Por qué Occidente no derrota al Estado Islámico de una vez

Hace poco alguien me preguntó por qué los países occidentales no derrotaban al Estados Islámico. Escribí en enero “La fórmula para derrotar al Estado Islámico ya se inventó”, tomando como ejemplo la campaña contra los talibán emprendida por un puñado de agentes de la CIA y equipos A del 5th Special Forces Group en el norte de Afganistán en octubre de 2001. Se trataría de desplegar a fuerzas especiales con equipos de comunicación y desginadores láser acompañando a las fuerzas locales para concentrar los ataques de la aviación aliada en los “centros de gravedad” del Estado Islámico. Sin embargo, se acumulan las misiones de bombardeo y el gasto de dinero en una campaña que no parece muy resolutiva, a excepción del avance kurdo en el norte de Siria. Creo que hay unas cuantas razones de por qué no se derrota al Estado Islámico.

1. Estados Unidos no se quieren implicar a fondo.

Después de Afganistán e Iraq, la opinión pública estadounidense no aceptaría otra invasión de “un país musulmán al que vamos a llevar la democracia y el desarrollo”.  Tras el ataque perpetrado por las fuerzas del régimen sirio con armas químicas en el barrio de Goutha en 2013, me llamó la atención las voces en la derecha estadounidense que se posicionaron en contra de una posible intervención. Con un presidente republicano quizás hubiera sido diferente, pero entre las voces críticas se incluían muchos veteranos de guerra. Se ha convertido en el nuevo sentido común. Nada de invasiones sin un plan claro de salida.

ByO7SDIIYAAmmKFHoy hay en Iraq tropas españolas formando otra vez al ejército iraquí, fuerzas especiales canadienses y aviones estadounidenses. Pero que Washington vuelva a enviar un número elevado de tropas allí sería reconocer que la retirada en 2011 fue precipitada, un error o inútil. El coste político sería enorme en Washington.

2. Falta un aliado local vendible a la opinión pública.

En el caso de Afganistán, Estados Unidos contó con la Alianza del Norte, una coalición de señores de la guerra que había liderado el carismático Shah Massud. En el caso de Iraq, tenemos por un lado a un ejército en descomposición  y por otro lado un montón de milicias chiíes financiadas y armadas por Irán.

Kata'ib_Hezbollah_in_IraqEl caso de Siria es aún más complicado. En el norte del país tenemos las milicias kurdas del YPG, aliadas del PKK. Recordemos que en las milicias del YPG se alistaron dos españoles del partido Reconstrucción Comunista. Y que el PKK forma parte de la lista de grupos terroristas que elabora el Departamento de Estado estadounidense y es considerado también un grupo terrorista por parte del Consejo de Europa.

En el resto del país tenemos a los rebeldes del Ejército Sirio Libre, una coalición de grupos militarmente cada vez menos importantes en el desarrollo de la guerra. Hartos de esperar un apoyo que nunca se materializó, la mayoría de grupos se pasó a las filas islamistas que sí reciben dinero y armamento de las petromonarquías árabes.

CKcwaKRUwAA6ilwSólo recientemente Estados Unidos decidió instruir directamente a fuerzas sirias. Lanzó un programa con un presupuesto de 500 millones de dólares. El propósito era encontrar sirios sin simpatías y vínculos con grupos yihadistas. El primer año, tras gastar 36 millones de dólares y entrevistar a 7.000 sirios, formaron a 60.

3. Derrotar al Estado Islámico es sólo poner fin a una de las muchas guerras en curso en Siria.

En Siria hay ahora mismo varias guerras civiles en curso. El régimen de Assad lucha por su supervivencia contra todos, pero ha establecido en ocasiones pactos de no agresión con el Estado Islámico y en ocasiones ha sido informado por Estados Unidos de operaciones de bombardeo contra el Estado Islámico. Los kurdos del norte del país se mantuvieron al margen de la guerra civil hasta que el Estado Islámico llegó a sus dominios. Existen tres grandes coaliciones de grupos rebeldes: Jahbat Al Nusra (afiliada a Al Qaeda), Frente Islámico (financiado por Arabia Saudita) y Ejército Sirio Libre. En ocasiones han luchado entre sí, en ocasiones se han unido para luchar coordinadamente contra las fuerzas de Assad o el Estado Islámico. Y por el último el Estado Islámico, que lucha contra todos, aspira a consolidar el Califato. Su poder creció en torno a Aleppo apuñalando por la espalda a otros grupos que luchaban contra Assad.

Mañana mismo podría colapsar el Califato en Siria o el régimen de Assad, pero el vacío dejado sería ocupado por radicales islamistas aliados de Al Qaeda o de inspiración wahabí que lucharían por el poder. Por tanto, intervenir militarmente en Siria sería sólo la fase I de una campaña que nos obligaría a decidir sobre el futuro del país. ¿Aceptamos la supervivencia del régimen con tal de derrotar al Estado Islámico? ¿Fracturamos el país según las líneas de frente para asegurar a kurdos, alawitas, drusos y sunníes la hegemonía en los cuatro países nacientes?

