De la sociedad industrial a la sociedad red

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El pasado jueves 25 participé en la primera mesa redonda de las jornadas “Tenerife, Isla Colaborativa” que organiza el Foro de Economía Colaborativa y Social de Tenerife con el imprescindible impulso de Pedro Martín de Commonomia.

 Mi perspectiva es que lo que se ha venido en llamar Economía Colaborativa no es el resultado coyuntural de la actual crisis económica, que hubiera súbitamente vuelto a todo el mundo más empático y generoso, sino que son síntomas de los cambios sociales del paso de la Sociedad Industrial a la Sociedad de la Información.

Cuando hablamos de Sociedad Industrial no nos referimos únicamente a ciertas formas de organización de la economía y el trabajo, sino que constituye en sí misma una “civilización” que se refleja en la política, la familia, la educación, los medios de comunicación, etc. No cuesta comprender que todo ello está ahora mismo en “crisis”, es decir en transformación.

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La naturaleza de la Sociedad Industrial es el orden jerárquico y la sincronía. Obreros y estudiantes que entran uniformados a la misma hora a la fábrica y en el colegio para salir cuando suena la sirena. Lectores de periódico que leen en papel una selección de las noticias del día anterior. Televidentes que se sientan a la misma hora para ver las noticias que se emiten siempre a la misma hora y con el mismo formato. La sociedad de la información viene a romper con todo ello y lo vemos en todos los órdenes de la vida.

Evidentemente, hablé de los estudios de Paul Baran para la RAND Corporation sobre las redes de comunicación con estructura de red distribuida, que están en la base de Internet. Hablar de la transformación social hacia la sociedad de la información es hablar de la aparición de estructuras más distribuidas y asíncronas.

baran_netAsí, la sociedad de la información trae nuevas de organización y una nueva ética del trabajo. Hablé de los conceptos expresados en La Catedral y el Bazar por Eric S. Raymond (1997) y La ética del hacker y el espíritu de la era de la información  (2001) por Pekka Himanen.

En el turno de preguntas me dio tiempo de entrar en las contradicciones y limitaciones de las nuevas estructuras en red, algo que he tratado aquí en el último medio año. Véase “Volver a la guerra red” (enero 2015) y “Repensar las Guerras Posmodernas” (junio 2015).

Esta es la segunda vez que me llaman para hablar del tema y es la segunda vez que me toca hacer una intervención breve de 15 minutos. Me gustaría poder algún día poder profundizar en el tema y desarrollarlo más. Sería el capítulo inicial de mi aparcado proyecto de libro sobre netwar. Tampoco es mi primera incursión en otros temas ajenos al blog. Fui invitado a participar en el blog del Maker Space Tenerife, donde en 2013 publiqué “Hacia una nueva revolución industrial” y “Tras la deslocalización,  reindustrialización“.

Este semana tendrá lugar la segunda tanda de actividades de las jornadas “Tenerife, Isla Colaborativa”.

El regreso del swarming

En las últimas semanas he tratado de enderezar el rumbo del blog retomando su propósito original. En los dos últimos años me había dejado consumir por la geopolítica y la geoeconomía dejando de lado llamar la atención sobre todo aquello novedoso en la transformación de los conflictos.

Recapitulando, en “Volver a la guerra red” conté cómo mi propósito inicial de escribir un libro contando lo mucho que había cambiado el mundo de los conflictos en red se había estrellado contra la realidad al hacer un revisión de casos. Véase, por ejemplo, mi texto “Mustafá Setmarian y la yihad individual”. Amplié mis miras más allá del mundo anglosajón con una aproximación a las teorías israelíes de la “guerra difusa” en “La perspectiva israelí de la guerra en red“. Tampoco estaría de más rescatar “Breve historia de la teoría de la guerra red” y “Bibliografía urgente sobre activismo en red” para aquellos que no conozcan el contexto del debate. Las estructuras en redes distribuidas no sólo las abordé desde el punto de vista del conflicto, sino también de la colaboración. Como es el caso del análisis de información y el trabajo policial que traté en “Redes de conocimiento”.  Y  cuando parecía que el debate había quedado en las teorizaciones de John Arquilla, David Ronfeldt y John Robb, que andan ahora en otras cosas, me encontré dos textos que retoman el debate. Los dos tienen en su título la extensión. “The coming swarming”.

9781623568221 The Coming Swarming: DDOS actions, hacktivism and civil disobedience  de Molly Sauter aborda los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDOS) como herramienta de activismo político. El libro nació a partir de una tesis de fin de máster y se nota, porque tiene ese típico discurso académico que mantiene una cierta distancia de las cosas y disecciona las partes con una extensión muy distinta a si fuera un texto divulgativo. No es que eso tenga de malo. Recuerdo escribir un trabajo durante la carrera sobre hackers para la asignatura de Antropología Social. Pero en eso tipo de trabajos se dedica mucho espacio a realizar paralelismos con fenómenos del mundo off-line para sustentar la relevancia del tema y la pertinencia del trabajo. En este caso, Sauter sostiene que las acciones organizadas para tumbar páginas mediante ataques DDOS deberían considerarse el equivalente actual a la sentadas frente a edificios del movimiento de derechos civiles y por tanto una acción política en Internet. El argumento es relevante porque la autora señala cómo en varios casos se ha tratado como actos criminales que han recibido castigos ejemplares, además de recibir la severa atención de las agencias gubernamentales de espionaje. En el final del libro se aborda cómo los ataques DDOS han pasado a estar más relacionados con la ciberguerra y el cibercrimen, confundiéndose en el todo las acciones con una intencionalidad política.  Y es el que concepto “distribuido” aquí resulta engañoso cuando, por ejemplo, ya existen herramientas que permiten que un actor en solitario lance este tipo de ataques. La ciberguerra ha avanzado a pasos agigantados y sin embargo sigue siendo un tema pendiente en este blog.

