necesidad de primas o subvenciones. En noviembre de 2013, Sara Acosta escribía en el periódico Cinco Días: “Los avances de la tecnología solar fotovoltaica han reducido los costes hasta un 80% en los últimos cinco años”.  Pocas semanas después se conectaba a la red en la provincia de Sevilla la “la primera planta solar de España sin primas”.

En España los problemas de la energía fotovoltaica tienen que ver con la normativa y las primas. El resultado es que según Nuri Palmada, la responsable de proyectos de la cooperativa Som Energia, a pesar de que España disfruta de 65% más de irradiación solar que Alemania, en esta última se produce un 600% más de energía fotovoltaica que España. Lo afirmó durante la presentación del proyecto de una nueva planta fotoeléctrica en la provincia de Sevilla, que se llevará a cabo sin primas y afrontando el nuevo impuesto de 7% a la producción fotoeléctrica.

Así que es obvio imaginar que el desarrollo tecnológico de las energías fotoeléctrica, eólica, maremotriz, etc. seguirá su curso y en un futuro serán más competitivas que otras fuentes. Pero se enfrenta a un problema. La producción de energía fotoeléctrica o eólica no es continua. Es el gran obstáculo que siempre se cita entre los escépticos. Pero nos encontramos que el desarrollo del coche eléctrico ofrece la solución. Las baterías de Tesla Motors han alcanzado tal desarrollo que ha lanzado un modelo de bajo costo para ser instalados en los hogares, la Tesla PowerWall. El propósito es almacenar la energía eléctrica generada por fuentes renovables.

En 2013, del total de productos petrolíferos consumidos en España, un 65% era destinado en transporte. Así que la introducción del coche eléctrico tendría un impacto enorme. Ahora imaginemos un mundo donde todos los hogares tuvieran electricidad procedente de plantas o fuentes de energía renovable y tuvieran baterías para almacenarlas. Y todos los coches eléctricos fueran eléctricos. Es previsible que el actual desarrollo tecnológico nos lleve a ese mundo. El consumo de hidrocarburos decaerá y por tanto el horizonte de uso de las reservas de hidrocarburos se alejará más en el tiempo. El precio del petróleo bajará irremediablemente. Imaginen las consecuencias de ello para Rusia, Irán y Venezuela.

Pablo Iglesias entrevista a Manuel Castells

Hace poco hice mención a mi charla sobre la llegada de la sociedad red aquí en Tenerife. Mencioné a Manuel Castells, el sociólogo español vivo más distinguido e influyente. Y resulta que Pablo Iglesias lo entrevistó hace poco en su programa.

Debe ser la primera vez que veo una entrevista de una hora a Manuel Castells, lo que refleja el estado de nuestra televisión y las oportunidades que ofrece Internet para ser alternativa. La entrevista es bastante interesante por dar a conocer la trayectoria del personaje, que comienza de revolucionario no comunista en Barcelona y debe exiliarse a París. Allí se convierte en profesor en el Departamento de Sociología en la Universidad de Nanterre, donde arrancó el Mayo del 68. Castells fue, de hecho, profesor de Daniel Cohn-Bendit (Dany “el Rojo”).  Castells coincidió en el Departamento de Sociología con Alain Touraine, autor en 1969 de La Sociedad Post-Industrial. Castells vuelve a España durante la Transición pero termina comprendiendo que lo suyo no es la gestión política, sino la vida académica. Así que acepta irse a la Universidad de California en Berkeley, donde se encuentra con Sillicon Valley y el movimiento gay de San Francisco, lo que marcaría su trayectoria de estudiar la naciente sociedad de la información y los nuevos movimientos sociales.

En la entrevista, cómo no, Pablo Iglesias se explaya en dar su opinión y ofrecer sus análisis buscando demostrar lo mucho que sabe y la aprobación del maestro. Hay una intervención suya más largo que el resto donde expresa su análisis sobre los límites de la lucha política en un mundo globalizado donde el Estado tiene un poder decreciente. Resulta que en 1999-2000 Pablo Iglesias y yo habíamos llegado a las mismas conclusiones. Hubiera sido curioso haber coincidido con él en aquel entonces porque no hubiera estado más que de acuerdo con su crítica a los paleo-marxistas.

