Una lectura complementaria

Recientemente hice una reseña de tres libros sobre los voluntarios no alemanes que combatieron en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial, con especial atención a los provenientes de ciertas repúblicas de la Unión Soviética (Rusia, Ucrania y las repúblicas bálticas). Los tres libros tenían como autor o coautor a Carlos Caballero Jurado, prolífico historiador español especializado en el Frente del Este. Es toda una autoridad en la materia, aunque no es difícil leer entre líneas y detectar cierta simpatía hacia los combatientes anti-comunistas. Así que durante la lectura de sus libros me entró la duda si la suya no era una versión aséptica en la que habían quedado fuera los hechos más reprobables o cuestionables. Que sólo se mencionaran aspectos negativos en el libro del que era coautor me dejó la duda. Así que me hice recientemente con Las legiones de voluntarios y otras divisiones de las SS: de la 24ª a la 38ª de Gordon Williamson (traducción de RBA de The Waffen-SS (4) 24. to 38. Divisions, & Volunteer Legions publicado originalmente por Osprey)

En este libro se menciona la brigada Kaminski, cuyo líder “llevaba una vida de señor de la guerra feudal mientras sus hombres saqueaban y mataban a placer” (pág. 15). Participó en el Alzamiento de Varsovia, donde “alcanzó simas de depravación que ofendieron incluso a las SS” (pág. 16). De los voluntarios italianos de la Waffen SS, se dice que “algunos oficiales voluntarios y muy motivados abandonaron al ver el ma trato que los alemanes daban a los italianos” (pág. 18). Mención aparte merece la Brigada Dirlewange, formada por convictos alemanes que se dedicaron a toda clase de atrocidades contra la población civil. No entra en la categoría de aliados no alemanes del esfuerzo de guerra nazi pero merece la pena mencionar que todo relato sobre el Frente del Este de la Segunda Guerra Mundial se cruza con crímenes de guerra tarde o temprano.

Con todo esto quiero decir que queda claro, una vez más, que cuando se trata de libros de historia e historiadores es conveniente buscar más de un fuente y contrastar versiones. Una lección obvia. El asunto se complica además con las alteraciones de la traducción al español de los libros de Carlos Caballero Jurado publicados originalmente en el Reino Unido.

Una vez concluído este ciclo de lecturas sobre los aliados de la Alemania nazi el siguiente pasao será examinar el debate sobre la “memoria histórica” que enfrente a Rusia y los países ex-comunistas sobre el papel de aquellos combatientes que son condenados por un lado aliados de los nazis y por otro reivindicados por enfrentrase a la Unión Soviética de Stalin.

“Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970″ de Peter Baxter

Llevo ya varios libros leídos de la colección Africa@War que coeditan la británica Helion & Co. y la sudafricana 30º South Publishers mientras espero impaciente algunos títulos que saldrán este año. Biafra. The Nigerian Civil War, 1967-1970, obra de Peter Baxter, resulta interesante leída junto con Congo Unravelled. Military Operations to the Mercenary Revolt 1960-1968 y los dos libros de Tom Cooper sobre la Primera y la Segunda Guerra del Congo.

La comparación es interesante porque tenemos dos conflictos de la Guerra Fría y otros dos que encajan perfectamente en el modelo de “Nuevas Guerras” de Mary Kaldor, o el mío de Guerras Posmodernas. Y la cuestión inevitable tras leerlos es preguntarse cuánto de nuevo hay en los conflictos posteriores al fin de la Guerra Fría.

La Guerra de Biafra fue el resultado de las tensiones étnicas en Nigeria tras su independencia. Tras una campaña de progromos contra el pueblo igbo, la parte sudoriental del país proclamó la independencia. Con escasos reconocimientos externos, el nuevo país perdió en una de las primeras ofensivas gubernamentales su salida al mar y se encontró con un solo aeropuerto improvisado como vía de comunicación al exterior. Al auxilio de Biafra acudieron de forma velada Francia y Portugal, con la evidente intención de malmeter en una antigua colonia británica. Pero quienes tuvieron especial protagonismo público fueron mercenarios, aventureros y organizaciones humanitarias tras el impacto mediático del sufrimiento de la población civil. Es decir, en aquella guerra librada a finales de la años sesenta encontramos ya elementos que podríamos pensar sólo característicos de los conflictos actuales.

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Peter Baxter plantea una idea interesante. El esfuerzo internacional por llevar ayuda humanitaria a Biafra, sumado a la negativa de sus líderes por aceptar la inevitable derrota, prolongó innecesariamente la guerra. Creo que esa guerra ha quedado bastante olvidada. Pero en su momento tuvo un enorme impacto, convertida en el estereotipo de crisis humana que se instala en el imaginario colectivo (recordemos aquel disco de Los Toreros Muertos “Por Biafra”), como fue luego en los años 80 la hambruna de Etiopía y en los años 90 el genocidio de Ruanda.

índiceEn el plano militar la guerra se caracterizó por la extrema falta de medios de los rebeldes biafreños y la incompetencia de líderes de ambos bandos en momentos cruciales que hubieran supuesto un golpe decisivo con el que sentenciar el resultado de la guerra. Un lugar especial para mí lo ocupan los mercenarios, voluntarios y aventureros que acudieron a luchar en las filas de Biafra. Me encontré con una serie de nombres y fotos familiares que desconozco dónde los vi por primera vez. Hablo de Rolf Steiner, Marc Goosens, “Taffy” Williams y Armand Ianarelli. Frederick Forsyth cubrió aquella guerra como reportero y recabó allí impresiones y materiales que el sirvieron para escribir la novela Los perros de la guerra. Sin duda el personaje más pintoresco fue el sueco Carl Gustaf Von Rosen, que reunió una escuadrilla de minúsculas avionetas Malmö MFI-9 con las que organizó una “guerrilla aérea” en el bando biafreño. Sus ataques destruyeron en tierra varios aviones de guerra gubernamentales y lograron publicidad para la causa rebelde, pero el impacto real es discutible.

nigeria_1La lectura me ha resultado provechosa porque creo que es otra referencia más a la hora de reexaminar conceptos como el de “Nuevas Guerras”. Mi opinión cuando escribí mi libro era que el período entre 1939 y 1989 se caracterizó por asistir a la emergencia de fenómenos que hoy son esenciales en las Guerras Posmodernas. Y aquí tenemos una prueba concreta de cómo en las viejas guerras de la Guerra Fría encontramos elementos que hoy consideramos característicos de los conflictos del siglo XXI.