RobotCNAS ComingSwarm_WEB_PTics on the Battlefield Part II: The Coming Swarm de Paul Scharre es un documento del think-tank Center for a New American Security, que ha actuado como laboratorio del gobierno Obama en la sombra por lo que por él han pasado figuras bastantes relevantes y del que han salido ideas bastante relevantes. Scharre plantea en el debate de una forma bastante interesante que lo hace avanzar desde el punto en que había quedado en los tiempos en que Arquilla y Ronfeldt plantearon el swarming. Recordemos que para estos últimos el momento culminante que puso en marcha su trabajo fue la Operación “Tormenta del Desierto” y las fuerzas acorazadas estadounidense corriendo por las extensiones áridas del sur de Iraq. Scharre piensa en cambio en futuros enfrentamientos navales, China evidentemente, con las nuevas tecnologías de aviones sin piloto en mente. El concepto de enjambre cobra ahora sentido literal gracias a un futuro abaratamiento de aviones sin piloto de bajo coste que unan capacidades ISR y una cabeza de guerra que les convierta en proyectil guiado. Así, bastaría con un solo aparato detectara a una unidad enemiga para que la información corriera por la red y el resto del enjambre se lanzara a por él. Eso nos lleva al debate sobre la robotización, la autonomía de los aparatos y la necesidad o no de “man in the loop”

China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.

China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.

El otro campo donde desarrollo el concepto es el campo naval entrando en cálculos probabilísticos sobre la ventaja de una flotilla frente a un único buque pesado. Esto viene a colación de que la U.S. Navy cada vez tiene menos buques. Y tras la retirada de las fragatas clase “Oliver Hazard Perry” (modificadas en España para dar lugar a la clase “Santa María”), se encontrará con los destructores clase “Arleigh Burke” como caballo de batalla. Un buque que en su última variante, la Flight III, supera ya las 9.000 toneladas y lo coloca en el peso de un crucero de antes de la Segunda Guerra Mundial. Simplificando las ideas de Scharre, él vería preferible desplegar 44 buques ligeros de 220 toneladas de desplazamiento Tipo 022 que un destructor “Arleigh Burke” Flight III de 9.800, siendo la suma de desplazamientos la misma. La cantidad supone una cierta calidad en sí misma.  Recurriendo al cálculo probabilístico demuestra que un pim-pam-pum de misiles antibuques hay más probabilidad de que la flotilla de unidades más ligeras alcance a la unidad pesada. Añade además como ventajas que con más unidades se cubre más superficie del mar y se añade más incertidumbre al enemigo. Mi objeción es que asume sin problemas que habrá bajas, algo que no me imagino que entre en los planes de la U.S. Navy. Y me parece que olvida que hay diferencias cualitativas notables entre un buque ligero y otro pesado. Hablamos de la autonomía, la cantidad de armas que puede portar y la naturaleza de los sensores que puede portar por tamaño y potencia eléctrica instalada.

Con sus limitaciones y mis objeciones, no me queda más que dar la bienvenida estos dos textos a un debate que había quedado algo parado.

Swarming en la selva

Tengo debilidad por todo lo que es guerra irregular y no convencional. Por ejemplo, si me ven leyendo sobre la Segunda Guerra Mundial no me verán haciéndolo sobre acorazados, divisiones Panzer y ases de la aviación. Me van más historias como la de los corsarios alemanes, la Xª Flotilla MAS o el Long Range Desert Group. Así que este fin de semana me leí un librito de Osprey publicado en España por RBA. Se trata de The British Army 1939-1945 (3): The Far East que oportunamente en España ha sido retitulado Los Chindits y otras fuerzas británicas del frente asiático.

Los “Chindits” fue el nombre dado a la 77ª Brigada de Infantería India y que, a sugerencia del general  Orde Charles Wingate, se envió a luchar tras las líneas japonesas en Birmania con la intención de atacar sus líneas de suministro, crear confusión y distraer fuerzas del frente. El nombre “Chindit” es una corrupción de “chindé”, un dragón mítico representado en los templos birmanos. La brigada fue dividida en varias columnas y reabastecida desde el aire mediante el lanzamiento de suministros en paracaídas. Lo resultados de su primera campaña, la Operación “Longcloth” fueron magros. Los japoneses no estaban embarcados en ninguna acción mayor y la distracción de fuerzas desde el frente no supuso un gran incoveniente para los japoneses. Pero sirvió para probar el concepto y como golpe propagandístico en un frente inactivo tras grande fiascos británicos en la región como el de Singapur.