Conflicto de culturas

Parece un ritual de paso friki adolescente, pero yo también tuve una etapa de fascinación por la cultura japonesa. Eran los tiempos en que Japón era el “país del futuro” e imaginábamos un mundo de megalópolis iluminadas por anuncios de neón y robots de combate. Recuerdo leer artículos sobre las diferencias culturales en las relaciones empresariales y cómo las empresas occidentales debían aprender la etiqueta y la cultura de negociación japonesa. Todavía hoy guardo en la sección de Antropología de mi biblioteca When cultures collide, un manual para ejecutivos globalizados cuyo autor aparece en una foto delante de un cuadro con unos ninjas con maletín de ejecutivo. Hace poco fue noticia una metida de pata británica en Taiwán. La baronesa Kramer, ministra de Transporte, entregó al alcalde de Taipei como regalo protocolario un reloj de bolsillo. El reloj, como recordatorio del ineludible paso del tiempo, sirve de metáfora de la muerte en la cultura china.

Varias veces he escuchado a israelíes decir “los europeos no entendéis Oriente Medio”. Y su comentario se refería a las diferentes culturas del conflicto. La generosidad hacia el débil y la búsqueda del concenso no son virtudes, sino muestras de miedo y debilidad. En la misma línea he escuchado más de una vez comentar que los gestos hacia la minoría musulmana en Europa eran interpretados de forma muy diferente aquí y allá. Aquí, los presentamos como muestra de nuestra talante integrador y nuestro respeto al diferente. Allá, donde matan, violan y destruyen los templos de los cristianos, se interpretaban como síntomas de la debilidad de una cultura en retroceso. Creen que aceptamos al diferente no porque forma parte de unos ideales, sino porque empezamos a aceptar que algún día el Islam prevalecerá.

Vi los vídeos grabados por las madres y esposas de algunos rehenes en manos del Estado Islámico. Me pregunté siempre qué pensarían unos yihadistas al ver a una mujer occidental contar el respeto de su pariente por el Islam y su amor por los musulmanes. Hoy ha transcendido el vídeo donde al parecer se ve cómo el piloto jordano en manos del Estado Islámico, Moaz al-Kasasbeh, fue quemado vivo. Su muerte ha sido fechada el 3 de enero de 2015. En Jordania claman venganza y anuncian una respuesta contundente. En Twitter ya leí a alguien decir que así no se solucionan las cosas, que hace falta más paz, amor, tolerancia y respeto por el otro para acabar con el Estado Islámico. A lo mejor lo que pasa es que los jordanos saben algo que nosotros no sabemos. Y que Occidente está lleno de gilipollas que no se enteran de nada.

Los árboles de la islamofobia no dejan ver el bosque del antisemitismo

Me llamó la atención que en los primeras horas posteriores a la matanza en la redacción del Charlie Hebdo encontrara comentarios en Twitter lamentando cómo el suceso iba a dar alas a la islamofobia y al Front National de Marine Le Pen. Me parecen preocupaciones legítimas, pero creo que quienes las expresaron mostraban una preocupante inversión de prioridades tras el asesinato de 12 personas.

El énfasis puesto estos último días por los medios de comunicación en el ataque a la libertad de expresión que supuso el atentado contra el  Charlie Hebdo, la prensa reacciona así cuando toca a uno de los suyos, ha dejado totalmente en un segundo plano al ataque contra el supermercado kosher Hyper Cacher, donde cuatro judíos fueron asesinados por su condición de tal.

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Las cuatro víctimas judías asesinadas en el supermercado Hyper Cacher el 9 de enero de 2015.

Habría que recordar que no es el primer atentado terrorista contra la comunidad judía en Francia. El 19 de marzo 2012 fue atacada una escuela judía en Toulousse. Fue asesinado un rabino, dos de sus hijos (de 6 y 3 años) junto con la hija (de 8 años) del director de la escuela. Y también habría que recordar que el 24 de mayo de 2014 fue atacado el Museo Judío de Bruselas, donde fueron asesinadas cuatro personas.

Pero además, el atentado contra Charlie Hebdo tiene detalles que han sido ignorados o no se les ha dado importancia. El País recogía el testimonio de Sigolène Vinson, una superviviente de la matanza en la redacción del Charlie Hebdo. La crónica cuenta que “Said [Kouachi] repitió tres veces en voz alta que no mataría a las mujeres” pero “allí yacía el cuerpo sin vida de Elsa Cayat, especialista en psicología”. Elsa Cayat no sólo era psicoanalista, era judía. Por eso la mataron. Una razón que cambia el sentido de la noticia. No se trató de un esto irracional de los terroristas que no cumplieron su palabra de no matar mujeres, sino que sabían perfectamente lo que hacían. Los judíos son en Francia menos del 1% de la población y supusieron un tercio de las víctimas del terrorismo yihadista en París (dos colaboradores del Charlie Hebdo y cuatro rehenes en el supermercado).

Militares y policías en el barrio judío de París

La prensa habla de la libertad de expresión y la islamofobia, pero son las instituciones judías en Francia las que requieren protección policial y los niños sortean militares para entrar en sus colegios. Cuenta en un extenso artículo sobre sobre la comunidad judía en Francia que en 2014 emigraron a Israel más judíos de Francia que de ningún otro país. Si este atentado y los que vengan empujan a más judíos a abandonar Francia podremos decir que asistimos a una soterrada limpieza étnica.