Con Hitler contra Stalin

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El general Vlasov dirigiéndose a soldados del Ejército Ruso de Liberación

He leído tres libros del prolífico historiador Carlos Caballero Jurado sobre varios de los contingentes de voluntarios que lucharon en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Dos de ellos son librillos porque se trata de ediciones en español hechas por RBA de libros de la editorial británica Osprey con apenas 48 páginas. El asunto me interesa por una cuestión muy concreta. La “memoria histórica” sobre esos contingentes es un campo de batalla y un arma arrojadiza en la Nueva Guerra Fría entre Rusia varios países ex-soviéticos.

rusos-contra-stalinEl primero de los tres, es el libro más extenso e interesante: Rusos contra Stalin. Una historia del Ejército Ruso de Liberación de la editorial Galland Books (88 páginas 2010). El libro cuenta la historia de los rusos que decidieron unirse a las filas alemanas en el Frente del Este frente a la Unión Soviética. El título hace referencia al Ejército Ruso de Liberación (POA en sus siglas en cirílico) del general Vlasov, pero en el libro recoge la participación en el bando alemán de rusos en diferentes circunstancias y momentos. Eso va desde la organización ROVS de “rusos blancos” exiliados tras la Guerra Civil Rusa a civiles armados que organizaron partidas antipartisanas, pasando por los rusos que realizaron tareas auxiliares en unidades alemanas que los incorporaron a espaldas de Berlín. Y es que el libro cumple un papel desmitificador de la Alemania nazi. Donde alguno imagina una implacable máquina militar organizada según criterios de máxima eficacia burocrática alemana se encuentra que el régimen nazi fue una suma de feudos de poder dirigidos por un poder irracional y fanático.

Carlos Caballero no deja de preguntarse que hubiera pasado si la Alemania nazi en vez de despreciar el ofrecimiento de rusos exiliados y prisioneros de luchar contra el régimen de Stalin hubiera organizado fuerzas rusas desde el primer día con la promesa de respetar una Rusia liberada. Pero evidentemente eso iba en contra de los designios de Hitler de convertir a Rusia en una colonia alemana y de su desprecio de los pueblos eslavos. Cuando el ejército alemán estaba en retirada cambió el criterio y se decidió finalmente organizar unidades rusas, pero una vez encuadradas e instruidas se decidió mantenerlas lejos del Frente Oriental y dispersarlas. Algunas terminaron en tareas antipartisanas en Yugoslavia y otras en el Muro del Atlántico. Algunas llegaron a combatir de forma destacada contra el ejército soviético y la esperanza de algunos de sus líderes de mantenerse cohesionados para ser útiles a los Aliados en una inminente guerra contra la URSS se vio evidentemente defraudada. Es más, los ciudadanos soviéticos en las filas alemanas hechos prisioneros por las tropas aliadas fueron entregados tras la guerra para terminar ejecutados o enterrados en vida en el Gulag.

Una historia personal recorre el libro como hilo conductor, la peripecia vital de Grigori vom Lamsdorf, al que Carlos Caballero Jurado conoció personalmente. Exiliado en París, combatió en la Guerra Civil española con otros voluntarios rusos del ROVS. De vuelta en Francia, fue llamado a filas y llegó a ser condecorado por el ejército francés. Tras la rendición francesa y la desmovilización, comenzó su aventura a partir de la invasión alemana de la Unión Soviética. Participó en distintas iniciativas de encuadrar rusos para combatir en el Frente Oriental hasta el final de la guerra. Finalmente consiguió huir hasta España y aquí se estableció.

imagesLa Legión Valona y otras unidades alemanas de voluntarios es la traducción al español de Foreign Volunters of the Wehrmacht 1941-45. El libro trata de las unidades extranjeras en el ejército regular alemán de la Alemania nazi (Wehrmacht), con lo que quedan fuera las unidades de voluntarios extranjeros en las Waffen SS. En sus 48 página el cuadernillo, más que libro, trata someramente los voluntarios de la Valonia belga, Francia, Holanda, Italia, Croacia, repúblicas bálticas, el Magreb, los distintos territorios de la Unión Soviética, India y países árabes de Oriente Medio que lucharon en las filas del ejército alemán. El tratamiento es por tanto somero, centrándose en la uniformidad de cada unidad y su organización.  Aunque la obra me atrajo por mencionar a las unidades ucranianas, que en el actual contexto me parecen de especial relevancia. Se trata de una obra publicada en el Reino Unido en 1983 donde se menciona la “macabra reputación” alcanzada por una unidad rusa que también aparece en el libro anterior. Cabe preguntarse por esa omisión.