Hay una diferencia fundamental entre Manuel Castells y Pablo Iglesias. El primero adopta la posición del observador que simpatiza con los movimientos sociales. El segundo quiere conquistar el poder político con un partido. Pablo Iglesias no deja de ser en el fondo un marxista-leninista y la tensión entre eso y las bases del partido que ha construido generará crisis de forma recurrente.

Tortura

John Oliver es un humorista británico que se hizo popular en Estados Unidos como colaborador en el Daily Show with John Stewart. En el programa explotó la viz cómica de su acento británico, como en aquel sketch sobre Oriente Medio que comenté aquí. Fue elegido para presentar el programa cuando Jon Stewart se fue un verano a rodar una película a Jordania y superó con creces el reto. Ahora presenta el suyo propio, Last Week Tonight en el canal HBO. Aborda todas las semanas una cuestión social que desmenuza aplicándole sentido común y del humor. Hace poco habló de la publicación del informe sobre torturas publicado por el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense.

El informe confirma algo que ya sabíamos por Ali H. Soufan, que aficionados aplicaron torturas a miembros de Al Qaeda sin obtener información veraz alguna. El asunto me ha hecho pensar sobre una conversación que tuve hace poco con un amigo sobre la Nueva Guerra Fría. Tras mi explicación, me comentó que al fin y al cabo teníamos dos bloques moralmente equivalentes ya que estaban movidos en última instancia por intereses particulares. Yo creo que hay de hecho una diferencia a pesar de las atrocidades que pueda cometer Estados Unidos. Y es que al menos en el bloque occidental hay una conciencia crítica y libertad de expresión.

Pensemos en la hipocresía que significó la indignación de las opiniones públicas árabes por el escándalo de los abusos cometidos de la prisión Abu Ghraib. Si llegamos a conocerlos fue porque había una investigación oficial en marcha y una prensa capaz de cuesionar el poder que dio a conocer el escándalo. Las torturas son sistemáticas y extensivas en las prisiones de los países árabes pero rara vez es tema que provoque movilizaciones. Véase si no, la indiferencia generalizada antes las revelaciones hechas por la fuente denominada “César” de las barbaridades que suceden en la Siria de Bashar Al Assad, el mismo al que apoya el Partido Comunista de España en Madrid.

Una lectura complementaria

Recientemente hice una reseña de tres libros sobre los voluntarios no alemanes que combatieron en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial, con especial atención a los provenientes de ciertas repúblicas de la Unión Soviética (Rusia, Ucrania y las repúblicas bálticas). Los tres libros tenían como autor o coautor a Carlos Caballero Jurado, prolífico historiador español especializado en el Frente del Este. Es toda una autoridad en la materia, aunque no es difícil leer entre líneas y detectar cierta simpatía hacia los combatientes anti-comunistas. Así que durante la lectura de sus libros me entró la duda si la suya no era una versión aséptica en la que habían quedado fuera los hechos más reprobables o cuestionables. Que sólo se mencionaran aspectos negativos en el libro del que era coautor me dejó la duda. Así que me hice recientemente con Las legiones de voluntarios y otras divisiones de las SS: de la 24ª a la 38ª de Gordon Williamson (traducción de RBA de The Waffen-SS (4) 24. to 38. Divisions, & Volunteer Legions publicado originalmente por Osprey)

En este libro se menciona la brigada Kaminski, cuyo líder “llevaba una vida de señor de la guerra feudal mientras sus hombres saqueaban y mataban a placer” (pág. 15). Participó en el Alzamiento de Varsovia, donde “alcanzó simas de depravación que ofendieron incluso a las SS” (pág. 16). De los voluntarios italianos de la Waffen SS, se dice que “algunos oficiales voluntarios y muy motivados abandonaron al ver el ma trato que los alemanes daban a los italianos” (pág. 18). Mención aparte merece la Brigada Dirlewange, formada por convictos alemanes que se dedicaron a toda clase de atrocidades contra la población civil. No entra en la categoría de aliados no alemanes del esfuerzo de guerra nazi pero merece la pena mencionar que todo relato sobre el Frente del Este de la Segunda Guerra Mundial se cruza con crímenes de guerra tarde o temprano.

Con todo esto quiero decir que queda claro, una vez más, que cuando se trata de libros de historia e historiadores es conveniente buscar más de un fuente y contrastar versiones. Una lección obvia. El asunto se complica además con las alteraciones de la traducción al español de los libros de Carlos Caballero Jurado publicados originalmente en el Reino Unido.