La bandera negra de la yihad

sudney-hostages-black-flag-e1418655052281En la reciente crisis con rehenes de Sidney, se pudo ver una bandera negra sostenida por uno de los rehenes. Era de madrugada en España cuando saltó la noticia y yo estaba trabajando en el ordenador. Me encontré una sucesión de tuits que anunciaban la primera acción del Estado Islámico fuera de Oriente Medio. Al rato empezó a hablarse de Jabhat al-Nusra (el “Frente de Apoyo”). Cuando finalmente pude ver la imagen superior encontré que se trataba simplemente de una bandera negra con la profesión de fe musulmana: “No hay más dios que Dios y Muhammad es el mensajero de Dios”. Se trata del Estandarte Negro, la bandera de guerra (ar-rāya), usado de forma genérica por los yihadistas desde finales de los años 90.

938px-Flag_of_JihadHay varias versiones de hadices que hacen referencia al estandarte negro. “Si ves las banderas negras venir desde Jorasán únete a ese ejército, incluso aunque tengas que arrastrate sobre hielo, porque es el ejército del Califa, el Mahdi, y nadie podrá parar ese ejército hasta que llegue a Jerusalén, donde alzarán sus banderas”. La referencia al Mahdi, el sucesor del Profeta que antecederá el fin de los tiempos, vinculan a la bandera negra con la escatología musulmana.

El Gran Jorasán es una región histórica que comprende parte de Irán, Turkmenistán, Afganistán y Pakistán. Así, cuando Bin Laden se refugió en Afganistán tras ser obligado a abandonar Sudán creyó estar viviendo tiempos proféticos. Recientemente, el gobierno de los Estados Unidos anunció haber ordenado ataques aéreos en Siria contra miembros de un grupo yihadista conocido por Jorasán. Explica Javier Jordán que se trata de miembros del núcleo central de Al Qaeda desplazados hasta Siria.

Escenas de una guerra cósmica patética

Cada atentado genera comentarios de algún profano tildando a los terroristas de psicópatas, buscando un término que implique un grado sumo de maldad. Un psicópata, que me perdonen los psiquiatras, es una persona con un trastorno mental que le impide sentir empatía con sus semejantes y no se maneja en las mismas coordenadas morales que el resto de la sociedad. No le conmueve el dolor ajeno y encuentra placer en el daño que hace a otros. Un terrorista en cambio, es una persona que en su cabeza ha roto los tabús sociales que limitan la violencia legítima a determinadas circunstancias mediante un proceso de radicalización política lleno de victimismo. El enemigo ha perdido para él su condición de semejante porque es un amenaza vital. En los discursos justificativos de los grupos terroristas encontramos referencias a la opresión sufrida por clases sociales, grupos étnicos y practicantes de una religión. Recuerdo escuchar a un compañero de clase en mi universidad decir en octubre de 2001 que no había sentido pena ninguna por las víctimas de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York porque eran ejecutivos de empresas multinacionales responsables de la globalización neoliberal.

portada_1050Mark Juergensmeyer habla en su libro Terrorismo religioso de “guerra cósmica” para referirse a como el terrorismo religioso maneja cosmovisiones donde el conflicto es universal y absoluto, una lucha del Mal y el Bien (pág. 170). Por eso el modelo de “Choque de Civilizaciones” de Samuel P. Hungtinton gusta tanto a yihadistas y conservadores cristianos. Así, el 23 de febrero de 1998 “Frente Islámico Mundial”, una alianza de Al Qaeda con grupos de Egipto, Pakistán y Bangladesh, anunció en un comunicado una yihad contra “judíos y cruzados” en la que se decía que era una obligación de todo musulmán atacar a “estadounidenses y sus aliados, civiles y militares”, ya que Estados Unidos estaba en guerra “contra el Islam, su mensajero y los musulmanes”.

9788495440907Sería interesante, como dije hace poco, hacer balance quince años después del “estado de la yihad global”. Sería cuestión de revisar los comunicados de Al Qaeda en estos años y ver cuántos de sus objetivos han sido logrados. Mantengo una opinión contraria a la que expresaron varios lectores en comentarios recientemente. Para mí son significativos la falta de atentados de gran magnitud en Occidente, que las franquicias de Al Qaeda estén localizadas en la periferia del Gran Oriente Medio (con la excecpión de Iraq) y que la Primavera Árabe está siendo protagonizada por fuerzas ajenas al yihadismo. Cuento todo esto porque el último gran evento de esa gran guerra total ha sido el apuñalamiento de UN soldado británico tras el cual, sus autores han sido detenidos. Evidentemente la muerte del soldado Lee Rigby es una tragedia. Pero habría que preguntarse si las portadas dramáticas de la prensa inglesa, actuando de portavoz de los terroristas, están magnificando el efecto de un atentado de proporciones limitadas. Por no hablar de la catarata de análisis sobre el terrorismo de “lobos solitarios” y la “yihad individual” que se publican en estas ocasiones. Creo que un ejercicio de autocontención debe formar parte de la estrategia para reducir la conmoción que buscaban los terroristas.

Ahora que tengo cuenta de Twitter me fijé en algo curioso tras el atentado de Londres. Salieron en tromba un montón de periodistas y activistas a pedir que no se criminalizara a los musulmanes, a lamentar el impacto negativo que tendría el atentado sobre la comunidad musulmana británica, y a repetir el habitual mensaje de que los terroristas se habían comportado de una forma impropia de un buen musulmán. No es que me molestaran esos mensajes pero me resultó curioso el orden de prioridades. Condenar el ataque y transmitir algún tipo de mensaje de ánimo o consuelo a la sociedad británica quedaba fuera de lugar. Y encontré esta misma semana en el discurso del presidente Obama en la National Defense University que rechazaba el concepto “Global War On Terror” para hablar en cambio de “esfuerzos apuntados a desmantelar redes específicas de extremistas violentos”. Un enorme rodeo semántico para no mencionar, como en otra parte del discurso, a los terroristas que actúan inspirados por nociones de la “yihad violenta”, lo que es también una forma del presidente Obama de decir que hay otras formas de yihad. Pero en serio, ¿realmente la gente que habla de “terrorismo internacional” se cree que no hay conexión alguna con la realidad hoy del Islam y ciertas corrientes políticas que inspiran el terrorismo y son el caldo de cultivo de los procesos de radicalizaión. Sabemos que no son mayoritarias pero esconderlas detrás de eufemismo no ayudará a un diagnóstico de la situación que nos permita enfrentarlas.