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El último de los tres libros, Los aliados alemanes de los países bálticos, también es una traducción al español de una obra de Osprey y tiene como coautor a Nigel Thomas. Aquí se hace un recorrido por las unidades voluntarias o no encuadradas por los alemanas en Lituania, Letonia y Estonia. Al contrario de los dos libros anteriores aquí nos encontramos con el caso de movilizaciones forzosas que colocan a sus protagonistas en una categoría a parte a aquellos que por cuestiones ideológicas y nacionalistas se presentaron voluntarios a luchar. Con sus 48 páginas me lo leí como un registro notarial donde se da cuenta del nombre, uniforme y organización de las distintas unidades que en Lituania, Letonia y Estonia se organizaron para combatir en el bando alemán. El asunto más interesante del libro y que tiene que ver con mi motivación para leerlo es la reflexión final de los autores sobre la “Segunda Ocupación Soviética”. Recordemos que la Unión Soviética se anexó las tres repúblicas bálticas por la fuerza en 1940 tras hacer un reparto de esferas de influencia con la Alemania en el infame tratado Ribbentrop-Molotov.

Los autores plantean que una prueba de la verdadera motivación de los voluntarios bálticos contra la URSS queda reflejada en que siguieran combatiendo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un asunto que trata Edward Lucas en Deception, porque el MI6 británico trató de infiltrar agentes en esas repúblicas con escaso éxito tras la Segunda Guerra Mundial. Carlos Caballero habla de la motivación ideológica en una entrevista:

En realidad dudo mucho que ninguno –salvo quizás una cifra anecdótica- fueran radicales nazis. Eran anticomunistas en su inmensa mayoría (si excluimos a los extraeuropeos) y donde más reclutaron fue en zonas de Europa como los Países Bálticos o Galitzia –la Ucrania occidental- que habían sufrido una invasión comunista soviética. Otros lo hacían movidos también por el afán de que sus países consiguieran la independencia. En no pocos casos ambos motivos se combinaban.

La polémica evidentemente está servida porque en la fórmula de “lucharon con Hitler contra Stalin” cada cual se ha quedado con la mitad que le interesa resaltar. En las repúblicas bálticas y Ucrania se conmemora a quienes tomaron las armas para enfrentarse a la Unión Soviética, más allá de que para ello se convirtieran en aliados de la Alemania nazi. Ante lo cual en Rusia  se condena esos gestos como filonazis. Véase el caso de Harald Nugiseks, veterano de las Waffen SS que recibió la Cruz de Caballero y falleció en 2014. Fue enterrado con honores militares.

Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello

Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello

En 2007 el gobierno estonio aprobó una ley sobre enterramientos militares con el propósito de retirar de Tallinn el monumento al “soldado soviético liberador”. La anexión de Estonia en 1940 fue acompañada por una campaña de represión que diezmó las élites del país. Para la Estonia actual la entrada de tropas soviéticas en Tallinn en 1944 no fue una liberación, sino otra fase histórica de tiranía impuesta que duró hasta 1991. La retirada del monumento se vio acompañada de disturbios en las calles de Tallinn y por una campaña de ciberataques.

Hablaba de “memoria histórica” para denotar el proceso de construcción social del pasado colectivo y reescritura de la historia. El concepto “fascismo” se ha convertido en Rusia en un término cajón de sastre con el que atacar a los enemigos del nacionalismo ruso, cuyas filas están llenas de fascistas y neonazis. La confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría es total. En las filas separatistas prorrusas en Ucrania Oriental encontramos a voluntarios del ROVS, la organización creada por rusos blancos en el exilio que envió voluntarios a España a combatir y se unieron a las filas requetés por afinidad ideológica. Al fin y al cabo, unos tenían por lema “Dios, Zar y Patria” y los otros “Dios Patria y Rey”. Fueron homenajeados por la Fundación Francisco Franco no hace mucho. Y mientras, un puñado de españoles fueron a unirse a las filas prorrusas en Ucrania enarbolando la bandera de la II República.

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“¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941″ de Javier Lion Bustillo

A la primera persona que le escuché hablar del concepto Guerras Híbridas fue a Jorge Aspizua. Reviso su blog y encuentro que la primera mención es de julio de 2006 (echen cuentas) a propósito de Hezbolá y la guerra aquel verano en el Líbano. Ahora el tema está de moda y en el establishment español de defensa no paran de sacar artículos. Hasta un sarao vi organizado con expertos traídos de fuera, cómo no. Pero en aquel entonces Jorge predicaba en el desierto. Y aunque ahora todos se han apuntado a rescatar lecciones sobre guerra híbrida de aquella guerra en el Líbano en 2006 y a hablar de Rusia, Jorge ya hablaba de otros casos históricos. Es el caso de la campaña británica en Iraq en 1941.

Me encontré de casualidad con ¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941 de Javier Lion Bustillo, un libro que trata de las campaña británicas en Iraq y Siria durante la Segunda Guerra Mundial. Son dos episodios bastantes desconocidos de aquella guerra, pero que me interesaban por cuestiones que resulta que al final no aparecen en el libro. Ya es mala pata. En primer lugar tenemos la Campaña de Iraq de mayo de 1941. Iraq era un país soberano entonces, surgido del desmantelamiento del Imperio Otomano a manos de los británicos y franceses tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Como herencia colonial, albergaba una fuerza militar británica. En marzo de 1941 un golpe de estado llevó al poder a un nuevo gobierno que trató de realinear el país hacia una alianza con las potencias del Eje. El gobierno británico decidió entonces actuar y controlar el país antes de que un nuevo frente hiciera más comprometida su posición en Oriente Medio. Recordemos que en 1941 se había constituido el Afrika Korps. Las fuerzas británicas usaron como cabeza de puente la base aérea de Habbaniya, que las fuerzas iraquíes no supieron o pudieron capturar al comienzo de la campaña. Y por otro lado, tropas indias desembarcaron en Basora, desde donde avanzaron hasta Bagdad para coincidir con las fuerzas británicas que habían partido de la actual Jordania. El apoyo de las potencias del Eje fue tibio y tardío, cuando ya no pudo ser decisivo.