El general Wingate en el centro

Los efectivos para una segunda campaña fueron ampliados: 20.000 hombres en seis brigadas. Además participó una unidad estadounidense, la 5307ª Unidad Combinada (Provisional), más conocida por los Merrill’s Marauders. Como novedad, la fuerza “Chindit” estableció campamentos estables tras las líneas japonesas. Esta campaña coincidió con la ofensiva del 15º Ejército japonés desde Birmania hacia Imfal y Kohima, actualmente territorio indio y entonces parte del dominio británico de la India. Es decir, las fuerzas japonesas lanzaron una ofensiva ya en suelo de la joya de la corona del Imperio Británico en Asia. Esta vez la presencia de todas esas fuerzas británicas, de la Commonwealth y estadounidenses pululando por la retaguardia japonesa tuvo un papel al parecer decisivo en el resultado de la batalla, al cortar líneas de suministros y distraer fuerzas del frente. La Batalla de Kohima en la primavera de 1944 marcó el máximo avance japonés y a partir de entonces los británicos recuperaron la iniciativa hasta el final de la guerra. Para los japoneses fue su particular Stalingrado en Asia.

El excéntrico general Ordre Wingate, un conocido para los que éramos lectores del blog de Jorge Aspizua, murió en un accidente de aviación el 24 de marzo de 1944. Y como todas las ideas innovadoras y geniales, el empleo de los “Chindits” como un enjambre tras las líneas japonesas, murió con su autor. Cuatro de las brigadas fueron obligadas a permanecer en el terreno a pesar del agotamiento de la tropa, empleadas como infantería convencional y lanzadas a pesar de su falta de material pesado contra objetivos japoneses.  El número de bajas fue alta y una enorme cantidad de soldados declarados no aptos para el servicio tras volver a las líneas británicas.

Resulta que el enemigo más implacable de los “Chindits” fue el entorno natural. Las selvas birmanas se extienden por un terreno escarpado y cruzado por grandes ríos. Las tropas británicas sufrieron más bajas por la malaria que por las acciones del enemigo. A eso había que añadir las enfermedades gastrointestinales, la disentería, el tifus, la fiebre amarilla y hasta los problemas en la piel por las rozaduras del equipo en un ambiente tan húmedo. Como la tropa dependía de los suministros aéreos lanzados en paracaídas para abastecerse, andaban siempre escasas. Los soldados británicos se ven en las fotos harapientos y famélicos.

El libro es una aproximación somera al asunto en apenas 48 páginas, con bastante espacio dedicado a uniformes y equipos. Pero saco dos conclusiones. La primera es una vieja lección. Las ideas innovadoras sólo funcionan cuando la cadena de mando las entiende y asimila para ejecutarla con todas sus consecuencias. Cuando se aplican a medias, como en la campaña final, el resultado es malo y encima se llega a usar como excusa para seguir haciendo las cosas como siempre. La segunda es que a pesar del carácter legendario de los “Chindits”, me he quedado con la sensación de que su papel se ha magnificado dentro del extenso contexto de la Segunda Guerra Mundial. Y esto tiene más que ver con cómo la maquinaria audiovisual y editorial anglosajona han instalado en nuestra conciencia sus hechos de armas. Recordemos películas como “Objetivo: Birmania” (que dio nombre a un grupo pop en España) e “Invasión en Birmania” (titulada originalmente “Merrill’s Marauders”).

La historia tiene un corolario realmemente interesante y que abre un hilo del que tirar en un futuro. El nombre 77ª Brigada ha sido rescatado por el Ejército Británico. El pasado mes de enero de 2015 se creó como una nueva unidad dedicada para la “guerra no letal” en la era de la información, lo que significa guerra psicológica y guerra de la información en redes sociales. De ahí que la prensa hable de “Facebook Warriors”. Está previsto que la brigada esté operativa en abril. El 42% de su personal será reservista e integrará también personal de mar y aire. La denominación de 77ª Brigada se escogió precisamente en homenaje a la la 77ª Brigada de Infantería India, los “Chindits” originales, por el carácter no convencional de su operaciones.

Redes de conocimiento

Allá por 2006, cuando las ideas que dieron lugar al libro Guerras Posmodernas estaban en período de maduración me llamó la atención una entrada del blogs del profesor Juan Freire sobre el uso dado por la CIA a plataformas para compartir conocimiento: “Cómo usa la CIA los blogs y los wikis para la gestión del conocimiento: ¿espionaje open source?” En aquel entonces estábamos todavía en el shock post-11S y post-11M. Las palabra “red terrorista” evocaba entonces la idea de redes difusas, complejas e indetectables infiltradas en las sociedades libres occidentales. ¿Cómo enfrentarse a un enemigo tan aparentemente invulnerable?  La respuesta surgida dentro de la CIA era emplear también la estructura de red internamente. Contaba el profesor Freire:

[E]xiste una lucha interna, al menos la CIA, para transformar una organización cerrada y fuertemente jerarquizada en otra estructura que siga un modelo más horizontal y colaborativo, necesario para afrontar los nuevos retos. Este nuevo modelo podría definirse como una organización con un funcionamiento open source restringido al interior de la propia institución.

Frente a la idea de más recursos y más intromisión en la vida privada, la idea que presentaba la CIA era que lo verdademente revolucionario era la manera de procesar, analizar y compartir la información que ya se tenía. Lo supimos vía Ali Soufan en su libro respecto al 11-S. En España tuvimos el caso Wanninkhof. La información ya estaba allí pero compartimentada en organizaciones públicas que compiten entre ellas y se guardan información.

Muchos años después, el Ejército de Tierra español creó una wikipedia interna, la MilipediA.  Mi experiencia es que hay mucho conocimiento relevante en las personas más insospechadas. Y dentro de las fuerzas armadas hay perfiles muy diferenciados que van desde el militar “funcionario” al militar “friki”, que te recita diálogos de películas y te señala errores de uniformidad en películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Como apuntaba “Alcedo” en los comentarios a mi entrada de blog al respecto, sería interesante conocer los incentivos que tienen los usuarios de la MilipediA para escribir en ella y si ha terminado reproducción las dinámicas sociales de la Wikipedia.