El troyano islamista

Estoy estos días avanzando lentamente por las páginas densas de Sufismo de Halil Bárcena. He sentido interés por las manifestaciones culturales del sufismo desde hace ya muchos años y ese viaje que tengo pendiente por el interior de Turquía hará una parada inexcusable en Konya. El sufismo es la rama mística del Islam y como todo fenómeno espiritual, tenemos en Occidente versiones light aptas para el consumo de masas como producto New Age. Halil Bárcena remarca por ello en su libro que no puede haber sufismo sin Islam. Y por ello me resulta relevante para un tema que he tratado aquí varias veces. La insistencia de los islamófobos occidentales en que en el Islam no hay lugar para corrientes, escuelas e interpretaciones. Que el Islam es único, monolítico e inamovible. Por tanto, afirman, no hay lugar para un Islam moderado, moderno y humanista, capaz de existir en paz dentro de las democracias occidentales porque el Islam es una religión de una naturaleza intrínseca totalitaria y violenta. El libro de Halil Bárcena demuestra que otro Islam es posible y que el islamismo es un fenómeno contingente.

Mi lectura de Sufismo viene al caso porque hace unas pocos semanas leí en su formato electrónico el libro La Quinta Invasión. Islamismo 711-2011 de José Donís Català, lo que me recuerda que no estoy dejando constancia de mis lecturas fuera del papel. La Quinta Invasión está escrito en un tono grandilocuente y panfletario. Arranca con una anécdota contada por un taxista y entra en el repaso de la historia de Al Andalus contando cómo en el año 475 de nuestra era nación la “nación más antigua de Occidente”. Así que imagínense el resto, incluída una diatriba contra la izquierda caviar, a la que el autor identifica como bohemios burgueses (“bobos”), demostrando de paso que no ha leído a David Brooks. Es de primero de carrera saber que una colección de anécdotas no demuestra nada y como sociólogo espero en un libro así datos, cifras, investigaciones o encuestas de opinión. Información y análisis que demuestren qué pasa en las comunidades de inmigrantes musulmanas. Algo como lo que hizo un equipo de reporteros del Channel 4 británico en su reportaje “Undercover Mosque”. Y es que el autor, aunque no lo diga, me parece claro que trata de reproducir el tono y discurso del libro Londonistan de Melanie Philips.

LondonistanEl término “Londonistan” hace referencia a cómo la ciudad se convirtió en un nodo global del yihadismo por la actitud del gobierno británico de no interferir en las actividades de grupos islamistas radicales mientras sus actividades violentas tuvieran lugar fuera de las fronteras del país. Pero este libro, ya bastante famoso, cuenta el resultado de las medidas adoptadas por el gobierno británico para contrarrestar el yihadismo. Asumiendo que el terrorismo islamista era una desviación del Islam combatible enseñando el “Islam verdadero”, el gobierno británico promovió y favoreció instituciones y grupos musulmanes sin molestarse en comprobar si lo que predicaban esos grupos era compatible con una sociedad moderna y democrática. En el fondo, lo que las autoridades británicas hicieron fue practicar el “indirect rule” de los tiempos coloniales bajo el nombre de multiculturalismo: Asumir a las comunidad musulmana como una masa compacta que manejar delegando la tarea en sus líderes. Lo que no queda claro es que los líderes religiosos fueran previamente mayoritarios y representativos, pero eso da igual porque el reconocimiento de las autoridades británicos los aupó a esa condición. El resultado fue la radicalización de comunidades inmigrantes donde islamistas radicales se conviertieron en hegemónicos mientras aquellas personas que aspiraban a una identidad secular se quedaron sin espacio social.

Otro flanco de la lucha contra el yihadismo en suelo británico fue asumir que el terrorismo islamista era el resultado de la opresión, discriminación y pobreza, no de una ideología, por lo que se decidió darle un tratamiento de víctimas a los miembros de una comunidad que estaba siendo un caldo de cultivo del odio y de valores antidemocráticos. Todo ello, sancionado en nombre del multiculturalismo (“son sus costumbres y hay que respetarlas”) y en nombre de la lucha contra la islamofobia. En la práctica consistió presionar a organizaciones cristianas porque su identidad iba en contra de la diversidad, proponer que se suspendieran actos en memoria del Holocausto “por ser un insulto a los musulmanes” o que abiertamente se pidiera que se aplicara un código civil diferente a la población musulmana. Todo ello ataques al sistema democrático, la libertad de expresión y otros fundamentos de las sociedades modernas y avanzadas. Las redes clientelares establecidas en las comunidades islámicas se convirtieron en un arma de doble filo, ya que el empoderamiento de los grupos islamistas los convirtió en una fuerza política notable.