Hay un par de detalles relevantes que contar de aquella campaña. Lo primero es la curiosidad que suscita encontrarse en un relato de guerra topónimos del Triángulo Sunní iraquí, donde más 60 años después los estadounidenses libraron sus combates más cruentos con la insurgencia iraquí. Por ejemplo, Habbaniya se encuentra entre Faluya y Ramadi. Otro detalle relevante es que en Bagdad estalló un progromo contra la población judía local. Recuérdese que hablamos del año 1941, antes de la proclamación de Israel. Y que la población judía local llevaba generación tras generación viviendo allí. Valga añadir un detalle. Haj Amin al-Husseini, mufti de Jerusalén y famoso posteriormente por su apoyo a las potencias del Eje, se encontraba en Iraq.

Me interesaba esta campaña por el uso combinado de lado iraquí de fuerzas regulares e irregulares contra los británicos, concepto que cabría interpretarse como un precedente de “guerra híbrida” Pero como ya comenté, no se menciono el asunto con demasiado interés en el libro.

La segunda campaña que trata el libro es la campaña de Siria-Líbano en junio-julio de 1941. Se trata de una acción “preventiva” llevaba a cabo por el gobierno británico. Siria y Líbano eran dos territorios cuya administración había obtenido Francia tras la Primera Guerra Mundial y que estaban en manos de la Francia de Vichy, supuestamente neutral. Durante la campaña iraquí los aviones de guerra enviados por Alemania e Italia al gobierno surgido en Iraq tras el golpe de estado hicieron escala en Siria. Así que en Londres cundió la preocupación de que Siria y Líbano sirvieran para abrir un segundo frente mientras transcurría la guerra en el norte de África. Las expectativas es que se produjeran deserciones masivas de las fuerzas francesas de Vichy cuando se encontraran en el frente con fuerzas de la Francia Libre. No fue el caso.

Curiosamente la mayoría de las fuerzas aliadas en esta campaña la formaron tropas indias, australianas y de la Francia Libre. Estas últimas incluían a unidades de la Legión Extranjera francesa y tropas coloniales del Magreb y África Occidental. Combatieron contra fuerzas francesas de Vichy que incluían a legionarios extranjeros y tropas coloniales. Así se dio la paradoja, tratada en el libro en un apéndice, que republicanos españoles llegaron a encontrarse frente a frente en ambos bandos. Pero lo que más me llevó a reflexionar es la imagen de senegaleses y tunecinos matándose entre ellos en una guerra que no era la suya, posiblemente por lealtad a sus comandantes y sus unidades.

La verdad es que el relato del avance aliado se me hizo tedioso. En esta otra campaña encontramos de nuevo una topografía familiar para el interesado en la historia militar. Por ejemplo, nos encontramos combates en los Altos del Golán, célebre campo de batalla en 1967 y 1973. O la localidad de Marjayún, ubicación de la base “Miguel de Cervantes” que ocupan cascos azules españoles desde 2006.

En esta parte del libro también se omite un asunto que generó mi interés por el libro. La campaña de Síria-Líbano arrancó con una serie de lo que hoy llamaríamos “operaciones especiales” en las que participó un tal Moshe Dayan. Allí perdió un ojo y desde entonces llevaría un parche. Otro personaje que sí aparece en el libro y apenas se menciona es al comandante de la 10ª División India, el general William Slim, que llegaría a ser famoso posteriormente por la campaña de Birmania. Con sus tropas alcanzaría Deir ez-Zor en Siria, otro topónimo de actualidad.

“Great Lakes Conflagration: The Second Congo War, 1998-2003″ de Tom Cooper

Tom Cooper está detrás del Air Combat Information Group, uno de los secretos mejor guardados de Internet, además de ser autor de varios libros sobre aviación militar. Hace años cité aquí un artículo suyo para escribir sobre el impacto de las comunicaciones por satélite en las nuevas “Toyota Wars” africanas. Esa faceta suya como experto en conflictos africanos está saliendo a la luz gracias a la colección Africa@War que coeditan la británica Helion & Company y la sudafrican 30º South Publishers.

CBJ8466-2Great Lakes Conflagration trata sobre la Segunda Guerra del Congo (1998-2003), uno de los conflictos más mortíferos, complejos y desconocidos de los últimos 25 años. Un conflicto conocido como la Primera Guerra Mundial Africana o la Primera Gran Guerra Africana. Para que se hagan una idea, hablamos de una cifra de varios millones de muertos. El punto de partida es la caída del régimen de Mobutu Sese Seko en el entonces llamado Zaire en 1997 y la llegada al poder del “revolucionario” Laurent-Désiré Kabila. El control que ejercía el nuevo gobierno sobre el país era débil. Hay que tener en cuenta la enorme extensión del país (2,4 millones de kilómetros cuadrados) y la multiplicidad de grupos políticos contrarios dispuestos a enfrentarse al nuevo poder. Así, se creó una coalición de países dispuestos a lanzar una guerra por el poder enmascarándose detrás de los grupos insurgentes. Hablamos de una guerra por delegación (“proxy war”) en la que Uganda, Ruanda y Burundi apoyaron a grupos insurgentes congoleños tratando además de incentivar la revuelta de simpatizantes del antiguo régimen.  En el bando contrario, el gobierno de Kabila recibió el apoyo de Zimbabwe, Angola. Namibia y Chad, quienes a su vez apoyaron a grupos insurgentes ugandeses y ruandeses contra sus respectivos gobiernos a la vez que apoyaron a grupos congoleños contra el poder de facto ruandés en las provincias orientales del país. Me ahorro hacerles la lista de los grupos implicados. La lectura del libro requiere repetidas consultas de los capítulos introductorios donde se detallan los componentes de cada bando.