Una vez concluído este ciclo de lecturas sobre los aliados de la Alemania nazi el siguiente pasao será examinar el debate sobre la “memoria histórica” que enfrente a Rusia y los países ex-comunistas sobre el papel de aquellos combatientes que son condenados por un lado aliados de los nazis y por otro reivindicados por enfrentrase a la Unión Soviética de Stalin.

“Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970” de Peter Baxter

Llevo ya varios libros leídos de la colección Africa@War que coeditan la británica Helion & Co. y la sudafricana 30º South Publishers mientras espero impaciente algunos títulos que saldrán este año. Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970, obra de Peter Baxter, resulta interesante leída junto con Congo Unravelled. Military Operations to the Mercenary Revolt 1960-1968 y los dos libros de Tom Cooper sobre la Primera y la Segunda Guerra del Congo.

La comparación es interesante porque tenemos dos conflictos de la Guerra Fría y otros dos que encajan perfectamente en el modelo de “Nuevas Guerras” de Mary Kaldor, o el mío de Guerras Posmodernas. Y la cuestión inevitable tras leerlos es preguntarse cuánto de nuevo hay en los conflictos posteriores al fin de la Guerra Fría.

La Guerra de Biafra fue el resultado de las tensiones étnicas en Nigeria tras su independencia. Tras una campaña de progromos contra el pueblo igbo, la parte sudoriental del país proclamó la independencia. Con escasos reconocimientos externos, el nuevo país perdió en una de las primeras ofensivas gubernamentales su salida al mar y se encontró con un solo aeropuerto improvisado como vía de comunicación al exterior. Al auxilio de Biafra acudieron de forma velada Francia y Portugal, con la evidente intención de malmeter en una antigua colonia británica. Pero quienes tuvieron especial protagonismo público fueron mercenarios, aventureros y organizaciones humanitarias tras el impacto mediático del sufrimiento de la población civil. Es decir, en aquella guerra librada a finales de la años sesenta encontramos ya elementos que podríamos pensar sólo característicos de los conflictos actuales.

biafra-life

Peter Baxter plantea una idea interesante. El esfuerzo internacional por llevar ayuda humanitaria a Biafra, sumado a la negativa de sus líderes por aceptar la inevitable derrota, prolongó innecesariamente la guerra. Creo que esa guerra ha quedado bastante olvidada. Pero en su momento tuvo un enorme impacto, convertida en el estereotipo de crisis humana que se instala en el imaginario colectivo (recordemos aquel disco de Los Toreros Muertos “Por Biafra”), como fue luego en los años 80 la hambruna de Etiopía y en los años 90 el genocidio de Ruanda.

índiceEn el plano militar la guerra se caracterizó por la extrema falta de medios de los rebeldes biafreños y la incompetencia de líderes de ambos bandos en momentos cruciales que hubieran supuesto un golpe decisivo con el que sentenciar el resultado de la guerra. Un lugar especial para mí lo ocupan los mercenarios, voluntarios y aventureros que acudieron a luchar en las filas de Biafra. Me encontré con una serie de nombres y fotos familiares que desconozco dónde los vi por primera vez. Hablo de Rolf Steiner, Marc Goosens, “Taffy” Williams y Armand Ianarelli. Frederick Forsyth cubrió aquella guerra como reportero y recabó allí impresiones y materiales que el sirvieron para escribir la novela Los perros de la guerra. Sin duda el personaje más pintoresco fue el sueco Carl Gustaf Von Rosen, que reunió una escuadrilla de minúsculas avionetas Malmö MFI-9 con las que organizó una “guerrilla aérea” en el bando biafreño. Sus ataques destruyeron en tierra varios aviones de guerra gubernamentales y lograron publicidad para la causa rebelde, pero el impacto real es discutible.

nigeria_1La lectura me ha resultado provechosa porque creo que es otra referencia más a la hora de reexaminar conceptos como el de “Nuevas Guerras”. Mi opinión cuando escribí mi libro era que el período entre 1939 y 1989 se caracterizó por asistir a la emergencia de fenómenos que hoy son esenciales en las Guerras Posmodernas. Y aquí tenemos una prueba concreta de cómo en las viejas guerras de la Guerra Fría encontramos elementos que hoy consideramos característicos de los conflictos del siglo XXI.