La MilipediA es una herramienta institucional surgida desde el propio Ejército de Tierra. Hace poco se publicó la noticia de que miembros de la policía nacional y diferentes policías locales compartían información mediante Telegram haciedo hincapié en “al margen de sus jefes”. Esto es, policías de diferentes cuerpos con un vínculos informal constituyen su propia red (aquí la herramienta es lo de menos) para paliar una necesidad en su trabjo. Gonzalo Martín ha escrito al respecto en Transformación Digital, sacando lecciones aplicables a cualquier empresa o colectivo. Esta vez, frente a las iniciativas institucionales, los propios policías aprovechan sus vínculos personales para convertirlos en redes informales de intercambio de información.

Las comunicaciones distribuidas (las redes sociales que conocemos son redes distribuidas sobre una base centralizada, las reglas del dueño de la plataforma) esencialmente permiten que cualquier persona (nodo) pueda comunicar con otra sin que pueda impedirse. […]

[L]a gente es capaz de coordinarse y compartir información para resolver sus problemas de trabajo (“luchar contra la delincuencia”) sin necesidad de que un jefe dé órdenes o lo fiscalice. ¿Por qué no aprovechar toda esa energía en vez de mantenerla oculta? […]

[L]a digitalización por sí misma, se quiera o no se quiera, cuestiona la jerarquía tradicional y el rol del mando convencional, por no hablar de la estructura organizativa: las redes hacen una cosa diferente, más plana, más contributiva, más aprovechable y, creo yo, más interesante y divertida.

Hay aquí un dilema entre la creación dirigida desde arriba o el crecimiento orgánico e incontrolado desde abajo. Yo mismo pienso en los vínculos que me mantengo con la gente con la que comparto información y son una sucesión de flujos desordenados por varias vías. Creo que será interesante empezar a explorar nuevas herramientas y las posibilidades de la sistematización.

 

Volver a la guerra en red

La guerra en red (netwar) es uno de los asuntos junto con la ciberguerra más abandonados por este blog. Cuando terminé mi primer libro eché en falta poder encajar en la trama del libro la guerra en red y las redes distribuidas. Así que la decisión obvia allá por mayo de 2010 fue escribir un nuevo libro en que desarrollara el asunto. Los amigos y los más viejos lectores de este blog recordarán el proyecto. Tuvo como título provisional Guerras Distribuidas. Hablé de él muchas veces comentando los cambios a su estructrura y los temas de la actualidad que se relacionaban con él. Pero según avancé el proyecto se vino abajo.

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Según fui leyendo sobre guerrillas, terrorismo, ciberguerra… se me fueron cayendo los temas. ¿Guerrillas distribuidas? A pesar del impacto del teléfono móvil Thuraya en lugares como Sudán o Somalia no se puede decir que veamos ahora un mundo de fuerzas insurgentes de estructura más horizontal. Los señores de la guerra y los bigmen siguen sosteniendo, a pesar de los cambios en la superficie, el poder informal en los valles de Afganistán y en las guerras de África. ¿Terrorismo distribuido? Un trabajo académico me llevó a concluir que el paso de campos de entrenamiento en Afganistán a un terrorismo atomizado de aprendices de la yihad que se descargaban recetas de bombas en Internet había derivado a finales de la década pasada en un fracaso de la yihad global, simbolizada en la muerte de Osama Bin Laden. Por no hablar del funcionamiento centralizado y burocratizado de Al Qaeda o la proclamación del Califato. En la penúltima versión del proyecto pretendía centrarme en el swarming.

Encontré ejemplos interesantes en el activismo social. ¿Pero no era meter en el mismo saco las revueltas sociales y el terrorismo una forma de “criminalización de la protesta”? Hace poco leí De la Ley Sinde a la #spanishrevolution de Arnau Fuentes y me pareció interesante su visión de cómo el 15-M se desinfló por su indefinición. No es nada paradójico que un partido con un núcleo marxista-leninista sea el que haya nutrido de la gente que se estrenó en política con aquellas movilizaciones. Habrá que estar atento a la segunda parte de su ensayo. Y el primer capítulo me hizo recordar que está pendiente de escribirse sobre el trabajo de Gene Sharp o cómo OTPOR en Serbia dio lugar a CANVAS, la escuela de “revoluciones de colores”. Algo que ya tocaba Carlos González Villa en Las Revoluciones de Colores.

Se fueron cayendo temas hasta que, como dije entonces, “me quedó algo así como un árbol podado a fondo, esquelético y feo sin sus hojas“. Reorganicé todo y me quedé por último con un proyecto de libro de ciberguerra, tema que apenas he tocado en este blog a pesar de que allá por 2007 me dije que tendría que escribir sobre los ciberataques rusos contra Estonia antes de que el tema se pusiera de moda. El último coletazo de la guerra distribuida fue mi idea de dedicarle un capítulo en una futura segunda edición extendida y puesta al día de Guerras Posmodernas.