La Segunda Guerra del Congo tuvo todos los elementos que uno asocia al concepto de “nuevas guerras” acuñado por Mary Kaldor: grupos armados con poca cohesión y disciplina, matanzas de civiles, violaciones y saqueos, encuadramiento de niños soldados, etc. Pero lo que diferencia a esta guerra de cualquier guerra premoderna, evidentemente, es el contexto de la globalización. El objetivo inmediato de la intervención de Ruanda, Burundi y Uganda en el Congo fue la explotación de sus recursos naturales (oro, diamantes, coltán, etc.), creándose por vía aérea un flujo de ida de armas procedentes principalmente de Europa del Este y un flujo de vuelta de recursos naturales valiosos. Hay que destacar el papel del traficante de armas ruso Victor Bout, mercenarios occidentales y varias empresas israelíes en el suministro del bando anti-Kabila. Con las enormes distancias del país, la logística tuvo un papel crucial en la guerra, siendo importantísimo el papel de los puentes aéreos establecidos por cada bando mediante una pintoresca colección de viejos glorias de la aviación. Así, el frente se movió como un péndulo en función de lo lejos que cada bando estaba de sus bases de partida y lo rápido que se agotaba su esfuerzo.

An-12 de Air Cess, empresa de Victor Bout registrada en Emiratos Árabes Unidos e implicada en el esfuerzo bélico ruandés.

An-12 de Air Cess, una de las empresas de aviación de Victor Bout registrada en Emiratos Árabes Unidos e implicada en el esfuerzo bélico ruandés.

DC-8 de Trans Air Cargo, otra empresa implicada en el esfuerzo logístico de la Segunda Guerra del Congo

DC-8 de Trans Air Cargo, empresa congoleña implicada en el esfuerzo logístico de las fuerzas del presidente Kabila.

En la alianza pro-gobierno de Kabila hay que destacar el papel jugado por las fuerzas armadas de Zimbabwe. La idea que transmite Tom Cooper es que las fuerzas armadas del país heredaron bastante de la profesionalidad y doctrina de las antiguas fuerzas armadas rhodesianas, un referente histórico en las guerras africanas durante la Guerra Fría. De hecho, la colección Africa@War ha dedicado unos cuantos títulos al tema (desde el más general Bush War Rhodesia 1966-1980 a los más específicos sobre los Selous Scout y las tácticas de Fire Force), por no mencionar los diversos libros de historia militar y memorias personales que Helion & Company ha dedicado a la Guerra de Rhodesia. La acción de la aviación y las fuerzas especiales de Zimbabwe resultaron una y otra vez fundamentales para salvar la situación in extremis. A pesar de su escaso número en el total de fuerzas implicadas en la guerra, su impacto fue alto por el decisivo efecto que sus unidades bien entrenadas y bien cohesionadas tenían ante fuerzas numerosas pero compuestas por niños-soldados y rebeldes con escaso entrenamiento. Así destaca el papel en la guerra de los entrenadores Bae Hawk Mk.60 realizando misiones de ataque ligero o  el empleo de los CASA C212 Aviocar de origen español como bombarderos de fortuna, guiados hasta el objetivo mediante un GPS de mano y lanzando bombas por la rampa.

Bae Hawk Mk.60

Bae Hawk Mk.60 de la fuerza aérea de Zimbabwe, antes de su entrega en 1982. Foto de Kev Slade

C212 Aviocar del 3º Escuadrón de la fuerza aérea de Zimbabwe en 2012

C212 Aviocar del 3º Escuadrón de la fuerza aérea de Zimbabwe en 2012

El libro tiene 64 páginas en formato DIN A4. Pero no debería llevar a engaño. Como ya comprobé en Libyan Air Wars Part 1973-1985, Tom Cooper dota de una enorme densidad a sus libros gracias a su conocimiento de los entresijos profundos del tema que maneja, destacando especialmente el manejo de fuentes directas. Queda al criterio del lector darle validez a las informaciones tan detalladas que Cooper maneja sobre temas tan desconocidos. A mí me parece una obra altamente recomendable sobre un conflicto que pasará ahora a mi canon de las Guerras Posmodernas.

Una última reflexión. Es habitual escuchar cierta narrativa sobre la pobre África saqueada por culpa de la rapacidad de las malvadas empresas occidentales y sus conflictos armados alimentados por la insaciables empresas de los complejos militares industriales occidentales. Aquí tienen un trágico ejemplo de un país africano atormentado por la avaricia de dos políticos africanos. Hablamos de Paul Kagame de Ruanda y  Yoweri Museveni de Uganda, este último presentado como ejemplo del Renacimiento Africano durante los tiempos del presidente Bill Clinton. En cuanto a las armas, la realidad es que el grueso de los grandes contratos multimillonarios son entre países democráticos sin que alimenten ningún conflicto, por ejemplo aviones F-18E y P-8A estadounidenses para Australia. El grueso de las muertos en las “guerras olvidadas” en las dos últimas décadas fueron víctimas de armas y municiones procedentes de países como Bielorrusia, Ucrania, Serbia, Irán y Corea del Norte. Así que no oirán a nadie en España escarbar sobre la Odessa Network porque, ya saben, hablar mal de Putin o Yanukovich es estos tiempos hacerle el juego a la OTAN.

“La audacia en la guerra: Comandos 1939-1945″ de Carlos Canales y Miguel del Rey

170006Haciendo una reseña del libro Los Chindits y otras fuerzas británicas del frente asiático comenté que lo que más que me interesaba de la Segunda Guerra Mundial eran las unidades de fuerzas especiales y los ejemplos de guerra no convencional. Fue escribir eso y a los pocos días me encontré, como caído del cielo, en una librería un ejemplar de La audacia en la guerra: Comandos 1939-1945 de Carlos Canales y Miguel del Rey. El libro, con más carácter divulgativo que exhaustivo, hace un repaso a las unidades de operaciones especiales o de guerra irregular que intervinieron en la Segunda Guerra Mundial. Hablamos de las unidades “Commando” el SAS, el LRDG, los Chindit y la Gideon Force por el lado británico. Luego tenemos los batallones Rangers, la 1st Special Service Force, los Merrill’s Marauders y los Alamo Scouts por el lado estadounidense. La clasificación de unidad de operaciones especiales no sé si sería correcta, pero en el bando alemán aparece el Batallón Ebbinghaus. Aparecen los Brandenburgers, las unidades que operaron con el Afrika Korps y la Operación “Grief” de Otto Skorzeny. Finalmente tenemos a la Xª Flotilla MAS italiana y sus pares alemanes de las K-Flotillen. El libro cierra con las unidades finlandesas y, fuera del contexto de la Segunda Guerra Mundial, la toma de Puerto Bolívar (Ecuador) tras un salto de paracaidistas peruanos.