El relato que hace Melanie Philips sobre el Reino Unido es bastante espeluznante. Aunque leyendo el libro no paré de dejar de pensar que muchas cosas que mencionaba eran imposibles de imaginar en España por la vigencia de la Ley de Partidos, la existencia del delito de “apología del terrorismo” y que el virus del posmodernismo no ha infectado tanto el mundo académico español. El problema está en el diagnóstico y las soluciones que presenta Melanie Philips. ¿Igualdad de la ley para todos? ¿Respeto de la liberta de expresión? ¿Defensa de la naturaleza secular de las sociedades occidentales? No, el problema para ella es la pérdida de los valores tradicionales y la disolución del orgullo nacional británico. La solución pasaría por volver a enseñar en las escuelas el orgullo por el Imperio Británico que llevó la Civilización a los pueblos primitivos, volver a ir a misa y educar a las chicas para que se comporten como señoritas, con lo que los islamistas no podrían aprovechar el vacío producido por la falta de valores. Y es que al final Melanie Philips no deja de ser conservadora cristiana bastante carca. Ahí la tienen escribiendo en el Daily Mail, que es ese periódico.

Riot CityEn el extremo opuesto tenemos Riot City de Clive Bloom que escribe sobre los disturbios de 2011 en Inglaterra, tanto de las prostestas de estudiantes universitarias en Londres como los saqueos en varias ciudades inglesas. En el libro pone los disturbios en el contexto histórico de otras revueltas y protestas juveniles en el Reino Unido en los últimos dos siglos, para señalar que no hay nada sorprendente o nuevo. En la parte en la que el libro narra los disturbios de 2001 es una mera recopilación de noticias bastante aburrida porque resulta una enumeración de incidentes. Pero es en la parte del análisis donde el libro llama la atención. Hay que recordar que los disturbios de 2011 arrancan por la muerte de un joven negro caribeño por disparos de la policía. En las siguientes noches, jóvenes de esa comunidad se dedicaron a prender fuego y saquear tiendas, con varios muertos por palizas, disparos o atropellos. Lo que empezó siendo unos de una comunidad étnica se extendió por varias ciudades de Inglaterra, sumándose también jóvenes de toda condición étnica y social. A pesar de los datos, hechos y cifras el autor procura por todos los medios descartar el papel de la etnia y cultura en los disturbios. A pesar de ello, muestra su perplejidad porque fuera un fenómeno meramente inglés, quedando Gales y Escocia al margen. ¿Será, por ejemplo en Escocia, que los inmigrantes se encontraron con una identidad nacional fuerte y por tanto pudieron asumir el relato de una identidad colectiva? Ahí están esas noticia de cómo la comunidad musulmana tiene su propio diseño de tartán oficial. Quizás sea cuestión de un perfil social diferente. Mirando en Internet sobre la comunidad musulmana de Escocia uno encuentra noticias sobre todo de emprendedores y profesionales. Pero lo relevante en esta reflexión son las soluciones que propone el autor. Sus referencias al aburrimiento y las faltas de tanto autoestima como una figura pàterna parecen un diagnóstico sacado de un capítulo de Hermano Mayor. Pero ese tabú de abordar cuestiones tales como por qué en determinados grupos étnicos del Reino Unido ha arraigado cierta cultura de la delincuencia hacen que el análisis cojee.

Y así, leyendo a unos y a otros, no puedo dejar de tener la sensación de que los análisis de conservadores y progres tienen tales sesgos que ni ayudan a esclarecer el problema ni aportan soluciones completas. Porque al fin y al cabo, no se trata de un problema que nos sea lejano.

“Brothers in Arms” de Camille Tawil

Brothers in Arms. The Story of al-Qa‘ida and the Arab Jihadists de Camille Tawil.
SAQI Books, Londres, 2010.

Fuera del mundo de los periodistas y expertos occidentales, que en muchos casos sólo acceden a fuentes secundarias, están por descubrir los acádemicos con dominio del árabe y autores árabes con una producción mucho más discreta mediáticamente pero profundamente interesante donde rescatan el testimonio de los protagonistas de la historia.

En Brothers in Arms, Camille Tawil traza la historia de los yihadistas que combatieron a sus gobiernos en Argelia, Libia y Egipto durante los años noventa. Es una historia que va de fracaso en fracaso frente a regímenes que reprimieron a la disidencia con mano dura. El resultado es que grupos como el GIA argelino y Al-Gama’a al-Islamiyya de Egipto terminaron por renunciar a la violencia. Las organizaciones supervivientes se refugiaron en el único país del mundo con un gobierno musulmán que ofrecía una retaguardia a los grupos yihadistas: La Afganistán de los talibán. Allí terminaron bajo la influencia de un millonario saudí que articuló sus fracasadas luchas locales en una yihad gloabal contra Occidente.

El retrato que hace Camille Tawil de los yihadistas norteafricanos no es muy edificante, con sus enfrentamientos por cuestiones ideológicas, teológicas y organizativas. Su desconexión con la realidad y con el sentir mayoritario de la población musulmana lo veríamos luego en Iraq donde la rama local de Al Qaeda liderada por Abu Musab Al Zarqawi puso a la población en su contra. El relato termina con un giro irónico. Los líderes y militantes yihadistas que encontraron refugio en Afganistán murieron en su mayor parte bajo las bombas y balas estadounidenses tras la invasión de Afganistán. Tuvieron mejor suerte los yihadistas argelinos que renunciaron entonces a ir a Afganistán para unirse a Bin Laden. El terrorismo yihadista nunco estuvo cerca de la victoria y la perspectiva del tiempo, con libros como este, nos permitirá ver lo excepcional del período 2001-2011.