Ha pasado tanto tiempo que ahora veo la cosas con otra perspectiva. Ahora pienso que aquel artículo de John Arquilla, en la revista Foreign Policy era bastante simplificador y mezclaba conceptos para vender la idea de que lo pequeño y distribuido siempre vence a lo grande y descentralizado. Es lo que tiene el paso del tiempo y la acumulación de lecturas. Se te caen los referentes cuando vas más allá de los enunciados evocadores. Creo que el concepto de red ha sido abusado y desdibujado. Y el papel de las jerarquías informales ha sido subestimado a la hora de hablar de organizaciones que se presentan o son definidas como “redes”. Creo a estas alturas que la guerra en red tiene más validez como modelo ideal weberiano o metáfora que realidad social. Desde esa perspectiva habrá que volver a hablar de ella.

La perspectiva israelí de la guerra en red

Recientemente el Instituto Español de Estudios Estratégicos publicó el artículo “Una aproximación al diseño operacional sistémico (SOD” de Juan Pablo Somiedo. Se trata de una original escuela israelí de pensamiento operacional surgida en torno a la figura del general Shimon Naveh y el centro conocido en inglés como Operation Theory Research Institute (OTRI). Leí sobre ella por primera vez en el libro A través de los muros. Fue una de mis lecturas cuando decidí interesarme por la ciudad como campo de batalla futuro. Me llamó la atención entonces que el general Naveh daba a leer a sus subordinados obras de autores posmodernos franceses. De hecho la editorial que publicó A través de los muros (en realidad un capítulo de Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation) añadió el subtitulo “Cómo el ejército israelí se apropió de la teoría crítica postmoderna y reinventó la guerra urbana”.  El artículo de Juan Pablo Somiedo me despertó el interés por averiguar más sobre las ideas de Naveh y sus seguidores.

Resultó que la OTRI fue desmantelada en 2006 tras una auditoría de las fuerzas armadas que encontró que el instituto organizaba cursos y seminarios pero no producía obras en papel, además de que sus miembros se excedían en facturar horas extras y el propio Naveh compaginaba su trabajo con dar clase a pesar de que era incompatible. Suena todo problemas menores y la realidad es que la OTRI fue enormemente incomprendida por el establishment militar israelí que consideraba a Naveh y los suyos unos chiflados que hablaban en una jerga incomprensible después de leer a autores como Gilles Deleuze y Félix Guattari. La abrasiva personalidad de Naveh no creo que ayudara. En esta entrevista llama “ignorante y arrogante” al general Dan Halutz, que fue general en jefe de las fuerzas armadas israelíes durante la guerra del Líbano de 2006. En esta otra entrevista llama “idiota” a David Ben-Besht, el comandante en jefe de la armada israelí durante aquella guerra. Y esa otra entrevista dice que tanto Ben-Besht como su sucesor, Uri Marom, son personas sin la más mínima capacidad de pensamiento abstracto.

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Soldados israelíes en Nablús

Cuesta imaginar la cara de los generales isralíes mientras Naveh les hablaba usando términos como “deconstrucción” y “molecular”, palabras que uno asocia a la cocina de Ferran Adrià. Pero lo que proponía Naveh era precisamente “deconstruir” los problemas estratégicos para proponer soluciones originales y contraintuitivas. El ejemplo que destaca Eyal Weizman en A través de los muros es el asalto israelí a Nablús en abril de 2002. Los grupos armados palestinos habían levantado barricadas y colocado trampas la calles de Nablús esperando el ataque israelí. Las vías de aproximación israelíes eran previsibles y las tropas hubieran tenido que afrontar un avance lento y penoso. Weizman señala que el entonces coronel al mando de la brigada paracaidista, Aviv Kochavi, era un licenciado en Filosofía, carrera que estudió tras considerar estudiar arquitectura. Tras estudiar la situación se cuestionó por qué sus soldados tendrían que avanzar por calles y avenidas a tiro de los francotiradores palestinos para entrar en los edificios por puertas y ventanas detrás de las que habían trampas explosivas. La ciudad, con sus vías y muros no dejaban de ser un constructo mental que impone reglas: Se camina por las calles y se entra por las puertas. Kochavi ordenó que sus tropas entraran en Nablús desde varias direcciones simultáneamente y avanzaran como si las construcciones no exisitieran. Numerosos grupos pequeños de soldados israelíes abrieron huecos en las paredes y cruzaron de casa en casa. Los daños materiales fueron altos pero la proporción de víctimas entre la población civil palestina fue baja y el número de bajas israelíes fue mínimo.

Nablús en 2002.

Soldados israelíes atravesando muros en Nablús en 2002.

Tras la Guerra del Líbano de 2006 arreció un debate sobre lo que se consideró un fracaso militar. Con la perspectiva de 2015 podemos decir que los daños sufridos por Hezbolá resultaron disuasivos. La frontera entre Israel y Líbano ha estado bastante tranquila desde entonces y la partida entre Israel y Hezbolá se juega en Siria. Pero acabada la guerra en 2006 se buscaron culpables de las decisiones erróneas que costaron vidas. Y se culpó a la OTRI y sus ideas. Naveh se defiende diciendo que sus ideas nunca fueron comprendidas. Por eso vemos que en las entrevistas se despacha gusto contra los generales que mandaron en aquella guerra.

Las tropas de Israel entraron en Líbano sin una estrategia clara de la que salieran objetivos concretos. Simplemente tras días de bombardeos, que no frenaron el lanzamiento de cohetes, se ordenó al ejército entrar en el Líbano. Precisamente la clase de maniobra para la que Hezbolá se había estado preparando años, construyendo refugios subterráneos y plantando trampas. Las fuerzas mecanizadas israelíes recibieron órdenes de avanzar hacia el interior del Líbano con el único propósito de tomar hitos geográficos que permitieran vender la idea de un avance incontestado en territorio de Hezbolá. Un ejemplo fue el avance de la 401ª brigada de carros de combate y la brigada de infantería Nahal por el wadi Saluki tras recibir órdenes contradictorias que enviaron los vehículos israelíes por un camino expuesto a los misiles avanzados rusos “Kornet” proporcionados por Siria a Hezbolá. Murieron 11 soldados israelíes y 50 resultaron heridos menos de 24 horas antes de que entrara en vigor el alto el fuego.