Personalmente, eché en falta unidades estadounidenses dedicadas a las operaciones anfibias en el Océano Pacífico, como por ejemplo los Raiders. Pero viendo la selección de las autores caí en la cuenta de un primer asunto relevante que ya surgió en mi reseña de Los Chindits y otras fuerzas británicas del frente asiático. Hay unidades que me resultaban familiares por el cine de Hollywood, como la 1st Special Service Force  (véase “La Brigada del Diablo”) o los Merrill’s Marauders (“Invasión en Birmania”). La fama en el Norte de África se la llevó el Special Air Service pero mucho más impacto tuvo el Long Range Desert Group (LRDG). Queda claro que la fama alcanzada por ciertas unidades no concuerda con su impacto en la marcha general de la guerra.

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En el libro encontramos que realmente pocas unidades tuvieron un impacto estratégico. En el caso estadounidense, muchos generales se empeñaron en emplear a las unidades especiales como infantería convencional, desperdiciando a unos hombres especialmente preparados junto con el tiempo y recursos dedicados a su formación. En el caso italiano, los buceadores ( “Uomini Gamma”) de la Xª Flotilla MAS lograron un éxito espectacular en el puerto de Alejandría en 1941 pero una evaluación muy conservadora de los daños producidos llevó a la marina italiana a no explotar la superioridad alcanzada en el Mediterráneo.

Otra cuestión que me ha llamado la atención es la poca importancia dada por Alemania a las unidades de operaciones especiales. Italia sólo está representada por una unidad. Y Japón no está presente. Los autores señalan que no hubo una verdadera cooperación entre las Potencias del Eje, donde se transmitiera de unas a otras las lecciones aprendidas o la tecnología.

El libro lo he leído con mucho interés, perdonando los errores de edición y maquetación. Por no hablar de algunas fotos de mala calidad tomadas de Internet. Me ha resultado tremendamente desmitificador. Aunque he encontrado interesante tantos casos y experiencias. Fue en su momento una gran lección de Jorge Aspizua. Evitar caer en el adanismo cuando a tantos fenómenos podemos encontrarles precedentes históricos.

“One hundred victories: Special Ops And The Future of American Warfare” de Linda Robinson

41cqH8dK0oL._SY344_BO1,204,203,200_Hace un par de años escribí aquí “Cuatro errores del gobierno Bush”. El tercero era “El Olvido de Afganistán”. Mi sensación de siempre fue que tras la caída del régimen talibán el gobierno estadounidense se desentendió de la situación en Afganistán. En algún sitio leí que el 12 de septiembre de 2011 ya se hablaba de invadir Iraq por los pasillos del Pentágono. En mi reseña de Los Vulcanos hablé de cómo una generación formada en la vieja Guerra Fría fue incapaz de asumir el nuevo mundo de las Guerras Posmodernas para imponer los planes de invasión de Iraq y tener así su guerra convencional con la que disfrutar al entrar en Bagdad de cinco minutos de gloria militar en la televisión que compensaran el 11-S y restituyeran el orgullo herido.

Así, con estos antecedentes, he llegado a este libro de Linda Robinson que sorprende al lector cuando cuenta que hasta 2009 nadie se había molestado en diseñar una estrategia de contrainsurgencia para Afganistán. Las fuerzas especiales desplegadas allí se dedicaban a perseguir objetivos de alto valor (High Value Target) con una cadena de mando diferente de las fuerzas convencionales y sin que hubiera un mando de operaciones especiales de alto nivel. Por no hablar de las fuerzas de países aliados integrados en ISAF, al margen de las fuerzas estadounidenses. En definitiva, cada uno hacía allí la guerra por su cuenta.

El libro cuenta el trabajo de los oficiales de operaciones especiales que intentaron darle la vuelta a esta situación a partir de que se creara el Combined Forces Special Operations Component Command-Afghanistan (CFSOCC-A) y se decidiera poner a las fuerzas especiales de Estados Unidos a realizar lo mejor que saben hacer: Entrenar y acompañar a fuerzas locales (Foreign Internal Defense). El libro incrementa una sospecha que tenía hace tiempo. En Afganistán se libran dos batallas contradictorias. Por una lado derrotar a los talibán y por otro lado construir un Estado. Las fuerzas especiales empezaron a organizar, entrenar y pagar fuerzas locales al mando de líderes tradicionales simpatizantes de Estados Unidos. Ese esfuerzo se hizo en muchos lugares a espaldas de las autoridades formales del país, primando eficacia y lealtad por encima de la estricta legalidad afgana. Es decir, las fuerzas especial estadounidenses socavaron el “monopolio legítimo de la violencia” para derrotar a los talibán. El problema se solucionó luego gestionando que el Estado afgano fuera absorbiendo aquellas fuerzas irregulares y entamblando las batallas diplomáticas en los pasillos del poder en Kabul para que las autoridades no desandaran lo avanzado en materia de seguridad en las aldeas.