La “rabiosa novedad” del asalto a las embajadas

El 20 de noviembre de 1979 el mundo musulmán celebró la llegada del año 1400. Esa mañana un grupo de extremistas islámicos armados irrumpió en la Gran Mezquita de la Meca y se apoderó del reciento tomando como rehenes a la muchedumbre de peregrinos que cumplían el último día de su peregrinación. Entre el miedo y el asombro de los allí presentes proclamaron a su cabecilla, Mohammed Abdullah al-Qahtani, como el Mahdi, el redentor del Islam que precedía al fin de los tiempos. Arabia Saudita había visto disparado sus ingresos tras la crisis petrolera mundial de 1973 y la rápida modernización del reino era motivo de escándalo para muchos saudíes.

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Tras la confusión inicial y los primeros fallidos intentos de asaltar el recinto, las autoridades saudíes requirieron a la empresa Saudi Bin Ladin Group, responsable de las reformas y ampliación del del lugar más sagrado del planeta para el Islam, los planos de construcción. Requirieron también ayuda al gobierno francés que envió material y a tres agentes del Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale convertidos al Islam sobre la marcha para trabajar sobre el terreno. Empleando vehículos blindados las fuerzas especiales saudíes fueron retomando terreno hasta acorralar a los asaltantes en las galerías subterráneas de la mezquita.

El balance oficial de muertos fue de 127 miembros de las fuerzas de seguridad, una docena de peregrinos y 117 asaltantes. La versión no oficial habla en cambio de miles. El lugar más sagrado del Islam había sido profanado y la legitimidad de la casa Saud desafiada. Los gobernantes de Arabia Saudita tomaron el ataque como un síntoma del descontento en el país ante la excesiva occidentalización producto del súbito enriquecimiento del país tras el shock petrolero de 1973. Entre otras medidas, promulgaron leyes más restrictivas sobre el papel de la mujer en la vida pública.

Los primeros momentos del asalto a la Gran Mezquita de la Meca fueron de una enorme confusión sobre la identidad de los atacantes. Las autoridades saudíes tardaron en informar sobre ello y al día siguiente del ataque se convocaron manifestaciones en muchas ciudades de países musulmanes tras la extensión del rumor de que se trataba, nada menos, de una operación militar conjunta de Israel y Estados Unidos para apoderarse del lugar más sagrado del Islam. Un rumor que propagó entre otros el ayatolá Jomeini. En Islamabad, la capital de Pakistán, la manifestación frente a la embajada de Estados Unidos derivó en un tumulto que arrasó la embajada. Ardieron todos los edificios del complejo y los sesenta vehículos de su parque móvil. Una centena de personas, entre personal diplomático y empleados pakistaníes, debieron refugiarse en la última planta del edificio central esperando en vano la llegada de fuerzas de seguridad que dispersaran a la turba que intentaba irrumpir en el recinto protegido donde estaban atrincherados. Pero las fuerzas de seguridad pakistaníes se limitaron a ser testigos pasivos mientras la embajada y la sede de otras instituciones estadounidenses fueron atacadas. El gobierno del general Zia-ul-Haq, llegado al poder en un golpe de estado en 1977, era aliado de Estados Unidos pero estaba tratando de construir una base social para su régimen cortejando a los islamistas y en especial a la organización detrás del tumulto, la Jammat-e-Islami, fortalecida por los petro-dólares saudíes.

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Al final del día, con el atardecer, la turba se cansó y se marchó, dejando un saldo de dos militares estadounidenses y dos empleados pakistaníes muertos. La versión oficial dada por Estados Unidos hablaba del imprescindible papel de las autoridades pakistaníes en la liberación del personal de la embajada. Era completamente falso.

Varios días después, el 30 de diciembre una turba intentó asaltar la embajada estadounidense de Kuwait. Tuvo que ser dispersada con gases lacrimógenos y granadas aturdidoras. Dos dias después sucedió otro asalto a una embajada estadounidense. Esta vez pasó en Trípoli, capital de Libia. Las malas relaciones entre Washington y el régimen de Gadafi había llevado a mantener una delegación mínima en el país. Estaba todavía en pleno desarrollo la crisis de los rehenes de la embajada estadounidense en Teherán, así que el personal diplomático llevaba tiempo en alerta. El agente residente de la CIA había tenido además la precaución de preparar un plan de defensa y otro de escape. Destruyó o trasladó a Túnez el material sensible. Así que cuando se produjo el asalto estaban preparados. Tras saltar sobre los muros, la turba alcanzó la planta baja del edificio principal estaban preparados. Los asaltantes recibieron una andanada de botes lacrimógenos. Algún asaltante intentó subir al segundo piso por las escaleras princpales pero solo logró partirse la crisma porque en ellas habían derramado aceite de motor. El personal diplomático consiguió ganar el tiempo suficiente para escapar por un patio trasero que conectaba con otro edificio. Allí se quitaron las chaquetas y corbatas. Se mezclaron entre los estudiantes que se manifestaban contra Estados Unidos y alcanzaron la embajada de Reino Unido.

¿Fue el terrorismo yihadista sólo un momento?