Según el general Naveh el error fue enviar fuerzas mecanizadas, que han de avanzar por vías de aproximación de número limitado y por tanto previsibiles, para luchar la clase de guerra para la que Hezbolá se había preparado. Su alternativa hubiera sido enviar fuerzas ligeras en grupo de 90 soldados para actuar en el interior del Líbano buscando las lanzaderas de cohetes de Hezbolá y marcar objetivos para la aviación y la artillería. La alternativa de Naveh era que las fuerzas israelíes actuaran como una fuerza guerrillera en territorio de Hezbolá (“out-G-ing the G”, que decía el coronel Hackworth). Hezbolá hubiera perdido la ventaja de las emboscadas preparadas en las vías que avanzan desde la frontera de Israel hacia el Líbano y hubiera tenido que exponer sus fuerzas para buscar a las unidades israelíes moviéndose por su retaguardia. Al parecer, la idea se puso en marcha de forma limitada y allí donde se aplicó tuvo éxito.

Las ideas de Naveh sobre cómo se hubiera podido combatir a Hezbolá en 2006 recuerda sin duda a la guerra en red. De hecho, Haim Assa, un antiguo miembro del OTRI es coautor junto al vicealmirante Yedidia Groll-Yaari de Diffused Warfare: The Concept of Virtual Mass. Ambos autores abogan por la organización en redes distribuidas, que llaman “redes moleculares”, con unidades modulares capaces de reagruparse en unidades mayores ad hoc. Frente al volumen de fuerzas y la potencia de fuego, proponen fuerzas ligeras altamente conectadas que mediante un uso masivo de medios ISTAR obtengan una imagen total del campo de batalla para cada elemento de la red poder disparar munición inteligente a los blancos. El concepto de “masa virtual” se deriva entonces de la idea de que una fuerza así, ligera y dispersa, es capaz de hace a un enemigo mayor porque es el conjunto de la red el que ataca frente a las unidades convencionales donde sólo un porción de sus elementos entra en contacto con el enemigo. Es una forma diferente de plantear el concepto de ataque en enjambre, swarming, que John Arquilla y David Ronfeldt plantearon en el año 2000 pero que no aparece en la bibliografía que Yedidia Groll-Yaari y Haim Assa manejan en su libro. Al igual que para Naveh y Kochavi, un referente importante es Mil Mesetas de Deleuze y Guattari. Quizo la casualidad que me animara a comprar el primero el mismo día que me llegó el segundo por correo. Queda inagurada así, una semana en que hablaré de guerra en red.

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Nace Thiber, el primer think-tank español sobre ciberseguridad

Ayer tuve noticias vía Enrique Fojón del nacimiento de Thiber, el primer think-tank dedicado a “la seguridad y defensa del ciberespacio” en lengua española. Thiber nace como una iniciativa integrada en el Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad (ICFS) de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y desde luego que es pionero en estos asuntos. Sus objetivos son ambiciosos: Ser el think tank de referencia en lengua castellana.

Logo-Thiber-Blanco2-e1379575023906-1024x6531Desde luego que se echaba en falta algo así, tras tanto documento blanco y mando militar de ciberdefensa, sin que se percibiera un auténtico debate de fondo sobre la evolución de ese mundo y las estrategias necesarias. Espero que pronto podamos tener noticias de sus iniciativas.

Breve historia de la teoría de la guerra red

En 1991, tras décadas de preparación para el enfrentamiento con el Pacto de Varsovia en las planicies de Europa Central, las fuerzas armadas de Estados Unidos se enfrentaron al ejército de Iraq durante la Operación “Tormenta del Desierto”. La superioridad numérica del ejército de Saddam Husein fue compensanda con la aplastante superioridad tecnológica estadounidense. Se la llamó la “primera guerra de la Era de la Información”. En el calor del momento, autores como Alvin Toffler y George Friedman escribieron sobre la supremacía de la tecnología en el campo de batalla y sobre una nueva era de guerras altamente tecnológicas. Se popularizó la idea de que había acontecido una “Revolución en los Asuntos Militares”, que se convirtió en el gran tema de análisis y reflexión en las fuerzas armadas de los países desarrollados.

Dos investigadores de la RAND Corporation, David Ronfeldt y John Arquilla, prestaron atención a los elementos novedosos de aquella guerra. Vaticinaron que las nuevas tecnologías permitirían un campo de batalla donde fuerzas ligeras y móviles altamente conectadas compartieron información sobre ojetivos y se coordinaran para atacar simultáneamente. La idea era una evolución de lo que había pasado en las arenas del desierto al norte de Kuwait, pero Arquilla y Ronfeldt entendieron que las nuevas tecnologías de la información hacían extrapolable esas tácticas a ámbitos como Internet y que podían ser llevadas a cabo por fuerzas no estatales poco jerarquizadas. Su primer esbozo de estas ideas salió publicado en 1993 con el título “Cyberwar is coming!”, donde el concepto “ciberguerra” se empleaba de forma genérica. En 1996 publicaron The Advent of Netwar y desde entonces emplearon el término “netwar”, guerra en red, para referirse al concepto que habían desarrollado.