"Afghan Local Police" (ALP)

“Afghan Local Police” (ALP), la fueza local creada en el marco de las Village Stability Operations

El título del libro hace referencia a las batallas libradas por las fuerzas especiales estadounidenses en lugares recónditos del país donde montaron bases para formar y acompañar a las fuerzas locales reclutadas entre la población y con la aprobación de los líderes informales del lugar. Los “boinas verdes” volvieron así a sus orígenes con las Village Stability Operations, que es en el fondo el tema central del libro. Podríamos decir que estamos casi ante un compendio de “buenas prácticas” de contra insurgencia donde encontramos la importancia de una fuerza entrenada para este tipo específico de trabajo y un mando consciente de la naturaleza no convencional de la empresa. Pero al igual que me sucedió leyendo sobre los esfuerzos de los marines en la provincia de Sangin cabe preguntarse si estos esfuerzos no llegaron demasiado tarde

“ISIS: El retorno de la yihad” de Patrick Cockburn

ImprimirISIS: El retorno de la yihad es uno de esos libros urgentes que trata un tema de actualidad. Su autor, Patrick Cockburn, ha cubierto Iraq y por eso el tema central del libro es la expansión del Emirato Islámico en ese país. La tesis principal del autor es que los yihadistas capturaron importantes ciudades sunníes de Iraq por la existencia de un descontento de fondo de esa minoría frente al gobierno de la mayoría chií y por la enorme inoperancia del ejército iraquí, plagado por la corrupción. Entre las prácticas habitual que cuenta el libro está el de soldados que entregan parte de su sueldo a un superior para cobrarlo sin ir a trabajar o el típico desvío de las partidas para la alimentación de los soldados pero a gran escala. Así, llegado el momento de combatir contra los yihadistas, los soldados iraquíes se encontraron sin balas ni raciones en unidades mermadas de efectivos mientras sus oficiales se ponían a salvo lejos del frente. Las tácticas de bombardeos indiscriminados contra núcleos de población sunníes también ayudaron al socavamiento de la legitimidad del gobierno iraquí.

Patrick Cockburn llama la atención sobre lo desapercibido que resultó la caída de Faluya, una ciudad cercana a Bagdad, en mano del Estado Islámico en enero de 2014, junto con otras zonas relevantes de Iraq. Lo que le lleva al final del libro a reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación y los reporteros de guerra en construir un relato sobre lo que pasa en el campo de batalla o en países que viven períodos de agitación. También dedica un capítulo a reflexionar sobre el papel de Arabia Saudita en el auge del radicalismo sunní, que ha incorporado elementos de la doctrina wahhabí que hasta hace poco le eran ajenos. Se menciona de paso el ambiguo papel del régimen de Assad frente a los yihadistas (recordemos cómo el país se convirtió en retaguardia de Al Qaeda en Iraq y la liberación de personajes como Mustafá  Setmarian al principio de la guerra civil). Este no es un libro sobre el conflicto de Siria, pero sería interesante leer uno igual de ágil y pegado a ras de suelo.

“Duty” de Robert Gates

Duty-Memoirs-of-a-Secretary-at-War Robert Gates se convirtió en el primer Secretario de Defensa estadounidense al que un presidente entrante del partido contrario le pidió que permaneciera en el puesto. Así fue Secretario de Defensa primero con George Bush (hijo) y con Barack Obama después. Comenzó su carrera siendo reclutado por la CIA en la universidad hasta alcanzar el puesto de subdirector (1986-1989) con Ronald Reagan y director (1991-1993) con George Bush (padre). Por el camino ocupó puestos en diferentes gobiernos y cuando se retiró de la CIA trabajó en el mundo académico. Era rector de la Texas A&M cuando fue llamado para el puesto de Secretario de Defensa. Rápidamente se convirtió en un personaje que nos llamó la atención a Jorge Aspizua y a mí por su franqueza al hablar y su preocupación por resolver la situación en Iraq y Afganistán enfrentándose a las inercias y a los poderes fácticos que se empeñaban en gastar pensando en hipotéticas guerras convencionales del futuro, un mal que Gates bautizó como la “nextwaritis”. Y es que uno aprende en su libro que si los militares se ocupan de las misiones y operaciones del presente, la burocracia del Pentágono existe para planificar con antelación el descomunal gasto de defensa estadounidense pensando en las guerras del futuro. Un objetivo que se terminó convirtiendo en un obstáculo mientras EE.UU. esparcía sus fuerzas por medio mundo en la Global War On Terror.

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Robert Gates cuenta en el libro sus esfuerzos para hacer llegar al frente de batalla los vehículos a pruebas de minas (MRAP) y sus peleas con la fuerza aérea para que se diera prioridad a medios ISR (UAVs y aviones C-12 modificados) con los que luchar contra los insurgentes que plantaban artefactos explosivos (IED) en las carreteras. En este último caso se trataba de que los pilotos de combate consideraban poco glamuroso verse manejando aviones sin piloto tras una pantalla. Todo el tiempo, Gates manifiesta su preocupación por las tropas con una insistencia que el lector español podría pensar que es fingida por extraña entre nuestros políticos. Pero hay que entender que forma parte de la idiosincrasia de la política estadounidense, con lo bueno y lo malo.

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El libro se lee como una guía del funcionamiento de Washington D.C., donde el gobierno choca constantemente con ambas cámaras del congreso, donde el Departamento de Defensa choca con el Departamento de Estado, donde el Secretario de Defensa choca con los asesores del presidente y así hasta el infinito. Resulta curioso pensar en quienes hablan de “Washington decide” o “el gobierno de Estados Unidos decide” como una caja negra de la que salen órdenes. En cambio, de la mano de Robert Gates descubrimos lo complicado del proceso de toma de decisiones en Washington, donde el resultado final es el producto del choque de un montón de fuerzas donde más que la “elección racional” intervienen el “comportamiento organizacional” y las “políticas gubernamentales” (véase Essence of Decision de Allison y Zelikow al respecto).