En el artículo que acabo de terminar cuento muy someramente cómo el entusiasmo por los avances tecnológicos en el campo militar estrenados en la Operación “Tormenta del Desierto”, la primera guerra de la era de la información, llevó a pasar por alto la verdadera naturaleza de la transformación de la guerra tras el fin de la Guerra Fría. Y entonces, claro, llegó el 11-S. Es una historia que expliqué en mi charla grabada para la Jornada sobre la Sociedad Red en Montenvideo el 16 de agosto pasado. Y que compondrá el primer capítulo de mi segundo libro.

Me he quedado con la sensación de que en mi artículo falta algo. Que hay un salto entre esa historia sobre el fallo colectivo en Estados Unidos en entender la transformación de la guerra durante la primera década de la Posguerra Fría y mi explicación de las guerras posmodernas. Y es lo sucedido en la segunda década de Posguerra Fría. Entre el 11-S y el debate actual sobre la retirada estadounidense de Iraq y Afganistán. La idea me vino de una forma curiosa. Estaba ordenando mis estanterías de libros por enésima vez, teniendo que tomar la dolorsa decisión de condenar libros a una caja al trastero para dejar espacio a libros más útiles y relevantes. Y entonces tuve un mi mano “Osama de cerca” de Peter Bergen, un libro gordo y pesado. Y miré el espacio que ocupan los libros sobre la guerra de Iraq: Los dos tochos de Tom Ricks, la versión de bolsillo de Cobra II o el libro de Scott Ritter sobre la inexistencia de las armas de destrucción masiva en Iraq publicado en 2002. Sí, puedo restregarle a cualquier neocón que yo sabía cosas que Aznar y el CNI no. ¿Pero eso importa ahora?

Bin Laden está en el fondo del mar. Y la retirada definitiva de Iraq está prevista. ¿Importa ahora todos aquellos debates sobre el éxito del “Surge”, el Despertar de al-Anbar y las verdaderas razones de la pacificación del país? Un día miraremos la guerra de Afganistán con lejanía y extrañeza. Con la misma indiferencia con la que los medios de comunicación ignoran actualmente todo lo que está pasando en Iraq.

He añadido a mi biblioteca dos libros escritos recientemente por militares españoles sobre la transformación de los conflictos armados y me ha sorprendido la gran importancia dada al islamismo. Para ellos el orden internacional del siglo XXI se reduce a una pugna global contra el salafismo yihadista. ¿Dónde están los hackers rusos y chinos, los diamantes de la guerra de África Occidental, las maras centroamericanas, los estados fallidos o las empresas militares privadas? En la revista académica del CESEDEN no aparecen. Están atrapados en la narrativa de la “Global World On Terror” porque necesitan dotarle de épica a la profesión militar que ya no gira en torno a la defensa de la Patria y la lucha contra el Comunismo, sino a las nada glamourosas misiones de paz en países perdidos.

Una vez hice el experimento de mirar en la base de datos del ISBN que mantiene el Ministerio de Cultura con datos de los libros publicados en España desde 1972. Y lo voy a repetir. Estos son los datos:

-Libros con la palabra “islamismo” en su título.

Antes del 11-S: 11. Después del 11-S: 29

-Libros con la palabra “yihad” en su título.

Antes del 11-S: 2. Después del 11-S: 25

Evidentemente hay más libros sobre ambos temas con otros títulos. “Qaeda” genera 26 resultados y “Laden” genera 32, todos posteriores al 11-S.

El mundo se llenó de expertos en terrorismo, yihad y Bin Laden. Las masas musulmanes, oprimidas por dictadores apoyadas por Occidente, eran una olla a presión por el profundo sentimiento de humillación por el postergamiento de sus sociedades y las frustaciones económicas y sexuales de los varones jóvenes. ¿Se acuerdan? El mundo musulmán iba a estallar. Islam significa “sumisión a Alá”. Y la voluntad de Alá expresada en el Corán, que no admite interpretación, es que todo musulmán debe participar en la yihad para que el Islam se expanda. Se reinstauraría el Califato desde Marruecos al Sur de Filipinas y entonces vendrían a por nosotros. La Revolución Verde. La Primavera Árabe. ¿Quién lo podría haber anticipado? ¡Nadie!

No sé qué va a pasar con la Primavera Árabe. Pero una cosa es segura, el futuro no va a ser lo que nos contaron.

Semblanza de Bin Laden

Osama Bin Ladn (Usama Bin Ladin) fue uno de tantos hijos de un multimillonario que era el plebeyo más rico de Arabia Saudita. El padre de Osama construyó un imperio de la nada y fue una figura superlativa. Sin embargo Osama no era especialmente carismático o brillante en su adolescencia y creció a la sombra de sus otros hermanos que se encargaron de la empresa familiar tras la muerte de su padre.

Necesitado de una causa y de construir su propia leyenda acudió a Afganistán donde su experiencia trabajando en la empresa familiar de obras públicas y su dinero le valió un lugar en la yihad contra los soviéticos. Siendo un ingeniero sin estudios de teología y jurisproducencia islámica encontró un mentor en el palestino Abdullah Yusuf Azzam, referente para los voluntarios árabes en Afganistán. Azzam postulaba por una yihad en defensa de los territorios musulmanes dentro de unos límites morales. Hubiera desaprobado sin duda el 11-S y otras tantas tropelías en el nombre del Islam. Se convirtió en una molestia para demasiadas facciones combatientes en Afganistán cuando se sabía ya que a la retirada soviética le seguiría una lucha entre los muyahidines. Azzam fue asesinado en noviembre de 1989.