El interés de Arquilla y Ronfeldt se fue alejando poco a poco de la guerra convencional para adentrarse en el desarrollo de la guerra en red por parte de los actores no estatales. Uno de los casos que estudiaron fue el de las redes internacionales de apoyo al movimiento zapatista en México, tema de The Zapatista Social Netwar de 1998. Aunque aquella idea original de fuerzas altamente conectadas que comparten información sobre objetivos y que atacan coordinadamente fue retomada para desarrollar la idea de “swarming” (ataque en enjambre) en Swarming and the Future of Conflict, publicado en el año 2000. Finalmente, Arquilla y Ronfeldt editaron un trabajo colectivo que analizaba el modelo de la guera en red en ámbitos como el activismo social en la calle (movimiento antiglobalización), la delincuencia organizada, la violencia callejera, el movimiento hooligan o el terrorismo. Networks and netwar estaba listo para su publicación cuando acontecieron los atentados del 11-S, convirtiéndolos instantáneamente en los profetas de una nueva era que los teóricos fascinados por las tecnología no supieron anticipar.

Si el trabajo de Arquilla y Ronfeldt aparecía Internet como herramienta relevante, fue el estudioso del impacto social de las tecnologías Howard Rheingold quien prestó atención a los nuevos usos sociales de la telefonía móvil en el cambio de siglo. En 2002 publicó Smartmobs. El libro donde exploraba la amplia gama de usos emergentes que se le estaba dando a la telefonía móvil, desde lúdica a política, anticipando las posibilidades de lo que en el futuro serían los smartphones. La idea fundamental del libro es que las nuevas tecnologías iban a permitir la coordinación puntual de grupos de personas sin jerarquía definida para acciones puntuales. La idea daba título al libro y en español fue traducido como “multitudes inteligentes”.

Los atentados del 11-S cambiaron radicalmente el panorama. El debate sobre la globalización y las acciones del movimiento antiglobalización desapareció de la agenda. Si las teorizaciones hasta el momento albergaban siempre una ambigüedad sobre la naturaleza de las redes no jerarquizadas que usaban las nuevas tecnologías para realizar acciones coordinadas, la palabra “red” empezó a verse acompañada como “red terrorista” o “red Al Qaeda”. El autor que mejor recogió ese nuevo panorama y las posibilidades que en él se abrían fue John Robb en su libro Brave New War de 2008. Robb honestamente lo planteaba como un “buffet libre” de ideas, no como un ejercicio de prospectiva. Introdujo al debate varios conceptos, como el de “open-source warfare”, en una era en que Internet se convertía en una fuente inagotable de información. O el de “superempowered terrorism” para referirse a cómo un grupo muy reducido de personas podía realizar un gran daño. Pero quizás una de sus aportaciones más brillantes fue dejar de plantear la estructura en red de las organizaciones para plantear el estudio de redes en la selección de objetivos. Las vías de comunicación y la infraestructura de telecomunicaciones tienen todas estructura de red con nodos y enlaces. El estudio de los nodos fundamentales permite ataques con efectos que se multiplican en cascada.

Desde el bloqueo de la ciudad de São Paulo por un ataque coordinado de organizaciones criminales en 2006 a los ataques de los hackers rusos contra Estonia en 2007 son varios los fenómenos donde podemos aplicar las teorías de Arquilla, Ronfeldt, Rheingold y Robb, junto con las derivaciones militares del modelo de Network Centric Warfare. Sin embargo, creo que falta materiales, debate y análisis en español.

Bibliografía urgente sobre activismo en red

Conversaba hace poco con una persona implicada en las asambleas del 15-M en un barrio de Madrid y me comentaba lo novedoso de “los valores del ciberactivismo que salen a las calles y plazas” en asuntos como “copyleft y liderazgo distribuido”. ¿El 15-M como experiencia pionera del activismo en red? Ay. Sentí mis canas agitarse.

Formé parte de un grupo que se sumó a la campaña 50 Años Basta en 1994, cuya BBS fue el origen de Nodo50.org. Seguí los preparativos vía el boletín de Z Magazine de las protestas durante la reunión en Seattle de la Organización Mundial de Comercio en 1999. Recuerdo una charla informal dada por un grupo de amigos que habían acudido a las protestas durante la reunión en Praga de la Organización Mundial del Comercio en 2000. Por aquel entonces seguía a Fronteras Electrónicas España (FrEE) y recuerdo artículos en El Viejo Topo que relacionan el software libre con La ayuda mutua de Kropotkin.

Parte de todo aquello ocurrió antes de que estudiara Sociología. Pero incluso durante los años de la carrera me hubiera sido imposible interpretarlo de la forma que lo hago ahora. Lo viví con el entusiasmo inocente de quien asiste al nacimiento de algo nuevo que creíamos iba a cambiar las cosas para siempre. Luego vino la decepción, la revisión crítica de las utopías y un futuro orwelliano.

Veo preocupante el adanismo en un movimiento que ha llegado cuando todo estaba hecho. Desde el desarrollo teórico al de las infraestructuras de comunicación. Por no hablar de quejas como “se nos están colando gente ajena al 15-M a saco en una asamblea” que harían sonrojar a un trotkista. Así que he decidido plantear la bibliografía básica que alguien que acaba de aterrizar en el activismo en red debería conocer.