Hillary Clinton, Joe Biden, Barack Obama, Robert Gates

Habiendo servido en los gobiernos de los presidentes Bush (hijo) y Obama es interesante su perspectiva sobre las diferencias entre ambos. Robert Gates presenta a George W. Bush como un personaje muy diferente a la imagen de paleto intelectualmente limitado que se construyó sobre él, pero que gobernó con la losa del 11-S sobre su cabeza. Según Gates, la idea de que el gobierno había fallado al pueblo estadounidense llevó a Bush a tomar medidas extremas, como enviar prisioneros a Guantánamo o invadir Iraq, para evitar que se repitiera el 11-S pero que con la perspectiva del tiempo podemos percibir como una sobrecompensación ante el fallo inicial. Por su parte, el gobierno Obama es descrito como lleno de jóvenes ambiciosos y voluntaristas que se comportaban como si todavía estuvieran en campaña electoral. Obama marcó a los militares un objetivo político: Retirarse de Afganistán e Iraq. Pero los militares contestaron que primero habría de estabilizarse la situación en ambos países y pidieron más tropas para rematar el trabajo. Obama sintió que le pretendían montar una encerrona y en el tira y afloja se establecieron dos fechas: 2011 para retirarse de Iraq y 2014 para retirarse de Afganistán. Ese voluntarismo por encima de las consideraciones militares puede que sea el origen de problemas para Estados Unidos en el Gran Oriente Medio en el presente y en el futuro.

“El ensayo en la literatura canaria” de José María Lizundia

Inspirado en la iniciativa de Bianka Hajdu, este año estoy tomando nota de los libros (en papel y en formato electrónico) que por un lado estoy incorporando a mi biblioteca y por otro lado estoy leyendo. Llevar ambas listas es una forma de recordarme las lecturas pendientes que voy acumulando y frenarme de comprar para almacenar, algo que hago demasiado a menudo. EL ENSAYO EN LA LITERATURA CANARIA imagenUn repaso a lo que compro y leo refleja que rara vez me aparto de los temas de este blog y apenas leo ficción. Una de las pocas excepciones este año ha sido El ensayo en la literatura canaria (y presente socioliterario) de José María Lizundia. Encontré el hueco para leerlo esta semana y lo menciono aquí porque me hizo pensar sobre uno de los temas que traté aquí en “Mediocristán, una cierta visión de España”. Yo hablaba de la mediocridad reinante en España en ciertas áreas intelectuales y en el libro, José María Lizundia nos recuerda como España y Canarias albergaron una generación de pensadores notables (Ortega y Gasset, Marañón, Unamuno…) que floreció antes de la Guerra Civil.  En Canarias destaca las figuras que congregó La Gaceta del Arte (1923-1936) y que convirtieron a Tenerife en un lugar de referencia para el surrealismo. Hablamos de figuras como Eduardo WesterdahlDomingo Pérez Minik y Pedro García Cabrera. A la Exposición Surrealista organizada por la revista en 1935 acudió el mismísimo André Breton. Que Canarias estuviera en primera fila mundial en el ámbito cultural e intelectual en el período de entreguerras dice mucho de cómo se pueden llegar a superar las barreras del aislamiento geográfico. De hecho, en el libro se plantea el dilema primordial para todos los que vivimos en unas islas lejos de la metrópolis: Entender el océano como una barrera que aisla y apega al territorio o un horizonte que transcender. Lo primero ya fue uno de los temas de libro anterior de José María Lizundia, Canarias, diversos nacionalismos (Una visión comparada) de 2010, para volver a aparecer aquí: Cómo el apego al territorio y al paisaje se convierte en Canarias en seña de identidad por encima de la construcción de mitos históricos a la que se dedica todo nacionalismo. O cómo en El ensayo en la literatura canaria queda resumido, optar por la geografía o la historia. La opción por la geografía resuelve un segundo dilema. La fascinación por el territorio en Canarias, algo en lo que participo hasta yo, deriva en apego a la tradición y el inmovilismo frente al espíritu emprendedor y práctico del que opta por el océano como espacio para la exploración, el flujo de ideas y el comercio. Precisamente la semana pasada, en su estrenada etapa como colaborador del diario El Díael propio José María Lizundia nos explicaba cómo en Canarias se ha optado por la primera opción. Curiosamente la dicotomía entre lo telúrico y lo océanico es un tema central del ideólogo del nuevo chovinismo ruso, Alexandr Dugin, para quien las principales fuerzas en choque en este mundo son la modernidad cosmopolita occidental, con su individualismo y sus democracias liberales,representada por el eje anglo-estadounidense, frente a Rusia como defensora de la Tradición, la mitología nacionalista y el colectivismo. Pero de Dugin y el nuevo imperialismo ruso ya habrá tiempo de hablar aquí.

Un personaje con el que José María Lizundia cierra su cartografía del panorama intelectual canario es Juan Manuel García Ramos, profesor de Literatura Hispanoaméricana en la Universidad de La Laguna y presidente del Partido Nacionalista Canario. A García Ramos se le debe un intento de construcción nacionalista de la identidad canaria por una vía diferente a la habitual de los independentistas, que durante años intentaron sin éxito convencer a los canarios que eran africanos pendientes de descolonización. García Ramos propone entender Canarias como territorio atlántico vinculado con América. Pero como señala José María Lizundia, la atlanticidad se trata de un proyecto nacionalista construido sobre la geografía y no sobre una comunidad imaginada. Los canarios se sienten vinculados de alguna forma con Cuba y Venezuela, pero es dudoso que en Martinica y Puerto Rico se sientan parte de algo común con Canarias. La idea del gran espacio atlántico no es mala. De hecho la UE ha  impulsado un proyecto de reflexión, Atlantic Future, que paradójicamente impulsa el CIDOB en Barcelona (aquí un monográfico de su revista y aquí la introducción). Las universidades canarias no están ni se les espera, mira tú por dónde.