Bin Laden se encontró sin quererlo al frente de una organización de combatientes que puso al servicio de sus incipientes sueños de grandeza. Como heredero de un multimillonario tuvo siempre demasiada gente a su alrededor dispuesta a decirle lo que quería escuchar con tal de sacarle dinero. El adolescente taciturno necesitado de una figura paterna se convirtió en un engreído ambicioso dispuesto a cambiar el mundo. Cometió un error típico de las personas que tienen éxito: Creerse que se debió sólo a sus propios méritos sin analizar las circunstancias y condiciones particulares. Tras la invasión iraquí de Kuwait el 2 de agosto de 1990 Bin Laden ofreció reforzar la defensa de Arabia Saudita con veteranos de la yihad afgana. La casa real declinó y pidió ayuda al gobierno de Estados Unidos. Aquello marcó la ruptura de relaciones con el gobierno de su país y el comienzo de la huída hacia adelante: Sudán, Afganistán y Pakistán.

Encontró un segundo mentor en el médico egipcio Aymán al-Zawahiri, figura destacada de la Yihad Islámica Egipcia. En al-Zawahiri ardía una rabia asesina tras su paso por la cárcel, experiencia que le marcó profundamente sobre todo por haber sucumbido a las torturas y delatado a alguien. Parece ser que al principio al-Zawahiri veía en Bin Laden un tonto útil que finaciaría sus sueños de prender la mecha revolucionaria en Egipto, el país árabe más poblado. Pero el terrorismo islamista, con su violencia ciega y absurda, no logró adeptos para la causa. El asesinato de turistas extranjeros puso en peligro la economía egipcia. La Yihad Islámica egipcia fracasó en atraer a las masas. Al-Zawahiri se resignó a un papel secundario al lado de Bin Laden.

En la C.I.A. un grupo de analistas cayeron en la cuenta del peligro que suponía la organización de Bin Laden. Pero se encontraron con un problema. La C.I.A. dividía sus equipos por países relevantes. La organización de Bin Laden no era un país. ¿Cuántos aviones de combate, divisiones acorazadas, submarinos y cabezas nucleares disponía Bin Laden? Ninguna. A los del equipo que estudiaba a Bin Laden los tomaron por chiflados. No era el lugar de la C.I.A. en el que estar si querías hacer carrera.

Los yihadistas, tras facasar en lugares como Argelia y Egipto sin conseguir levantar las masas, terminaron convergiendo en la organización trasnacional de Bin Laden, presentada al mundo en 1998 como “Frente Islámico Mundial”. Por el camino quedaron los hartos y desencantados del exilio, las penurias y los fracasos. Siguieron los más fanáticos de entre los fanáticos dispuestos a aumentar la apuesta. En vez de atacar a los regímenes árabes había que atacar su principal fuente de apoyo: Estados Unidos.

Bin Laden tenía dos referencias: El atentado contra el cuartel de los Marines en Beirut en 1983 y la batalla de Mogadiscio en 1992. En ambos casos la muerte de soldados estadounidenses en un país lejano durante un conflicto incomprendido por la opinión pública estadounidense había provocado la retirada de las tropas. La conclusión de Bin Laden fue que Estados Unidos no tenía estómago para una confrontación directa.

En medio de las dudas y una crisis de liderazgo Bin Laden organizó el atentado del 11-S sabiendo que Estados Unidos respondería inviendo Afganistán. El guión de la guerra contra los soviéticos se repitiría. Afganistán sería la tumba de imperios. Pero algo falló. La resistencia de los talibán se desmoronó enseguida y la invasión estadounidense se convirtió en una carrera alocada mientras que Bin Laden, los talibán y los yihadistas internacionales huían a Pakistán. Allí pasaría los diez últimos años de su vida.

Bin Laden quedó reducido a una figura simbólica tras perder Al Qaeda sus bases en Afganistán. La fuerza de los acontecimientos obligó a transfomar a la yihad global en una empresa no descentralizada sino distribuida. La yihad estaría allí donde alguien luchara en su nombre, organizándose y financiándose de forma autónoma. Bin Laden quedaría como una figura simbólica que a través de comunicados marcaría las líneas maestras. Cualquiera que le haya leído con atención descubrirá que más allá de su discuso antioccidental no tenía más la remota idea de cómo sería la sociedad islámica utópica que pretendía construir.

Una vez más la llama no prendió en los países árabes y musulmanes. El apoyo popular, que reflejaban las encuentas tras el 11-S, cayó en picado tras las matanzas indiscriminadas de civiles en Iraq. Los voluntarios dispuestos a cometer atentados tras descargar las instrucciones para fabricar bombas de Internet resultaron ser sólo unos torpes chapuceros. La eficacia policial en Occidente mejoró. Tras el 11-M en Madrid y el 7-J en Londres no se volvieron a cometer grandes atentados en Europa.

Bin Laden murió de la peor manera posible. No lo hizo en primera línea de combate en las montañas, sino en una zona residencial donde quizás fue aparcado como una pieza ya inútil por el servicio secreto pakistaní. Tras décadas las masas árabes al final se alzaron para luchar por un destino que no tiene nada que ver con el que soñó Bin Laden, condenando al salafismo yihadista a la irrelevancia política. ¿Alguien recuerda un comunicado suyo sobre los acontecimientos de Túnez o Egipto? En los últimos meses pudo ver que todo la obra de su vida no sirvió para nada.