1968. El año que conmocionó al mundo de Mark Kurlansky.
Puestos a buscar el momento en el que activismo político rompió con los viejos esquemas de los grupo marxistas-leninistas en todas sus variantes, es inevitable retroceder hasta 1968. En España se ha generado un folklore ridículo en torno al “yo estuve allí” para hablar del mayo francés. Pero Kurlansky hace un recorrido global por Estados Unidos, México, Francia y Praga bastante ameno. Me parece interesantísimo su retrato del movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, que aportó al acervo del activismo social cosas que hoy nos parecen ridículamente cotidianas como las sentadas o montarla para salir en las noticias de la tele.

Networks and Netwars. The Future of Terror, Crime, and Militancy de John Arquilla y David Ronfeldt (ed.).
Arquilla y Ronfeldt empezaron a estudiar la transformación de la guerra a partir del uso de las nuevas tecnologías tras la Operación Tormenta del Desierto. Intuyeron que las tecnologías de comunicación y sensores permitirían unidades combatientes con una jerarquía más horizontal y altamente interconectadas que podrían, de forma fluida, compartir información y coordinar acciones. Aquel modelo no sólo iba a ser útil para futuras guerras en el desierto sino que iba a ser aplicable en toda clase de conflictos, desde el activismo político a la ciberguerra. Previamente, David Ronfeldt, John Arquilla, Graham Fuller y Melissa Fuller habían estudiado las redes internacionales de apoyo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en The Zapatista “Social Netwar” in Mexico.

Multitudes inteligentes de Howard Rheingold. Hay una nueva edición en español más económica que subtitula “Las redes sociales y las posibilidades de las tecnologías de cooperación”.
Antes de que todo el mundo tuviera un móvil, Rheingold hace un recorrido que le lleva desde Suecia a Japón para explorar los más variados usos que la gente le da esa nueva tecnología, desde la movilización política al entretenimiento. Rheingold atisba las posibilidades de un nuevo tipo de organización, redes horizontales convocadas de forma ad hoc capaces de aparecer en cualquier lugar de una ciudad mediante el empleo de móviles.

Después de Arquilla, Ronfeldt y Rheingold vinieron otros muchos autores a explicar la realidad presente del mundo que los primeros anticiparon. Pero ellos fueron los primeros que trazaron entre los noventa y el principio de la pasada década las líneas por la que discurriría el futuro.

El lío de las redes

Uno de los libros que me traje de Uruguay el año pasado es “La revolución imposible” de Alfonso Lessa. Lo fui leyendo a rachas. En Montevideo di un salto y me fui directamente al capítulo 24 donde el autor trata un tema central del fracaso del MLN-Tupamaros. Uruguay era en el momento de su aparición un país con una democracia consolidada y población principalmente urbana. El trayecto desde Colonia del Sacramento a Montevideo me permitió comprobar otra característica de Uruguay: Es un país de praderas. En definitiva, un país pésimo para lanzarse a la lucha de guerrillas. Así que los Tupamaros fueron una insurgencia principalmente urbana que adoptó la denominación de “guerrilla urbana” para lo que en otros lugares se habría llamado simplemente terrorismo.

Alfonso Lesa, en ese capítulo donde habla del problema que supuso para los Tupamaros ser un movimiento urbano, termina hablando de los problemas en una organización en la que al principio entraron personas de la comunidad real para luego crecer y crecer hasta que terminaron entrando conocidos de conocidos que la convirtieron en un coladero de infiltrados de la policía. La “crisis del crecimiento” provocó también un problema con la formación de los miembros de bases y cuadros. Exactamente los mismos problemas que comentaba un estratega de Al Qaeda practicamente desconocido en España a pesar de tener la ciudadanía.

Tras la caída del régimen de los talibán, Mustafá Setmarian Nasar, alias Abu Musab Al Suri, publicó en Internet un libro de 1.600 páginas titulado “La llamada a la resistencia islámica global” donde hace un repaso a la historia de los grupos islamistas en su lucha contra los estados árabes y defiende el abandono del modelo tradicional de organización clandestina piramidal. Propone un modelo de “yihad individual” y “organizaciones fantasma” que resumen con el lema “un sistema, no una organización” (nizam la tanzim).

Las ideas de Setmarian llamaron mucho la atención en Occidente. Un investigador de un centro de investigación del Ministerio de Defensa noruego le dedicó un libro y varios informes. Un resumen del libro fue publicado por la armada de los Estados Unidos. Y varios artículos de prensa lo definían como “cerebro” o “arquitecto” del “plan maestro” de la yihad global. Aquí en España sólo salió en las noticias porque tras su detención en Pakistán desapareció rumbo a algún centro de detención secreto de la CIA y el juez Garzón solicitó información de su paradero.

Yo decidí dedicarle un capítulo de mi segundo libro, que estoy montando a piezas. Recientemente presenté como trabajo de clase en los cursos de doctorado un texto que con las debidas amplaciones espero mandar a una revista académica y convertir en la base del capítulo sobre Setmarian. En su preparación me llamó mucho la atención cómo se habla de la innovación organizativa que introdujo Al Qaeda con su “estructura de red” frente a los tradicionales grupos del terrorismo de los años 70, como los Tupamaros, que estaban fuertemente centralizados. ¿Pero acaso un grupo centralizado no deja de ser una red centralizada y por tanto podemos hablar de “red”? Me he quedado con la sensación de que hay pendiente por hace un trabajo que explique aplicados al terrorismo conceptos básicos sobre organización, red, topología de redes…